El Último Día
Jesús sabía que Su tiempo en la Tierra estaba llegando a su fin. Su misión aquí estaba a punto de culminar y sabía que pronto lo traicionarían y ejecutarían. ¿Cómo vivió entonces Sus últimas 24 horas?
Manifestó humildad. Jesús pasó tiempo con Sus discípulos y cenó con ellos. Para empezar, les dio la bienvenida lavando los pies de cada uno. El lavado de pies era un oficio reservado para los sirvientes más viles. En aquella época la gente andaba en sandalias por caminos polvorientos y embarrados. Como consecuencia la mayoría tenía los pies muy sucios. Jesús, en cambio, demostró gran amor y humildad a cada uno de Sus discípulos al rebajarse a lavarles los pies. Se hizo a Sí mismo un siervo (Juan 13:5).
Fue sumiso y obediente. Enfrentó un panorama de tortura y muerte. Fue tan duro lo que sufrió y oró con tanta angustia que sudó sangre. Con todo y con eso, confió en el juicio de Su Padre y afirmó: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:41-44).
Amó de manera incondicional. Lo traicionaron, pero no respondió con agresividad. Fue maltratado, pero no perdió la compostura. Sus amigos más cercanos le dieron la espalda, pero no reaccionó con ira. Lo humillaron y lo acusaron erróneamente; así y todo puso freno a su boca (Lucas 22:45-71).
Fue franco y directo. Cuando se presentó ante Sus jueces —primero el Sanedrín y luego Pilato—, ellos le preguntaron sin miramientos: «¿Eres tú el Hijo de Dios?» Pudo ahorrarse muchísimo dolor y angustia eludiendo sin más la verdad. Pero se mantuvo fiel a ella, costase lo que costase (Lucas 22:66-71; Lucas 23:1-3).
Perdonó. Luego que lo azotaran, lo escarnecieran, le escupieran, lo arrastraran por las calles y lo clavaran a una cruz, dijo: «Padre, perdónalos». Pudo haber hecho caer fuego y rayos sobre Sus torturadores y maldecirlos por lacerar al Hijo de Dios. En cambio, los perdonó aun cuando se burlaban de Él y lo insultaban (Lucas 23:34).
Actuó con desinterés. Pese al tormento de estar colgado en la cruz, se tomó el tiempo para asegurarse de que alguien cuidara de Su madre. Prestó atención al ladrón que moría a Su lado y lo reconfortó asegurándole un destino feliz. En vez de pensar en Sí mismo y Su sufrimiento, se preocupó del bienestar ajeno (Lucas 23:39-43; Juan 19:25-27).
Jesús vivió Su último día como había vivido toda Su vida. Ese día, al igual que todos los demás, encontró oportunidades de amar, dar, perdonar y manifestar el amor de Su Padre a otras personas.
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