Una partida de ajedrez

Érase una vez un rey que retó a un sabio viajero a una partida de ajedrez. El monarca prometió al sabio cualquier recompensa que deseara si le ganaba. El sabio le dijo al rey que tenía una petición muy modesta y que, como era un hombre con pocas necesidades materiales, lo único que deseaba era un poco de arroz, cuya cantidad se determinaría utilizando el tablero de ajedrez de la siguiente manera: un grano de arroz en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta, dieciséis en la quinta y así sucesivamente, duplicando el número de granos en cada casilla consecutiva.

El rey se alegró mucho de tan sencilla petición y comenzó el juego. Como era de esperar, el rey perdió. Total que, para cumplir su palabra, ordenó que trajeran un saco de arroz y empezó a hacer cálculos y a contar los granos. Sin embargo, a la larga descubrió que la cantidad final de arroz que le debía al ganador sería mayor que todo el arroz de su reino.

Al igual que hay 64 casillas en un tablero de ajedrez, hay 365 días en un año. Cada uno de ellos encierra la posibilidad de crecer, pero —y aquí está la parte difícil— tenemos que estar comprometidos y ser constantes y persistentes. Un grano de arroz es casi nada, y aun si se duplicara con cada nueva casilla, después de 14 casillas no sumaría más de una libra o medio kilo. No parece mucho. Por eso, cuando nos comprometemos con algo —un nuevo hábito positivo, aprender una nueva destreza, iniciar un nuevo negocio— es probable que nos desanimemos si queremos ver progresos demasiado rápido o no vemos cambios de un momento a otro.

¡No subestimemos el efecto acumulativo de los avances que parecen pequeños! Tengamos paciencia, seamos buenos administradores de lo que Dios nos ha confiado y veremos cómo crece.


Text courtesy of Activated magazine. Images designed by Upklyak via Magnific.

A Game of Chess

Once upon a time, a king challenged a traveling sage to a game of chess, and the king promised the sage whatever reward he desired if he beat him. The sage told the king that he had a very modest claim, and being a man of few material needs, all he wished for was some rice, the amount being determined using the chessboard in the following manner: one grain of rice in the first square, two in the second square, four in the third square, eight in the fourth square, sixteen in the fifth square, and so on, every consecutive square having double the number of grains.

The king was delighted at this simple request, and the game began. Sure enough, the king lost, so to keep his word, he ordered a sack of rice be brought and he began to do the math and count out the grains. But he eventually discovered that the final amount of rice that he owed the winner would be more than all the rice in his entire kingdom.

As there are 64 squares on a chess board, there are 365 days in a year, and each one holds the possibility of growth, but—and here is the hard part—we have to be committed, consistent, and persistent. One grain of rice is next to nothing, and even when doubled with each new square, after 14 squares it would only amount to one pound or half a kilo. That doesn’t look like much. So, when we commit to something—a new good habit, learning a new skill, starting a new business—we are likely to become discouraged if we look for progress too quickly or we don’t see immediate change.

But let’s not underestimate the cumulative effect of seemingly small steps of progress! Let’s have patience and be good stewards of what God has entrusted to us and watch it grow.


Text adapted from Activated magazine. Images designed by upklyak via Magnific.

Parábolas de Jesús – El Administrador Injusto

El administrador injusto

 La parábola del administrador injusto es una de las más difíciles de entender. Comencemos por el primer versículo de la parábola, que presenta a los dos protagonistas y crea el marco para lo que sucede después.

Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y este fue acusado ante él como derrochador de sus bienes. (Lucas 16:1)

La palabra griega traducida aquí como derrochador aparece también en la parábola del padre y sus dos hijos cuando habla de que el menor malgastó sus riquezas en placeres. Aquí se acusa al administrador de malversar la riqueza del propietario.

Entonces lo llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo». (Lucas 16:2)

En la Palestina del siglo I y en otras partes del mundo antiguo había administradores que manejaban los negocios en nombre de los terratenientes. Tenían plena autoridad para actuar en representación del propietario, como si fueran ellos los dueños. Todo contrato firmado por un administrador en nombre del propietario era vinculante para el propietario. Para nombrar a alguien administrador de su negocio, su casa o sus asuntos económicos, era indispensable que el propietario tuviera plena confianza en él. Por lo visto el hombre rico puso una confianza de ese calibre en el administrador, y este lo defraudó. Si bien el hombre rico confiaba explícitamente en el administrador y por tanto no se dio cuenta de que este se estaba aprovechando de él, unas personas de la comunidad lo pusieron en conocimiento de lo que hacía el gerente.

Cuando el propietario lo emplaza, el administrador no dice nada. No se defiende. No pregunta quiénes lo han acusado. No niega nada. Su silencio se interpreta como una admisión de culpabilidad.

El dueño lo despide en el acto y le pide que le entregue los libros de contabilidad. A partir de ese momento el hombre deja de ser administrador y de tener autoridad para hacer negocios en nombre del propietario. En los dos versículos siguientes nos enteramos de los pensamientos que pasan por su mente al examinar sus posibilidades de empleo, mientras se dispone a juntar los libros de contabilidad.

Entonces el mayordomo dijo para sí: «¿Qué haré?, porque mi amo me va a quitar la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza». (Lucas 16:3)

Sus perspectivas no son nada buenas. A continuación oímos su siguiente razonamiento.

«Ya sé lo que haré para que, cuando se me quite la mayordomía, me reciban en sus casas». (Lucas 16:4)

Ser recibido en casa de alguien es una expresión: significa conseguir trabajo con otro hacendado. Tiene un plan que le permitirá conseguir posiblemente otro trabajo, aunque se sepa que actuó deshonestamente y lo despidieron.

Seguidamente pone su plan en acción.

Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Él dijo: «Cien barriles de aceite». Le dijo: «Toma tu cuenta, siéntate pronto y escribe cincuenta». Después dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?» Este contestó: «Cien medidas de trigo». Él le dijo: «Toma tu cuenta y escribe ochenta». (Lucas 16:5-7)

Ese hecho indica a los oyentes que en ese momento los únicos que saben del despido del administrador son el propio administrador y el amo. Por lo visto los criados del terrateniente todavía no lo saben, pues lo más probable es que el gerente haya mandado a algunos a llamar a los deudores del patrón. Si hubieran sabido que él ya no era el administrador no habrían seguido sus órdenes.

Los deudores tampoco lo saben. Si no, probablemente no habrían respondido a la convocatoria ni acudido a una reunión en privado con él.

No se trata de deudores pobres; son personas que tienen arrendadas grandes extensiones de tierra del hombre rico. Uno tiene arrendado un olivar; otro, un trigal. En aquel tiempo, la gente arrendaba tierras de labranza, huertos y vides para trabajarlos, y a cambio le entregaba al dueño una parte previamente acordada de la cosecha. De esa manera, sin necesidad de labrar él la tierra, recibía una parte de lo que esta producía. Uno de los arrendatarios había acordado que le daría al dueño cien barriles de aceite de oliva después de la cosecha; otro, cien sacos de trigo.

Un barril de aceite, de la palabra hebrea bath, equivalía a 39 litros aproximadamente; así que uno de los deudores se había comprometido a pagar 3.900 litros de aceite de oliva, que es lo que producían unos 150 olivos y que valía unos 1.000 denarios. Un denario equivalía al jornal de un obrero no calificado. Otro deudor se había comprometido a pagar al amo 27 toneladas de trigo después de la cosecha, que es lo que producía un campo de 40 hectáreas. El trigo que le debía valía unos 2.500 denarios.

El administrador injusto reduce en un 50% —500 denarios— la cantidad de aceite adeudada; y recorta en 20% —también 500 denarios— el trigo adeudado. A ambos les da instrucciones para que reescriban las facturas por 500 denarios menos que lo que debían en un principio, lo cual era una suma considerable. Después de estafar al dueño para enriquecerse él, malversa 1.000 denarios, solo que esta vez no lo hace para embolsarse él el dinero, sino para que esos hombres se formen una buena opinión de él y posiblemente le den trabajo cuando se enteren de que ha sido despedido.

Los deudores se marchan felices de que el terrateniente sea tan desprendido y además encantados con el administrador, que deben de pensar que fue quien convenció al dueño para que tuviera un gesto tan generoso.

En cierto modo el administrador ha puesto al propietario en un dilema. Una vez que este se                         entere de que el administrador ha alterado las cantidades que le deben, legalmente tiene                         derecho a no reconocer la cifra rebajada y a exigir que se le pague la cantidad original en                         el tiempo de la cosecha. El administrador ya no trabajaba para él y no tenía autoridad para                         hacer ese descuento. Por otra parte, si deja sin efecto las facturas enmendadas, toda esa                         buena impresión que acaba de causar a los arrendatarios se perderá. Y cuando los                         demás vecinos del pueblo se enteren —e indudablemente se enterarán—, también ellos                         dejarán de tener un buen concepto de él. El gerente vuelve a robar al propietario, pero es                         tan astuto que lo hace de una manera que es ventajosa para él mismo y que a la vez        beneficia al dueño.

La parábola termina con estas palabras:

Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente. (Lucas 16:8)

Aquí dice claramente que el administrador es malo, de modo que no se puede inferir que el amo lo elogie por ser bueno o justo o por estar arrepentido. El patrón lo aplaude por su astucia; en otras palabras, por su inteligencia y su habilidad en el trato con las personas.

Para captar la intención de esta parábola viene bien entender un poco la personalidad del hombre rico. Si bien algunos comentaristas de la Biblia consideran que en varios aspectos no manifestó una conducta ética, el texto contiene detalles que parecen indicar lo contrario. El primero es que alguien fue a decirle que el administrador lo estafaba. Eso podría dar a entender que el hombre rico no trataba abusivamente a los arrendadores: estos tuvieron la lealtad de avisarle para que pudiera evitar las estafas del administrador.

Otra indicación de la clase de persona que era fue la forma en que trató al administrador aprovechado. Tenía todo el derecho de denunciarlo y hasta de vender a su esposa e hijos como esclavos; pero se limitó a despedirlo.

Probablemente esta parábola hizo sonreír a los primeros que la oyeron, como les pasa hoy a muchos cuando ven una película o leen un libro sobre un ladrón que concibe un plan sumamente ingenioso, complejo y original. Pero también debieron de entender que el propietario era bueno y generoso. En vez de obligar al administrador a pagar por sus fechorías y sufrir el castigo que prescribía la ley, tuvo misericordia y lo salvó juntamente con su familia. Lo hizo por su generosidad, pagando bien cara la libertad del gerente.

Cuando termina la parábola propiamente dicha, Jesús dice algo más a modo de aplicación:

Porque los hijos de este siglo [mundo] son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz. Y Yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando estas falten, os reciban en las moradas eternas. (Lucas 16:8-9)

En esta declaración —por cierto, nada fácil de entender— Jesús compara a los hijos de este mundo con los hijos de la luz. Los hijos de este mundo son más astutos que los de la luz en su trato con otras personas de este mundo. Los hijos del mundo, como el administrador, saben desenvolverse sagazmente en el sistema imperante en el mundo. Saben hacer buenos negocios, ganar dinero, adquirir riqueza y tener éxito de acuerdo con los usos y principios del mundo. Se preparan para su futuro terrenal explotando la riqueza material del mundo. Jesús propone otra forma de proceder. Manda a los hijos de la luz que se rijan sagazmente por unos principios distintos, los del reino del Dios, fundados en Su naturaleza amorosa, clemente y generosa. Los hijos de la luz deben actuar como se hace en el reino, de acuerdo con la voluntad de Dios, tratando al prójimo con amor y generosidad a fin de hacerse ricos para con Dios y acumular tesoros en el Cielo.

A los creyentes se los exhorta a usar el dinero y la riqueza de este mundo —llamados «sucio mamón» en algunas traducciones y «riquezas mundanas» en otras— para ganarse amigos en este mundo. En otras palabras, se les manda que hagan buenas acciones con su dinero, que practiquen la generosidad, que compartan, que den a los necesitados, que ayuden a las personas que puedan. Llegará el día en que el dinero perderá todo valor e importancia, el día en que pasemos de esta vida a la otra. Si nos regimos por los principios del reino de Dios, cuando lleguemos al Cielo las personas a las que hayamos ayudado y que hayan muerto antes que nosotros nos recibirán en nuestras moradas eternas.

En esta parábola Jesús a vuelve a poner de manifiesto la naturaleza de Dios, que es misericordioso y generoso como el terrateniente. Señala que los creyentes, los discípulos, deberían aprender algo del administrador injusto. Si bien lo que este hizo estuvo claramente mal, al menos entendió la forma de ser del propietario y actuó en consecuencia. ¡Cuánto más nosotros, los creyentes, deberíamos ser conscientes del carácter amoroso y generoso de Dios y, en base a ese conocimiento, vivir con gran fe en Su amor, misericordia y generosidad! Y al mismo tiempo emular Sus atributos practicando la generosidad y el perdón.

Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Jesús relató dos breves pero potentes parábolas, una detrás de la otra, sobre el tema del discipulado y la obligación de pensar detenidamente en lo que cuesta seguirlo a Él.

La primera parábola reza así:

¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que, después que haya puesto el cimiento, no pueda acabarla y todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar.» (Lucas 14:28-30)

El modo en que empieza la frase, ¿quién de vosotros?, es una pregunta retórica que da por hecho que la respuesta será nadie.

En la parábola que estamos repasando se entiende tácitamente que nadie en su sano juicio construiría un edificio sin calcular antes los gastos y determinar si posee el dinero suficiente para terminarlo.

A lo largo de la Escritura leemos sobre varias torres. Estas al parecer se construían con fines militares:

Voy a apostarme en mi puesto de guardia, voy a instalarme en mi atalaya. (Habacuc 2:1)

El día del Señor de los Ejércitos vendrá contra todo arrogante y altivo, y contra todo el que se ha enaltecido […] contra toda torre alta y contra todo muro fortificado. (Isaías 2:12-15)

Tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo. (Salmo 61:3)

Torre inexpugnable es el nombre del Señor; a ella corren los justos y se ponen a salvo. (Proverbios 18:10)

A veces las torres servían para usos agrícolas:

La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre y había hecho también en ella un lagar. (Isaías 5:2)

Entonces comenzó Jesús a decirles por parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; luego la arrendó a unos labradores y se fue lejos. (Marcos 12:1)

En el contexto de esta parábola, Jesús muy probablemente se refería a una torre para usos agrícolas. El hacendado tiene buenas intenciones. Edificar una torre le traerá beneficios. Amén de poder resguardar mejor sus cultivos y animales de la acción de ladrones y predadores, se ganará también el respeto de sus vecinos por mejorar su hacienda. Sin embargo, si el hombre es tan desatinado como para no calcular los gastos antes de emprender la construcción de la torre y deducir si tendrá suficientes recursos para terminarla, se lo considerará un insensato y hará el ridículo.

En la cultura de la época era muy importante sentirse honrado; en contraste, la deshonra debía evitarse a toda costa. Una planificación tan mal hecha como aquella tendría como consecuencia que todo el que viera la obra inconclusa se burlaría del hombre señalando su fracaso y su insensatez.

Cuando Jesús dijo que el hombre que no calculó lo que costaría construir su edificio sería objeto de escarnio, por deducción sabemos que perdería su prestigio, sería el hazmerreír del pueblo y haría el ridículo. Jesús espabiló a quienes estaba llamando a seguirle, incitándoles a considerar el compromiso que iban a contraer y lo que implicaría; es decir, a ponderar el costo del discipulado y tomar una decisión prudente y reflexiva para no faltar luego al compromiso contraído.

La parábola análoga a esta dice:

¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos le envía una embajada y le pide condiciones de paz. (Lucas 14:31-32)

Si bien esta segunda parábola expone el mismo argumento que la primera, la decisión del rey pone en riesgo la vida de miles de soldados, así como la suya propia. Es, pues, mucho más lo que está en juego. El hombre que no calcula los gastos que supondrá construir la torre arriesga pasar una vergüenza y quedar en ridículo; en cambio, el rey enfrenta la posibilidad de perder su vida, las de muchos soldados y su reino.

Aunque los riesgos que se corren son mucho mayores en el caso de la segunda parábola, el mismo argumento se pone de manifiesto. El rey debe evaluar la situación. No posee sino la mitad de efectivos militares que su adversario. Para ganar, sus tropas tendrán que ser mucho más diestras que los soldados que enfrentarán. Además tendrán que ser extraordinariamente valientes para enfrentar con confianza a un ejército el doble de grande. Encima el rey deberá analizar si las tropas rivales posiblemente tengan otro tipo de ventajas —familiaridad con el terreno y las condiciones del tiempo, mejores líneas de abastecimiento, una población civil más amigable, etc.— a fin de compensar por la desigualdad numérica. El rey deberá determinar si existen las condiciones para que sus soldados se alcen con la victoria y si vale la pena disputar la batalla.

El rey tendrá que sentarse primero a considerar antes de tomar semejante decisión. El vocablo griego que en esta versión de la Biblia aparece traducido con el verbo considerar, en otras versiones figura como deliberar, calcular, consultar o sentarse con sus consejeros para evaluar. Un líder astuto meditaría él mismo el asunto y escucharía el consejo de otros. Si resulta evidente que el riesgo es demasiado alto y las posibilidades de sufrir una derrota, grandes, lo más sensato sería frenar la escalada bélica mientras el ejército con superioridad de fuerzas está todavía a gran distancia. En ese caso el rey enviaría una delegación al ejército más aventajado para pedirle condiciones de paz.

La primera parábola expresa claramente que quien esté pensando en hacerse discípulo de Cristo debe calcular el costo que ello tendrá, a fin de determinar si posee las condiciones necesarias para ser discípulo. La segunda parábola nos aconseja evaluar las posibilidades de triunfo que tenemos antes de tomar una decisión tan trascendente como comprometernos al discipulado. Las dos parábolas estimulan a la persona que está estudiando la posibilidad de ser discípulo a que juzgue su situación. Así, cuando tome la determinación de seguir a Jesús, lo hará reflexivamente.

Cuando leemos el pasaje en que Jesús llama a Sus primeros discípulos, nos causa impresión que lo dejaran todo para seguirle:

Mientras caminaba junto al mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro Andrés. Estaban echando la red al lago, pues eran pescadores. «Vengan, síganme —les dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres». Al instante dejaron las redes y lo siguieron. Más adelante vio a otros dos hermanos: Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca remendando las redes. Jesús los llamó, y dejaron en seguida la barca y a su padre, y lo siguieron. (Mateo 4:18-22)

Aunque lo siguieron al instante apenas los llamó, ese llamado no fue necesariamente el primer encuentro que tuvieron con Él. En el Evangelio de Juan leemos que Andrés, hermano de Simón Pedro, conoció a Jesús y pasó el día con Él. A la mañana siguiente halló a su hermano Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías». (Juan 1:38-42) No hay indicios de que Pedro y Andrés hubieran seguido a Jesús en ese momento. En Lucas leemos que Jesús enseñaba en la ribera del lago Genesaret cuando observó dos barcas cerca de la orilla y a los pescadores en la playa limpiando sus redes. Jesús abordó una de las barcas, que pertenecía a Simón (Pedro). Al terminar su plática, le dijo a Simón que bogara hasta donde el agua fuera más profunda y echará allí la red. Cuando este lo hizo, encerraron una gran cantidad de peces en la red y llamaron a Andrés y Juan, sus compañeros, para que subieran a la barca y los ayudaran. Es en ese momento en que se nos dice que Pedro lo dejó todo y siguió a Jesús. (Lucas 5:1-11)

En otros pasajes del Evangelio vemos ejemplos de cómo Jesús advertía a quienes querían seguirlo, señalando los gastos que implica ser discípulo:

Se le acercó un escriba y le dijo: —Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.

Jesús le dijo: —Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza.

Otro de Sus discípulos le dijo: —Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre.

Jesús le dijo: —Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo 8:19-22)

Jesús no pretendía que las masas le siguieran. Buscaba a quienes lo siguieran, no por la aceptación que gozaba entre la gente, por dar de comer a los hambrientos u obrar milagros, sino porque creían profundamente en quién era Él. Les alertó explicándoles que debían afrontar las posibles consecuencias de ser discípulos, pensar en las exigencias que representaría y asegurarse de que entendieran lo que implicaba. Entonces, una vez que se habían percatado de todos los apremios, dificultades y sacrificios que requería, los invitó a tomar la decisión bien fundamentada de seguirlo. No pretendía disuadirlos de optar por el discipulado; más bien los alentaba a considerar detenidamente lo que significaba.

Decidir seguir a Jesús es optar por reestructurar nuestra vida en conjunción con Sus enseñanzas. Significa alterar nuestro modo de pensar, priorizar las cosas en las que invertimos tiempo, energía y dinero. Cambiar nuestras relaciones y modo de interactuar con los demás, teniendo en cuenta que se nos llama a ser menos egocéntricos. Es un llamado a reordenar radicalmente nuestra vida, hasta el punto en que estemos dispuestos a morir por Él si fuese necesario. Es un compromiso para toda la vida, el cual no debemos tomar con ligereza. Así como Jesús lo ilustró en estas parábolas, todo el que se apresta a tomar la decisión de ser Su discípulo debe examinar seriamente lo que ello supone, evaluar las posibles consecuencias que tendrá en su vida y en la vida de sus seres queridos, reconocer las pruebas que acarrea y, entonces, si se siente capaz de ello, tomar de todo corazón la decisión de seguirle.

Stories Jesus Told: Counting the Cost

The Stories Jesus Told: Counting the Cost

Jesus told two short but powerful back-to-back parables regarding discipleship and the need to think carefully about the cost of following Him.

The first parable says:

“Which of you, desiring to build a tower, does not first sit down and count the cost, whether he has enough to complete it? Otherwise, when he has laid a foundation and is not able to finish, all who see it begin to mock him, saying, ‘This man began to build and was not able to finish.’’’ (Luke 14:28-30)

The phrasing beginning with “which of you” is a rhetorical question, which expects the response to be “no one.” The unspoken understanding is that no one with any sense would build a building without first estimating the cost and determining whether they had enough money to complete it.

Throughout Scripture we read of various towers. Some seemed to be built for military purposes:

I will take my stand at my watchpost and station myself on the tower. (Habakkuk 2:1)

For the Lord of hosts has a day against all that is proud and lofty, against all that is lifted up … against every high tower, and against every fortified wall. (Isaiah 2:12-15)

You have been my refuge, a strong tower against the enemy. (Psalm 61:3)

The name of the Lord is a strong tower; the righteous man runs into it and is safe. (Proverbs 18:10)

Sometimes towers were used for agricultural purposes:

He dug it and cleared it of stones, and planted it with choice vines; he built a watchtower in the midst of it, and hewed out a wine vat in it. (Isaiah 5:2)

He began to speak to them in parables. “A man planted a vineyard and put a fence around it and dug a pit for the winepress and built a tower, and leased it to tenants and went into another country.” (Mark 12:1)

In the context of this parable, Jesus was most likely referring to a tower that would be used for agricultural purposes. The landowner has good intentions. Building a tower will be beneficial to him. In addition to being able to better protect his crops or animals from thieves and predators, he will also gain respect from his neighbors for improving his property. However, if such a man is foolish enough to not estimate the costs and calculate whether he has sufficient resources to complete his tower, he will be seen as foolish and suffer ridicule.

In the culture of that time, being held in honor was very important, while shame was to be avoided at all costs. The consequence of such poor planning would be that everyone who saw the uncompleted building would mock the man by pointing out his failure and foolishness.

When Jesus said that the man who didn’t count the cost of constructing his building would be mocked, the inference was that he would lose his prestige, be the town’s laughingstock, and be ridiculed. Jesus was challenging those He was calling to follow Him to consider the commitment they were going to make, and what it actually entailed—to weigh up the cost of discipleship, and to make a wise and well-thought-out decision, rather than a commitment they wouldn’t be able to keep.

The twin to this parable says:

Or what king, going out to encounter another king in war, will not sit down first and deliberate whether he is able with ten thousand to meet him who comes against him with twenty thousand? And if not, while the other is yet a great way off, he sends a delegation and asks for terms of peace. (Luke 14:31-32)

While this second parable makes the same point as the first, the decision of the king risks the lives of ten thousand soldiers, and his own as well, so the stakes are much higher. The man who doesn’t count the cost of the tower only faces shame and ridicule, whereas the king faces the possibility of losing his life, the lives of many soldiers, and his kingdom.

Although the risks are greater in the second parable, the same point is made. The king must wisely assess the situation. He has only half the number of troops as his adversary. In order to win, his troops would need to be much more skilled than the soldiers they would face. They would also have to be extraordinarily brave to confidently face an army twice their size. In addition, he’d also need to consider whether it’s possible that they could have some other kind of advantage—familiarity with the terrain and weather conditions, better supply lines, a more friendly civilian population, etc.—to compensate for the disparity in numbers. The king must decide whether the conditions exist for his soldiers to win the day, and whether this is a battle worth fighting.

The king would need to sit down first and deliberate before making such a decision. The Greek word translated as deliberate in this version of the Bible is translated in other versions as consulteth, decide, take counsel, and sit down with his counselors to discuss. A wise leader would both ponder the matter himself and listen to the counsel of others. If it becomes clear that the risk is too great and the likelihood of defeat is high, then he would be wise to de-escalate the situation while the superior army is still a great distance away. In such a case, the king would send a delegation to the superior army to request terms of peace.

The first parable makes the point that someone considering being a disciple of Jesus should count the cost, to see if they have what it takes to be a disciple. This second parable advises one to consider the chances of success before deciding to make an important decision such as committing to discipleship. These parables both challenge a person who is contemplating discipleship to assess their situation, so that when they make the decision to follow Jesus, they do so having carefully thought it through.

When we read about Jesus calling His first disciples, we are impressed by how they dropped everything and followed Him.

While walking by the Sea of Galilee, he saw two brothers, Simon (who is called Peter) and Andrew his brother, casting a net into the sea, for they were fishermen. And he said to them, “Follow me, and I will make you fishers of men.” Immediately they left their nets and followed him. And going on from there he saw two other brothers, James the son of Zebedee and John his brother, in the boat with Zebedee their father, mending their nets, and he called them. Immediately they left the boat and their father and followed him. (Matthew 4:18-22)

While they did immediately follow when He called, this call wasn’t necessarily their first encounter with Him. In the Gospel of John we read that Andrew, the brother of Simon Peter, met Jesus and spent the day with Him. The next morning he found his brother Peter, and told him “We have found the Messiah.” (John 1:38-42) There is no Indication that Peter or Andrew followed Jesus at that time. In Luke, we read that Jesus was teaching on the shore of the Lake of Gennesaret when He noticed two boats close to the shore and the fishermen on the shore cleaning their nets. Jesus got into one of the boats, which belonged to Simon (Peter). When He was finished teaching, He told Simon to go out to where the water was deeper and cast his net. When he did, he caught a large number of fish and  Asked James and John, his partners, to come into their boat and help. It is at this time that we’re told that Peter left everything and followed Jesus. (Luke 5:1-11)

Elsewhere in the Gospels, we see examples of how Jesus cautioned those who wanted to follow Him by pointing out the cost of discipleship:

A scribe came up and said to him, “Teacher, I will follow you wherever you go.” And Jesus said to him, “Foxes have holes, and birds of the air have nests, but the Son of Man has nowhere to lay his head.”

Another of the disciples said to him, “Lord, let me first go and bury my father.” And Jesus said to him, “Follow me, and leave the dead to bury their own dead.” (Matthew 8:19-22)

Jesus was not seeking for masses to follow Him. He was searching for those who would follow Him, not because of His popularity, feeding the hungry, and doing miracles, but because they deeply believed in who He was. He warned them to face the potential consequences of discipleship, to think about the demands it would make, and to make sure they understood what it required. Then, having considered all the potential challenges, hardships, and sacrifices, He called them to make the informed decision to follow. He wasn’t trying to discourage people from choosing discipleship, but He was encouraging them to thoughtfully consider what it means.

Making the choice to follow Jesus is a choice to restructure our lives in conjunction with His teachings. It means changing the way we think, prioritizing what we give our time, energy, and money to. It changes our relationships and how we interact with others, as we are called to become less self-centered. It’s a call to radically reorder our lives, so much so that we are willing to die for Him if need be. It’s a lifelong commitment, and one that shouldn’t be made lightly. As Jesus illustrated in these parables, anyone making the decision to be a disciple should take a hard look at what it means, assess the potential impact on their life and the lives of their loved ones, recognize the challenges, and then, if they are up for it, wholeheartedly make the decision to follow Him.

El Último Día

El Último Día

Jesús sabía que Su tiempo en la Tierra estaba llegando a su fin. Su misión aquí estaba a punto de culminar y sabía que pronto lo traicionarían y ejecutarían. ¿Cómo vivió entonces Sus últimas 24 horas?

Manifestó humildad. Jesús pasó tiempo con Sus discípulos y cenó con ellos. Para empezar, les dio la bienvenida lavando los pies de cada uno. El lavado de pies era un oficio reservado para los sirvientes más viles. En aquella época la gente andaba en sandalias por caminos polvorientos y embarrados. Como consecuencia la mayoría tenía los pies muy sucios. Jesús, en cambio, demostró gran amor y humildad a cada uno de Sus discípulos al rebajarse a lavarles los pies. Se hizo a Sí mismo un siervo (Juan 13:5).

Fue sumiso y obediente. Enfrentó un panorama de tortura y muerte. Fue tan duro lo que sufrió y oró con tanta angustia que sudó sangre. Con todo y con eso, confió en el juicio de Su Padre y afirmó: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:41-44).

Amó de manera incondicional. Lo traicionaron, pero no respondió con agresividad. Fue maltratado, pero no perdió la compostura. Sus amigos más cercanos le dieron la espalda, pero no reaccionó con ira. Lo humillaron y lo acusaron erróneamente; así y todo puso freno a su boca (Lucas 22:45-71).

Fue franco y directo. Cuando se presentó ante Sus jueces —primero el Sanedrín y luego Pilato—, ellos le preguntaron sin miramientos: «¿Eres tú el Hijo de Dios?» Pudo ahorrarse muchísimo dolor y angustia eludiendo sin más la verdad. Pero se mantuvo fiel a ella, costase lo que costase (Lucas 22:66-71; Lucas 23:1-3).

Perdonó. Luego que lo azotaran, lo escarnecieran, le escupieran, lo arrastraran por las calles y lo clavaran a una cruz, dijo: «Padre, perdónalos». Pudo haber hecho caer fuego y rayos sobre Sus torturadores y maldecirlos por lacerar al Hijo de Dios. En cambio, los perdonó aun cuando se burlaban de Él y lo insultaban (Lucas 23:34).

Actuó con desinterés. Pese al tormento de estar colgado en la cruz, se tomó el tiempo para asegurarse de que alguien cuidara de Su madre. Prestó atención al ladrón que moría a Su lado y lo reconfortó asegurándole un destino feliz. En vez de pensar en Sí mismo y Su sufrimiento, se preocupó del bienestar ajeno (Lucas 23:39-43; Juan 19:25-27).

Jesús vivió Su último día como había vivido toda Su vida. Ese día, al igual que todos los demás, encontró oportunidades de amar, dar, perdonar y manifestar el amor de Su Padre a otras personas.

Courtesy of Activated magazine.

The Last Day

The Last Day

Jesus was aware that His time on earth was coming to a close. His mission on earth was nearly complete and He knew that He would soon be betrayed and executed. So how did He live during His last 24 hours?

He was humble. He set aside time with His disciples where He shared a meal with them. First, though, He welcomed each of them by washing their feet. Foot washing was a job generally given to the lowest servant. People walked around in sandals on dusty, muddy roads, so most feet were pretty grungy. But Jesus showed His disciples great love and humility by stooping to wash their feet. He made Himself a servant (John 13:5).

He was yielded and obedient. He faced the prospect of torture and death. It was so difficult and He prayed so desperately that He was sweating drops of blood. But He trusted that His Father knew best, and said, ”Not my will, but yours, be done” (Luke 22:41–44).

He was unconditionally loving. He was betrayed, but He didn’t retaliate. He was mistreated, yet He didn’t lose His temper. Those closest to Him turned their backs on Him, but He didn’t react in anger. He was wrongfully accused and humiliated, but He held His tongue (Luke 22:45–71).

He was honest. When He was brought before His judges—first the Sanhedrin and then Pilate—they asked Him straight out, “Are you the Son of God?” He could have saved Himself a lot of pain and anguish by simply skirting the truth. But He upheld the truth, no matter what the cost (Luke 22:66–71; Luke 23:1–3).

He was forgiving. After being whipped, mocked, spit on, and dragged through the streets to hang on a cross, He said, “Father, forgive them.” He could have called down fire and lightning on His tormentors and cursed them for hurting the Son of God. But instead, He forgave them even as they mocked and insulted Him (Luke 23:34).

He was unselfish. Despite the agony of hanging on the cross, He took time to make sure His mother would be cared for. He took time to listen to the thief dying beside Him, and to reassure him as he died. Instead of thinking about Himself and the pain He was in, He thought of others and their well-being (Luke 23:39–43; John 19:25–27).

The way Jesus spent His last day was no different from the way He lived His whole life. That day, like every day, He found opportunities to love, to give, to forgive, and to share His Father’s love with others.

Adapted from Activated Magazine.

Ejercicio espiritual: Renovación interior

«Si alguno está en Cristo —dice la Biblia—, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas»(2 Corintios 5:17)

Esa transformación comienza en el momento en que invitamos a Jesús a entrar en nuestro corazón y formar parte de nuestra vida. Sin embargo, toma bastante más tiempo entrar en Jesús, es decir, sumirse completamente en Él y cimentar bien la fe (Colosenses 2:6,7). Cuanto más lo hacemos, más vamos dejando atrás nuestros viejos hábitos y formas de pensar, con lo que en efecto todas las cosas «son hechas nuevas».

¿Qué mejor momento que la Cuaresma y la Pascua, la celebración de la resurrección, para renovarse espiritualmente?

Pide a Dios que te indique uno o dos aspectos en los que te vendría bien cambiar o madurar como individuo. Por ejemplo:

  • ¿Sueles tener una actitud positiva y agradecida, o tienes más bien tendencia a quejarte de las dificultades de la vida?
  • ¿Te haces tiempo para leer la Palabra de Dios y reflexionar sobre cómo se te aplica, o dedicas tus ratos libres a ver la televisión y a otros pasatiempos?
  • ¿Oras por las personas que están en apuros, o sólo te inspiran lástima pero no te mueven a actuar?
  • ¿Te ofreces a ayudar con alegría y abnegación, o resientes los sacrificios que a veces tienes que hacer por los demás?
  • ¿Hay algún otro aspecto en que debas cambiar?

Tómate unos minutos para rezar y encomendarle a Jesús esas cuestiones. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí»(Salmo 51:10)

Superar viejos hábitos requiere tiempo y un esfuerzo sostenido; pero una vez que reconoces la necesidad de cambiar y pides ayuda a Jesús, puedes invocar esta promesa: «El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará» (Filipenses 1:6) Tú haz lo que puedas, y Él hará el resto.


Text adapted from Activated magazine. Art © TFI; background courtesy of Pixabay.

A Spiritual Exercise: Renewal of Spirit

“If anyone is in Christ,” the Bible tells us, “he is a new creation; old things have passed away; behold, all things have become new” (2 Corinthians 5:17).

That transformation begins the moment we invite Jesus into our hearts and lives, but it takes considerably longer for us to get into Jesus—to get completely immersed in Him and grounded in faith (Colossians 2:6-7). The more we do that, the more of our old thoughts and habits pass away, and the more “all things become new.”

What better time than Lent and Easter, the celebration of the ultimate rebirth, to get renewed in spirit?

Ask God to show you one or two ways in which you need to change or grow as a person. For example:

  • Do you generally have a thankful, positive attitude, or do you tend to grumble about life’s difficulties?
  • Do you set aside time to read God’s Word and think about how it applies to you, or do you fill your spare moments with TV or other entertainment?
  • Do you pray for others who are experiencing hardships, or merely think about them sympathetically?
  • Do you cheerfully give of yourself, or resent the sacrifices you sometimes need to make for the sake of others?
  • Or is there some other area in which you need to change?

Now take a few minutes to commit these issues to Jesus in prayer. “Create in me a clean heart, and renew a right spirit within me” (Psalm 51:10).

It takes time and consistent effort to break old habits, but once you acknowledge the need to change and ask Jesus to help, this promise is yours: “He who has begun a good work in you will complete it” (Philippians 1:6). As you do your part, He will do His.


Text adapted from Activated magazine. Art © TFI; background courtesy of Pixabay.

Precuela de la Navidad

Precuela de la Navidad

El Evangelio de Juan no cuenta el nacimiento de Jesús, pero sí incluye la precuela, es decir, lo que sucedió antes de las narraciones del nacimiento. Este Evangelio nos retrotrae al principio, antes que existiera nuestro mundo, y dice algo acerca de nuestro Salvador que fue verdad mucho antes de Su nacimiento terrenal en Belén hace dos milenios. Este pasaje aporta claridad sobre quién es Jesús, por qué vino y lo que logró.

Empieza así: «En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. El que es la Palabra existía en el principio con Dios. Dios creó todas las cosas por medio de Él, y nada fue creado sin Él» (Juan 1:1-3).

Juan vuelve la vista atrás y mira más allá del principio de la creación del universo, antes que el tiempo existiera, y dice que la Palabra era preexistente. En la primera frase de ese Evangelio se repiten las primeras palabras de la Biblia en el Génesis: «En el principio…» Eso indica que la Palabra existía antes de la creación y que es eterna, que nunca hubo un tiempo en que la Palabra no existiera. La Palabra no fue parte de lo creado, lo que significa que la Palabra es superior a todo lo creado.

Dice que «la Palabra estaba con Dios» y luego repite una segunda vez: «El que es la Palabra existía en el principio con Dios». Se hace hincapié en que la Palabra existe en relación con Dios. Esa unicidad se expresa en la frase «y la Palabra era Dios». Todo lo que se puede decir de Dios también se puede decir de la Palabra.

Eso es lo que celebramos en Navidad: que la Palabra —que existía con Dios antes de la creación, que coexistía cara a cara en comunión con Su Padre, que participaba en la creación de todo, que existe por sí misma y que es Dios Hijo— nació encarnada en un ser humano y vivió entre la humanidad.

Todo lo que hizo Jesús durante el tiempo que pasó en la Tierra, las palabras que pronunció, las parábolas que contó, Su interacción con la gente, Sus enfrentamientos con los dirigentes religiosos de la época, los milagros que obró, todo ello reveló el amor de Su Padre y Su interés y preocupación por la humanidad. Por medio del Verbo encarnado —Jesús— llegamos a una comprensión más profunda de Dios y de Su deseo de reconciliar a la humanidad con Él. En Navidad festejamos la venida de Dios a nuestro mundo con el objeto de posibilitar que vivamos con Él eternamente.

¡La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros! Es magnífico celebrarlo.