Jonás y yo

Fluir con la corriente

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Elsa Sichrovsky

Hace unos años participé en una obra voluntaria que operaba un comedor para estudiantes de escasos recursos. Los dos primeros años ayudé con el aseo de la cocina, la compra de provisiones y la preparación de las comidas. Me resultaba gratificante saber que contribuía a producir comidas equilibradas, deliciosas y, sin embargo, económicas. Los directivos tomaron nota de mi diligencia y me encargaron tareas de mayor responsabilidad en el manejo de los recursos económicos y la confección del menú.

No obstante, el tercer año que trabajé en aquella obra asistencial los nuevos directivos cambiaron el enfoque y decidieron ofrecer clases de refuerzo de inglés y ciencias para estudiantes con dificultades de aprendizaje que vivían en zonas de riesgo. El comedor público se redujo considerablemente, y un número importante de los que trabajaban en la cocina —yo incluida— pasaron a fungir como asistentes de profesores. A la mayoría de los cocineros les gustó dejar atrás sus labores gastronómicas, ocultos tras las bambalinas, e interactuar directamente con los niños. En mi caso no fue así.

Las verduras y las ollas nunca me discutían. En el aula, en cambio, estaba con estudiantes bulliciosos, pendencieros e imprevisibles y con un profesor que tenía una opinión muy particular sobre cómo debía yo asistirlo. La inestabilidad y la incertidumbre que reinaban en el aula, sumadas a la pérdida de lo que había sido para mí un nido acogedor —un lugar en el que me sentía realizada y con todo controlado—, me resultaban enervantes. A pesar de que cumplía con mis obligaciones básicas, no ponía el mismo entusiasmo y esmero que había mostrado en la cocina.

Un día le expresé a un excompañero de la cocina mis quejas acerca de los nuevos directivos. Me dio cierta razón.

—Sí, para mí no ha sido fácil ver cambiar de rostro a esta organización a la que dediqué tanto tiempo —señaló—. Pero los cambios son parte integral de la vida. A veces vale la pena adaptarse al flujo de las cosas.

picture1—¡Pero es que no me gusta la forma en que están fluyendo! —protesté—. Me siento como pez fuera del agua.

—¿Recuerdas cuando la cocina también era algo desconocido para ti? —me preguntó.

—¡Uy, sí, parece que hubieran pasado añares! —exclamé.

—Exacto. Aprendiste mucho sobre la cocina. Y aprenderás mucho de docencia si estás dispuesta a abandonar tu zona de comodidad.

Aunque hace ya años de eso, estoy agradecida por los consejos que me dio mi amigo y los sigo teniendo presentes, ya que me ayudan a sobrellevar los dolorosos procesos de constante transformación que hay en la vida. En el momento en que me limito a hacer lo que me gusta y hago bien, freno mi crecimiento personal. En cambio, si fluyo con la corriente de cambios y dejo que me impulse, adquiero nuevas habilidades y disfruto de nuevas experiencias.


Image credits: Kitchen image designed by Freepik. Classroom image designed by vectorpocket / Freepik. Image of young woman designed by vectorpouch/ Freepik.

Text courtesy of Activated magazine. Used by permission.

Flow with It

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Elsa Sichrovsky

A few years ago, I was involved in a volunteer project that operated a meal center for underprivileged students. For the first two years, I helped with cleaning the kitchen, shopping for food supplies, and meal preparation. I felt a sense of pride in helping to produce well-balanced, delicious, yet economical meals. My diligence was recognized by the organization’s leaders and I was given greater responsibility managing the funding and designing the menu.

However, in the third year that I was part of this project, the new management transferred the organization’s focus to providing remedial classes in English and science to academically struggling students in at-risk neighborhoods. The meal center was dramatically downsized and a significant number of the kitchen staff, including myself, were redeployed as teacher assistants. Most of the former cooks were glad to leave their unseen labors as kitchen staff and enjoyed directly interacting with the children, but not me.

The vegetables and the pots had never argued with me, but in the classroom I faced rambunctious and unpredictable students and a teacher who had his own opinions as to how I should assist him. The fluidity and uncertainty of the classroom, in addition to the loss of my cozy nest, the place where I felt accomplished and in control, was unnerving, and while I fulfilled my basic duties, I wasn’t giving the classroom the same enthusiasm and conscientiousness I had given the kitchen.

One day, I was complaining to one of my fellow ex-cooks about the new management. He sympathized, “Yes, it hasn’t been easy for me to see the organization that I’d given so much time to take on a different face.” Then he continued. “But change is an integral part of life, and sometimes it’s worth adjusting to the flow.”

picture1“But I don’t like the way the flow is going!” I protested. “I feel like a fish out of water.”

“Remember how the kitchen was once a new place for you too?” he reminded me.

“Oh my, that seems like ages and ages ago!” I exclaimed.

“Exactly. You learned a lot about the kitchen, and you’ll learn a lot about teaching if you’re willing to move out of your comfort zone.”

Years later, I am grateful for my friend’s advice, and I still recall it to help me weather the painful processes of life’s constant changes. As long as I limit myself to doing things that I like and excel in, I stunt my personal growth. But if I flow with the current of change and allow it to propel me forward, I can gain new skills and enjoy new experiences.


Image credits: Kitchen image designed by Freepik. Classroom image designed by vectorpocket / Freepik. Image of young woman designed by vectorpouch/ Freepik.

Text courtesy of Activated magazine. Used by permission.