Tanto el Evangelio de Mateo como el de Lucas cuentan la historia de un hombre adinerado que, en preparación para una larga ausencia, entregó a sus servidores ciertas sumas de dinero que administrar en su nombre
Prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. (Lucas 19:11)
Jesús se dirigía a Jerusalén para celebrar allá la Pascua y se encontraba en Jericó, a tan solo 29 kilómetros. El pueblo judío tenía la esperanza de que el Mesías —una persona del linaje del rey David, el cual había gobernado mil años antes— fuera coronado rey en Jerusalén. Se creía que el Mesías restauraría la majestad del reino de David y libraría a Israel de opresores extranjeros. Cuando Jesús llegó a Jerusalén, se juntó delante y detrás de Él una muchedumbre que gritaba: «¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!» Todos esperaban que el fin del dominio de los odiados romanos —y el establecimiento del reino de Israel con el Mesías como rey— estuviera a la vuelta de la esquina. Si bien Jesús había anunciado a Sus discípulos que en Jerusalén lo matarían, ellos no lo entendieron, pues tenían las típicas expectativas judías en cuanto al Mesías.
Dijo, pues: «Un hombre noble se fue a un país lejano para recibir un reino y volver. Llamó antes a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: “Negociad entre tanto que regreso”. Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron tras él una embajada, diciendo: “No queremos que este reine sobre nosotros”».(Lucas 19:12-14)
Es posible que en esta parábola Jesús estuviera aludiendo a un episodio reciente de la historia judía. Los dirigentes de los países vasallos de Roma tenían que solicitar al emperador romano permiso para gobernar. Herodes el Grande, que era rey en Israel cuando nació Jesús, fue a Roma en el año 40 a. C. para pedirle al emperador Augusto que lo nombrara rey. Al morir él, dejó Samaria, Idumea y Judea a su hijo Arquelao, que en el año 4 a. C. fue a Roma para que lo confirmaran en su cargo. Como la gente sabía que Arquelao era un dirigente duro, una delegación compuesta por 50 judíos prominentes viajó a Roma para pedirle al emperador que no permitiera que Arquelao reinara. Aun así, el emperador le entregó esa región, pero no lo nombró rey, sino que le dio el título de etnarca, sobreentendiéndose que si gobernaba bien se le conferiría el título de rey. Sin embargo, al cabo de diez años el emperador lo destituyó. La situación del noble de la parábola que se va a un país lejano para recibir un reino se entendería como similar a la de una persona que fuera a solicitar al emperador romano que lo nombrara rey de un país.
Antes de salir de viaje, el noble llama a diez servidores y le entrega a cada uno una mina. Una mina representaba el salario trimestral de un obrero, así que la suma que le entrega a cada uno equivale a la paga por cien días de trabajo. Si bien no se trata de una cantidad enorme, les da claras instrucciones de que empleen ese dinero para hacer negocios hasta que él regrese.
En el evangelio de Mateo, la parábola cuenta que a los servidores se les entregaron talentos: cinco a uno, dos a otro y uno al último. El talento era una unidad monetaria que valía entre 60 y 90 libras de plata u oro. Según el metal que se usara, un talento equivalía a 60 libras o minas, o sea, el salario que percibía un obrero por 6.000 días de trabajo, o aproximadamente lo que ganaba en veinte años. (El valor de la mina o del talento no afecta en absoluto el sentido de la parábola.)
El noble del Evangelio de Lucas espera regresar como rey, aunque la delegación confía en evitarlo. Entre la población del reino, es lógico que la incertidumbre de si llegará a ser rey o si la delegación conseguirá impedirlo dé lugar a una situación política algo inestable. Los servidores del noble que hagan negocios en su nombre o representación estarán revelando, en esencia, su alineamiento con él. Sin duda los enemigos del noble tomarán nota de los que le son leales, y si logran que otro sea nombrado rey, los amigos del noble podrían correr peligro. En una época de inestabilidad, mucha gente opta por no llamar la atención y enterrar su dinero y objetos de valor —en vez de arriesgarse a perderlos— hasta que la situación política se estabilice. No obstante, a los servidores del noble se les manda emplear las minas para hacer negocios.
Resulta que la delegación no logra su cometido, y cuando el noble vuelve a su país ha sido nombrado rey.
Aconteció que, al regresar él después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. Se presentó el primero, diciendo: «Señor, tu mina ha ganado diez minas». Él le dijo: «Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades». Llegó otro, diciendo: «Señor, tu mina ha producido cinco minas». También a este dijo: «Tú también sé sobre cinco ciudades». (Lucas 19:15-19)
Las parábolas son breves y dan un mínimo de detalles; de ahí que, aunque eran diez los servidores que recibieron minas, solo se nos habla del desempeño de tres. Por la forma de responder de los dos primeros, está claro que entendieron que la mina que se les entregó le pertenecía al rey, así como la ganancia que obtuvieron negociando. El primero anuncia: «Señor, tu mina ha ganado diez minas», y el segundo dice que la mina de su señor ha ganado cinco.
Al realizar negocios conforme a las instrucciones del rey, esos servidores demostraron su lealtad. Su forma de proceder no solo fue leal, sino que podría considerarse también valiente, pues a pesar de la inestable situación política y de las personas que detestaban al futuro rey, se encargaron de sus asuntos y lo hicieron bien.
A esos servidores buenos y fieles se los premia por su lealtad, obediencia y valor. Como recompensa, reciben autoridad y potestad sobre algunas de las ciudades del reino del nuevo rey: el primero, sobre diez; el segundo, sobre cinco.
En cambio, las acciones y la respuesta del tercer servidor son bien diferentes.
Se presentó otro, diciendo: «Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo, porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo que tomas lo que no pusiste y siegas lo que no sembraste» (Lucas 19:20-21)
En la versión de Mateo, el servidor desobediente entierra el dinero; según el derecho rabínico, esa era la forma más segura de proteger contra robos un objeto de valor. Si una persona a la que se confiaba un objeto de valor lo enterraba inmediatamente, quedaba libre de responsabilidad en caso de que el objeto fuera robado. En esta versión, el servidor envuelve el dinero en un paño tejido de aproximadamente un metro cuadrado. El derecho rabínico establecía que quien guardara dinero en una tela era responsable de reponerlo en caso de pérdida.
El tercer servidor era consciente de que él era responsable del dinero, y no lo invirtió por miedo a perderlo y sufrir un castigo a manos del rey. Esa forma de proceder fue una contravención de las instrucciones que había dado el rey, pues él les mandó negociar con las minas. La justificación del servidor para no seguir las instrucciones originales del rey fue que se sintió intimidado por el rey y por el buen ojo que este tenía para los negocios. Las inversiones del rey obtenían grandes ganancias, no como resultado de su propio esfuerzo, sino del trabajo de los demás. En vez de invertir el dinero, tuvo miedo, lo guardó, y no ganó nada.
La respuesta del rey no es nada agradable.
Entonces él le dijo: «Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo soy hombre severo que tomo lo que no puse y siego lo que no sembré. ¿Por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco para que, al volver, lo hubiera recibido con los intereses?» (Lucas 19:22-23)
El rey lo recrimina, usando las propias palabras del servidor en contra de él. Si eso era lo que pensaba del rey, debería haber sabido que este esperaría que la mina a su regreso hubiera producido alguna ganancia. Si el servidor temía perder el dinero en alguna inversión arriesgada, podría haber ganado un poco entregando los fondos a los que cambiaban dinero de una moneda a otra cobrando una comisión, o hacían préstamos con interés. Eso no habría requerido ningún trabajo por parte del servidor, y aunque no habría obtenido las ganancias de 1.000% del primero ni las de 500% del segundo, al menos habría conseguido algo.
El rey juzga sumariamente al tercer servidor.
Y dijo a los que estaban presentes: «Quitadle la mina y dadla al que tiene las diez minas».
Ellos le dijeron: «Señor, tiene diez minas».
«Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».(Lucas 19:24-26)
Así que le quitan la mina a este servidor y se la dan al primero. Los que presencian la escena ponen objeciones; pero el rey replica que los que demuestren su fidelidad con lo que se les ha dado recibirán más, mientras que los que no sean fieles perderán lo que hayan recibido.
La parábola, entonces, pasa a hablar de los enemigos del rey.
«Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinara sobre ellos, traedlos acá y decapitadlos delante de mí».(Lucas 19:27)
En el lenguaje parabólico, se trata de una advertencia de castigo. No es necesariamente una representación realista del juicio venidero, pero sí una afirmación de que habrá un juicio.
Entonces, ¿qué enseña esta parábola?
Varias cosas; pero comencemos por las enseñanzas que habrían sacado los oyentes originales. Es probable que comprendieran que todo lo que tiene una persona le pertenece a Dios, que cada uno de nosotros administra lo que ha recibido —incluidas sus habilidades y cualidades— y que Dios espera que usemos todo eso de acuerdo con los mandamientos que Él da en las Escrituras.
Podemos preguntarnos: ¿Cómo aprovecho los dones que Dios me ha dado en esta vida, sabiendo que tengo el deber de usarlos prudentemente? ¿Reconozco que todo lo que tengo le pertenece a Dios? ¿Lo aprovecho de acuerdo con las instrucciones que Él nos ha dado?
Algo más que pudieron entender los que estaban presentes cuando Jesús contó este relato es que Él les estaba indicando que esa expectativa de que Él, como rey judío o mesías terrenal, fuera a liberar enseguida a Israel de sus opresores romanos era errónea. Y 25 o 30 años más tarde, cuando se escribió el Evangelio de Lucas, los lectores debieron de entender que la parábola también se refería al período de tiempo entre la ascensión de Jesús y Su retorno prometido. Todos los Evangelios se escribieron décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, por lo cual los que los leemos disponemos de más datos para interpretar el hecho de que el rey se ausentara y luego regresara: comprendemos que aunque Jesús ahora se ha ido, volverá; y que Él abriga ciertas expectativas con relación a los dones y talentos que Dios nos ha concedido.
Las minas, que representan los dones de Dios, se nos entregan para probarnos. ¿Serán fieles con ellas los siervos de Dios? ¿Serán leales al rey que esperan y creen que volverá, a pesar de que muchos esperan y creen que nunca volverá? ¿Harán negocios en Su nombre? ¿O actuarán de forma temerosa? Si son fieles y leales, si siguen Sus mandamientos, serán premiados, como los servidores a los que se les confió el gobierno de diez o de cinco ciudades. Y si no somos fieles, aunque no perderemos nuestra salvación, dice la parábola que pagaremos las consecuencias de haber contravenido las órdenes del rey. Existen diversos grados de recompensas para los cristianos y que cada uno de nosotros comparecerá ante Cristo para rendir cuentas de su vida.
Si alguien edifica sobre este fundamento con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno y hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta, porque el día la pondrá al descubierto, pues por el fuego será revelada. La obra de cada uno, sea la que sea, el fuego la probará. Si permanece la obra de alguno que sobreedificó, él recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quema, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego. (1 Corintios 3:12–15)
Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. (2 Corintios 5:10)
Somos administradores de la vida que Dios nos ha concedido. Por amor y misericordia nos ha dado salvación a través de Su Hijo, que dio la vida por todos nosotros. Jesús, nuestro Rey, volverá un día para juzgar si hicimos lo que nos encargó. Vivamos todos a la manera de los servidores fieles que acataron las instrucciones del rey, para que a todos se nos diga: «¡Está bien, buen siervo!»
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