Tarjetas de La Vida de Jesús – Parte 8

Actividad devocional para niños, con una tarjeta/historia por día. 

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Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Jesús relató dos breves pero potentes parábolas, una detrás de la otra, sobre el tema del discipulado y la obligación de pensar detenidamente en lo que cuesta seguirlo a Él.

La primera parábola reza así:

¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que, después que haya puesto el cimiento, no pueda acabarla y todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar.» (Lucas 14:28-30)

El modo en que empieza la frase, ¿quién de vosotros?, es una pregunta retórica que da por hecho que la respuesta será nadie.

En la parábola que estamos repasando se entiende tácitamente que nadie en su sano juicio construiría un edificio sin calcular antes los gastos y determinar si posee el dinero suficiente para terminarlo.

A lo largo de la Escritura leemos sobre varias torres. Estas al parecer se construían con fines militares:

Voy a apostarme en mi puesto de guardia, voy a instalarme en mi atalaya. (Habacuc 2:1)

El día del Señor de los Ejércitos vendrá contra todo arrogante y altivo, y contra todo el que se ha enaltecido […] contra toda torre alta y contra todo muro fortificado. (Isaías 2:12-15)

Tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo. (Salmo 61:3)

Torre inexpugnable es el nombre del Señor; a ella corren los justos y se ponen a salvo. (Proverbios 18:10)

A veces las torres servían para usos agrícolas:

La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre y había hecho también en ella un lagar. (Isaías 5:2)

Entonces comenzó Jesús a decirles por parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; luego la arrendó a unos labradores y se fue lejos. (Marcos 12:1)

En el contexto de esta parábola, Jesús muy probablemente se refería a una torre para usos agrícolas. El hacendado tiene buenas intenciones. Edificar una torre le traerá beneficios. Amén de poder resguardar mejor sus cultivos y animales de la acción de ladrones y predadores, se ganará también el respeto de sus vecinos por mejorar su hacienda. Sin embargo, si el hombre es tan desatinado como para no calcular los gastos antes de emprender la construcción de la torre y deducir si tendrá suficientes recursos para terminarla, se lo considerará un insensato y hará el ridículo.

En la cultura de la época era muy importante sentirse honrado; en contraste, la deshonra debía evitarse a toda costa. Una planificación tan mal hecha como aquella tendría como consecuencia que todo el que viera la obra inconclusa se burlaría del hombre señalando su fracaso y su insensatez.

Cuando Jesús dijo que el hombre que no calculó lo que costaría construir su edificio sería objeto de escarnio, por deducción sabemos que perdería su prestigio, sería el hazmerreír del pueblo y haría el ridículo. Jesús espabiló a quienes estaba llamando a seguirle, incitándoles a considerar el compromiso que iban a contraer y lo que implicaría; es decir, a ponderar el costo del discipulado y tomar una decisión prudente y reflexiva para no faltar luego al compromiso contraído.

La parábola análoga a esta dice:

¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos le envía una embajada y le pide condiciones de paz. (Lucas 14:31-32)

Si bien esta segunda parábola expone el mismo argumento que la primera, la decisión del rey pone en riesgo la vida de miles de soldados, así como la suya propia. Es, pues, mucho más lo que está en juego. El hombre que no calcula los gastos que supondrá construir la torre arriesga pasar una vergüenza y quedar en ridículo; en cambio, el rey enfrenta la posibilidad de perder su vida, las de muchos soldados y su reino.

Aunque los riesgos que se corren son mucho mayores en el caso de la segunda parábola, el mismo argumento se pone de manifiesto. El rey debe evaluar la situación. No posee sino la mitad de efectivos militares que su adversario. Para ganar, sus tropas tendrán que ser mucho más diestras que los soldados que enfrentarán. Además tendrán que ser extraordinariamente valientes para enfrentar con confianza a un ejército el doble de grande. Encima el rey deberá analizar si las tropas rivales posiblemente tengan otro tipo de ventajas —familiaridad con el terreno y las condiciones del tiempo, mejores líneas de abastecimiento, una población civil más amigable, etc.— a fin de compensar por la desigualdad numérica. El rey deberá determinar si existen las condiciones para que sus soldados se alcen con la victoria y si vale la pena disputar la batalla.

El rey tendrá que sentarse primero a considerar antes de tomar semejante decisión. El vocablo griego que en esta versión de la Biblia aparece traducido con el verbo considerar, en otras versiones figura como deliberar, calcular, consultar o sentarse con sus consejeros para evaluar. Un líder astuto meditaría él mismo el asunto y escucharía el consejo de otros. Si resulta evidente que el riesgo es demasiado alto y las posibilidades de sufrir una derrota, grandes, lo más sensato sería frenar la escalada bélica mientras el ejército con superioridad de fuerzas está todavía a gran distancia. En ese caso el rey enviaría una delegación al ejército más aventajado para pedirle condiciones de paz.

La primera parábola expresa claramente que quien esté pensando en hacerse discípulo de Cristo debe calcular el costo que ello tendrá, a fin de determinar si posee las condiciones necesarias para ser discípulo. La segunda parábola nos aconseja evaluar las posibilidades de triunfo que tenemos antes de tomar una decisión tan trascendente como comprometernos al discipulado. Las dos parábolas estimulan a la persona que está estudiando la posibilidad de ser discípulo a que juzgue su situación. Así, cuando tome la determinación de seguir a Jesús, lo hará reflexivamente.

Cuando leemos el pasaje en que Jesús llama a Sus primeros discípulos, nos causa impresión que lo dejaran todo para seguirle:

Mientras caminaba junto al mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro Andrés. Estaban echando la red al lago, pues eran pescadores. «Vengan, síganme —les dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres». Al instante dejaron las redes y lo siguieron. Más adelante vio a otros dos hermanos: Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca remendando las redes. Jesús los llamó, y dejaron en seguida la barca y a su padre, y lo siguieron. (Mateo 4:18-22)

Aunque lo siguieron al instante apenas los llamó, ese llamado no fue necesariamente el primer encuentro que tuvieron con Él. En el Evangelio de Juan leemos que Andrés, hermano de Simón Pedro, conoció a Jesús y pasó el día con Él. A la mañana siguiente halló a su hermano Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías». (Juan 1:38-42) No hay indicios de que Pedro y Andrés hubieran seguido a Jesús en ese momento. En Lucas leemos que Jesús enseñaba en la ribera del lago Genesaret cuando observó dos barcas cerca de la orilla y a los pescadores en la playa limpiando sus redes. Jesús abordó una de las barcas, que pertenecía a Simón (Pedro). Al terminar su plática, le dijo a Simón que bogara hasta donde el agua fuera más profunda y echará allí la red. Cuando este lo hizo, encerraron una gran cantidad de peces en la red y llamaron a Andrés y Juan, sus compañeros, para que subieran a la barca y los ayudaran. Es en ese momento en que se nos dice que Pedro lo dejó todo y siguió a Jesús. (Lucas 5:1-11)

En otros pasajes del Evangelio vemos ejemplos de cómo Jesús advertía a quienes querían seguirlo, señalando los gastos que implica ser discípulo:

Se le acercó un escriba y le dijo: —Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.

Jesús le dijo: —Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza.

Otro de Sus discípulos le dijo: —Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre.

Jesús le dijo: —Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo 8:19-22)

Jesús no pretendía que las masas le siguieran. Buscaba a quienes lo siguieran, no por la aceptación que gozaba entre la gente, por dar de comer a los hambrientos u obrar milagros, sino porque creían profundamente en quién era Él. Les alertó explicándoles que debían afrontar las posibles consecuencias de ser discípulos, pensar en las exigencias que representaría y asegurarse de que entendieran lo que implicaba. Entonces, una vez que se habían percatado de todos los apremios, dificultades y sacrificios que requería, los invitó a tomar la decisión bien fundamentada de seguirlo. No pretendía disuadirlos de optar por el discipulado; más bien los alentaba a considerar detenidamente lo que significaba.

Decidir seguir a Jesús es optar por reestructurar nuestra vida en conjunción con Sus enseñanzas. Significa alterar nuestro modo de pensar, priorizar las cosas en las que invertimos tiempo, energía y dinero. Cambiar nuestras relaciones y modo de interactuar con los demás, teniendo en cuenta que se nos llama a ser menos egocéntricos. Es un llamado a reordenar radicalmente nuestra vida, hasta el punto en que estemos dispuestos a morir por Él si fuese necesario. Es un compromiso para toda la vida, el cual no debemos tomar con ligereza. Así como Jesús lo ilustró en estas parábolas, todo el que se apresta a tomar la decisión de ser Su discípulo debe examinar seriamente lo que ello supone, evaluar las posibles consecuencias que tendrá en su vida y en la vida de sus seres queridos, reconocer las pruebas que acarrea y, entonces, si se siente capaz de ello, tomar de todo corazón la decisión de seguirle.

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Parábolas de Jesús para niños mayores: La Gran Cena

La Gran Cena

El escenario en que Jesús relató la parábola de la gran cena fue una comida sabatina de la que disfrutaba en la casa de un destacado fariseo. Durante la misma, Jesús dio algunas pautas sobre las invitaciones a los banquetes, recalcando que no se deben limitar los convidados exclusivamente a quienes puedan devolver el favor invitando luego al anfitrión a una comida. Expresó:

Cuando hagas banquete, llama a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos; y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos (Lucas 14:13-14)

Al oír esto, uno de los que estaban a la mesa respondió:

¡Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios! (Lucas 14:15)

Con esa exclamación la persona sentada en la mesa abrió la puerta para que Jesús emitiera Su opinión sobre el popularmente conocido banquete mesiánico, la interpretación judaica de lo que ocurriría al cabo de los tiempos.

El libro de Isaías se refiere a ese banquete o cena:

En este monte el Señor de los ejércitos ofrecerá un banquete a todos los pueblos. Habrá los manjares más suculentos y los vinos más refinados. En este monte rasgará el velo con que se cubren todos los pueblos, el velo que envuelve a todas las naciones. Dios el Señor destruirá a la muerte para siempre, enjugará de todos los rostros toda lágrima, y borrará de toda la tierra la afrenta de Su pueblo. El Señor lo ha dicho. (Isaías 25:6-8)

Si bien este pasaje aduce que todos los pueblos estarán presentes en el banquete y que se enjugarán las lágrimas de todos, en la época de Jesús era una concepción común entre el pueblo judío que dichos versículos excluían a los gentiles (no judíos). Jesús, no obstante, tenia una concepción distinta acerca de quién se sentaría a la mesa mesiánica. En lugar de responder como se habría esperado con algún comentario sobre guardar la ley mosaica o declarando que quienes cumpliesen la ley se sentarían en el banquete con el Mesías, Jesús les refirió una parábola.

«Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. A la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: “Venid, que ya todo está preparado.” Pero todos a una comenzaron a excusarse.

»El primero dijo: “He comprado una hacienda y necesito ir a verla. Te ruego que me excuses.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego que me excuses.” Y otro dijo: “Acabo de casarme y por tanto no puedo ir.” (Lucas 14:16-20)

En esos días, cuando alguien ofrecía un banquete, se hacía una invitación inicial informando a los invitados de la fecha del evento. Al momento de ese primer anuncio los invitados expresaban si acudirían o no, y en caso de que accedieran a asistir, contraían un compromiso.
Todos los que escuchaban el relato entendieron que la negativa a asistir había sido un insulto deliberado hacia el anfitrión, el cual había sido humillado públicamente a los ojos de su pueblo. Las excusas ofrecidas por no honrar su compromiso fueron flojas e inaceptables.

La excusa del primer convidado fue: He comprado una hacienda y necesito ir a verla. Los oyentes del relato sabían que era una mentira descarada. Comprar una hacienda a ciegas era algo insólito.

Otro de los convidados presenta la excusa de que he comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Ese también era un pretexto muy pobre. Antes de adquirir bueyes, el comprador iba al terreno del vendedor, uncía los bueyes y araba un poco la tierra. Tenía que probar su fuerza y ver si ararían juntos; de lo contrario no los compraría.

El tercer convidado alega que acaba de tomar a una mujer por esposa y que no puede asistir. Le dice a su anfitrión que a pesar de que la cena tendrá lugar muy avanzada la tarde, de que no se ausentará sino unas horas de su casa y esa noche estará de nuevo en los brazos de su nueva esposa, no asistirá debido a que otras actividades tienen prioridad para él. Ni siquiera se toma la molestia de excusarse; simplemente manifiesta que no puede ir. Eso es sumamente maleducado y ofensivo.

La primera parte de la parábola nos dice que muchos fueron invitados a la cena, pero que todos a una comenzaron a excusarse. Los tres que rehusaron asistir al banquete son prototipos. Los oyentes que estaban ahí en ese momento habrían entendido que otros que en un principio se habían comprometido a asistir también habían inventado excusas para no hacerlo.

Cuando el dueño de casa advierte que la intención de los convidados es avergonzarlo y humillarlo, se enoja con toda razón. En esas circunstancias puede responder con insultos verbales o inclusive amenazar con tomar alguna medida punitiva para sancionar a los que lo han deshonrado en público. No obstante, pese a la rabia que siente, responde con gracia en lugar de venganza.

»El siervo regresó e hizo saber estas cosas a su señor. Entonces, enojado el padre de familia, dijo a su siervo: “Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos.”

»Dijo el siervo: “Señor, se ha hecho como mandaste y aún hay lugar.”

Dijo el señor al siervo: “Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa, pues os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena.”» (Lucas 14:22-24)

El anfitrión resuelve invitar a los que jamás podrían corresponderle: los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. Al articular así la parábola, Jesús alude a los marginados dentro del pueblo de Israel, la gente común que gustosamente recibía Su mensaje.

Habiendo hecho eso, le dice al anfitrión que el banquete aún no está copado. Este la da entonces instrucciones para que trascienda los linderos de la ciudad y busque afuerinos, gente que no forme parte de la población, y los haga acudir a la fiesta.

La idea de hacerlos venir no significa que los fuerce a asistir. Por los usos y costumbres de la época, esa gente de afuera estaba obligada a no aceptar una invitación inesperada, particularmente si era de condición social más baja que el anfitrión. No eran parientes ni vecinos siquiera del convidador, sino afuerinos que de ninguna manera podían corresponderle la invitación. De ahí que según las normas de la sociedad debían declinar. Consciente de eso, el siervo debía tomar del brazo a cada uno y con suavidad llevarlos hasta la casa a fin de demostrar que la invitación era de verdad.

La última frase de la parábola, os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena, quizás estaba dirigida a los fariseos que cenaban con Jesús, y no era parte de la parábola. Está formulada en plural. En la parte anterior de la parábola, el dueño de casa hablaba con el siervo. De manera que si esta última línea era un fragmento de la parábola dirigida al siervo habría estado en singular y no en plural. Por tanto muchos comentaristas coinciden en que Jesús dirigió esta última línea a los comensales que lo acompañaban.

La pregunta planteada en la parábola es: ¿quién estará presente en el banquete? La respuesta de Jesús los tomó por sorpresa. La creencia judía convencional era que todo nacido de madre judía asistiría automáticamente al «banquete mesiánico» por el simple derecho de ser judío. Jesús manifestaba en cambio que quienes presuponían que estarían presentes en el banquete del fin de los tiempos bien podrían no estarlo. En realidad la asistencia al banquete está determinada por el modo en que uno responde a la invitación divina.

Jesús enseñó este concepto a lo largo de los Evangelios. Dijo:

Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera. (Mateo 8:11-12)

Muchos a lo largo y ancho del mundo dan por sentado que asistirán al banquete pensando que sus creencias son las indicadas, que pertenecen al grupo correcto, que hacen obras de caridad, que gozan de buena reputación, etc. Así y todo, las enseñanzas de Jesús en esta parábola y otros pasajes indican que los que dan por hecho que estarán allí no necesariamente serán incluidos, y muchos que no pensaban que estarían, sí estarán. No asistimos a la cena según nuestras propias condiciones. La invitación es para todos, incluidos los marginados de la sociedad y aquellos con los que tal vez no nos sentimos cómodos.

El mensaje del reino es la gracia. No hay nada que pueda hacer una persona para merecerse la invitación a la cena. Simplemente somos invitados y no hay otro requisito que aceptar. Es por gracia que somos salvos. Sin embargo, cada cual debe decidir si aceptará la gracia y si vendrá o no a la fiesta.

El Último Día

El Último Día

Jesús sabía que Su tiempo en la Tierra estaba llegando a su fin. Su misión aquí estaba a punto de culminar y sabía que pronto lo traicionarían y ejecutarían. ¿Cómo vivió entonces Sus últimas 24 horas?

Manifestó humildad. Jesús pasó tiempo con Sus discípulos y cenó con ellos. Para empezar, les dio la bienvenida lavando los pies de cada uno. El lavado de pies era un oficio reservado para los sirvientes más viles. En aquella época la gente andaba en sandalias por caminos polvorientos y embarrados. Como consecuencia la mayoría tenía los pies muy sucios. Jesús, en cambio, demostró gran amor y humildad a cada uno de Sus discípulos al rebajarse a lavarles los pies. Se hizo a Sí mismo un siervo (Juan 13:5).

Fue sumiso y obediente. Enfrentó un panorama de tortura y muerte. Fue tan duro lo que sufrió y oró con tanta angustia que sudó sangre. Con todo y con eso, confió en el juicio de Su Padre y afirmó: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:41-44).

Amó de manera incondicional. Lo traicionaron, pero no respondió con agresividad. Fue maltratado, pero no perdió la compostura. Sus amigos más cercanos le dieron la espalda, pero no reaccionó con ira. Lo humillaron y lo acusaron erróneamente; así y todo puso freno a su boca (Lucas 22:45-71).

Fue franco y directo. Cuando se presentó ante Sus jueces —primero el Sanedrín y luego Pilato—, ellos le preguntaron sin miramientos: «¿Eres tú el Hijo de Dios?» Pudo ahorrarse muchísimo dolor y angustia eludiendo sin más la verdad. Pero se mantuvo fiel a ella, costase lo que costase (Lucas 22:66-71; Lucas 23:1-3).

Perdonó. Luego que lo azotaran, lo escarnecieran, le escupieran, lo arrastraran por las calles y lo clavaran a una cruz, dijo: «Padre, perdónalos». Pudo haber hecho caer fuego y rayos sobre Sus torturadores y maldecirlos por lacerar al Hijo de Dios. En cambio, los perdonó aun cuando se burlaban de Él y lo insultaban (Lucas 23:34).

Actuó con desinterés. Pese al tormento de estar colgado en la cruz, se tomó el tiempo para asegurarse de que alguien cuidara de Su madre. Prestó atención al ladrón que moría a Su lado y lo reconfortó asegurándole un destino feliz. En vez de pensar en Sí mismo y Su sufrimiento, se preocupó del bienestar ajeno (Lucas 23:39-43; Juan 19:25-27).

Jesús vivió Su último día como había vivido toda Su vida. Ese día, al igual que todos los demás, encontró oportunidades de amar, dar, perdonar y manifestar el amor de Su Padre a otras personas.

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  • La parábola del tesoro escondido
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  • La parábola del juez injusto
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  • La parábola de la levadura
  • La parábola de la semilla que crece
  • El siervo que no perdonó
  • El hombre sabio y el hombre insensato
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Ejercicio espiritual: Renovación interior

«Si alguno está en Cristo —dice la Biblia—, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas»(2 Corintios 5:17)

Esa transformación comienza en el momento en que invitamos a Jesús a entrar en nuestro corazón y formar parte de nuestra vida. Sin embargo, toma bastante más tiempo entrar en Jesús, es decir, sumirse completamente en Él y cimentar bien la fe (Colosenses 2:6,7). Cuanto más lo hacemos, más vamos dejando atrás nuestros viejos hábitos y formas de pensar, con lo que en efecto todas las cosas «son hechas nuevas».

¿Qué mejor momento que la Cuaresma y la Pascua, la celebración de la resurrección, para renovarse espiritualmente?

Pide a Dios que te indique uno o dos aspectos en los que te vendría bien cambiar o madurar como individuo. Por ejemplo:

  • ¿Sueles tener una actitud positiva y agradecida, o tienes más bien tendencia a quejarte de las dificultades de la vida?
  • ¿Te haces tiempo para leer la Palabra de Dios y reflexionar sobre cómo se te aplica, o dedicas tus ratos libres a ver la televisión y a otros pasatiempos?
  • ¿Oras por las personas que están en apuros, o sólo te inspiran lástima pero no te mueven a actuar?
  • ¿Te ofreces a ayudar con alegría y abnegación, o resientes los sacrificios que a veces tienes que hacer por los demás?
  • ¿Hay algún otro aspecto en que debas cambiar?

Tómate unos minutos para rezar y encomendarle a Jesús esas cuestiones. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí»(Salmo 51:10)

Superar viejos hábitos requiere tiempo y un esfuerzo sostenido; pero una vez que reconoces la necesidad de cambiar y pides ayuda a Jesús, puedes invocar esta promesa: «El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará» (Filipenses 1:6) Tú haz lo que puedas, y Él hará el resto.


Text adapted from Activated magazine. Art © TFI; background courtesy of Pixabay.