Tarjetas de La Vida de Jesús – Parte 9

Actividad devocional para niños, con una tarjeta/historia por día. 

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Parábolas de Jesús – El Administrador Injusto

El administrador injusto

 La parábola del administrador injusto es una de las más difíciles de entender. Comencemos por el primer versículo de la parábola, que presenta a los dos protagonistas y crea el marco para lo que sucede después.

Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y este fue acusado ante él como derrochador de sus bienes. (Lucas 16:1)

La palabra griega traducida aquí como derrochador aparece también en la parábola del padre y sus dos hijos cuando habla de que el menor malgastó sus riquezas en placeres. Aquí se acusa al administrador de malversar la riqueza del propietario.

Entonces lo llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo». (Lucas 16:2)

En la Palestina del siglo I y en otras partes del mundo antiguo había administradores que manejaban los negocios en nombre de los terratenientes. Tenían plena autoridad para actuar en representación del propietario, como si fueran ellos los dueños. Todo contrato firmado por un administrador en nombre del propietario era vinculante para el propietario. Para nombrar a alguien administrador de su negocio, su casa o sus asuntos económicos, era indispensable que el propietario tuviera plena confianza en él. Por lo visto el hombre rico puso una confianza de ese calibre en el administrador, y este lo defraudó. Si bien el hombre rico confiaba explícitamente en el administrador y por tanto no se dio cuenta de que este se estaba aprovechando de él, unas personas de la comunidad lo pusieron en conocimiento de lo que hacía el gerente.

Cuando el propietario lo emplaza, el administrador no dice nada. No se defiende. No pregunta quiénes lo han acusado. No niega nada. Su silencio se interpreta como una admisión de culpabilidad.

El dueño lo despide en el acto y le pide que le entregue los libros de contabilidad. A partir de ese momento el hombre deja de ser administrador y de tener autoridad para hacer negocios en nombre del propietario. En los dos versículos siguientes nos enteramos de los pensamientos que pasan por su mente al examinar sus posibilidades de empleo, mientras se dispone a juntar los libros de contabilidad.

Entonces el mayordomo dijo para sí: «¿Qué haré?, porque mi amo me va a quitar la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza». (Lucas 16:3)

Sus perspectivas no son nada buenas. A continuación oímos su siguiente razonamiento.

«Ya sé lo que haré para que, cuando se me quite la mayordomía, me reciban en sus casas». (Lucas 16:4)

Ser recibido en casa de alguien es una expresión: significa conseguir trabajo con otro hacendado. Tiene un plan que le permitirá conseguir posiblemente otro trabajo, aunque se sepa que actuó deshonestamente y lo despidieron.

Seguidamente pone su plan en acción.

Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Él dijo: «Cien barriles de aceite». Le dijo: «Toma tu cuenta, siéntate pronto y escribe cincuenta». Después dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?» Este contestó: «Cien medidas de trigo». Él le dijo: «Toma tu cuenta y escribe ochenta». (Lucas 16:5-7)

Ese hecho indica a los oyentes que en ese momento los únicos que saben del despido del administrador son el propio administrador y el amo. Por lo visto los criados del terrateniente todavía no lo saben, pues lo más probable es que el gerente haya mandado a algunos a llamar a los deudores del patrón. Si hubieran sabido que él ya no era el administrador no habrían seguido sus órdenes.

Los deudores tampoco lo saben. Si no, probablemente no habrían respondido a la convocatoria ni acudido a una reunión en privado con él.

No se trata de deudores pobres; son personas que tienen arrendadas grandes extensiones de tierra del hombre rico. Uno tiene arrendado un olivar; otro, un trigal. En aquel tiempo, la gente arrendaba tierras de labranza, huertos y vides para trabajarlos, y a cambio le entregaba al dueño una parte previamente acordada de la cosecha. De esa manera, sin necesidad de labrar él la tierra, recibía una parte de lo que esta producía. Uno de los arrendatarios había acordado que le daría al dueño cien barriles de aceite de oliva después de la cosecha; otro, cien sacos de trigo.

Un barril de aceite, de la palabra hebrea bath, equivalía a 39 litros aproximadamente; así que uno de los deudores se había comprometido a pagar 3.900 litros de aceite de oliva, que es lo que producían unos 150 olivos y que valía unos 1.000 denarios. Un denario equivalía al jornal de un obrero no calificado. Otro deudor se había comprometido a pagar al amo 27 toneladas de trigo después de la cosecha, que es lo que producía un campo de 40 hectáreas. El trigo que le debía valía unos 2.500 denarios.

El administrador injusto reduce en un 50% —500 denarios— la cantidad de aceite adeudada; y recorta en 20% —también 500 denarios— el trigo adeudado. A ambos les da instrucciones para que reescriban las facturas por 500 denarios menos que lo que debían en un principio, lo cual era una suma considerable. Después de estafar al dueño para enriquecerse él, malversa 1.000 denarios, solo que esta vez no lo hace para embolsarse él el dinero, sino para que esos hombres se formen una buena opinión de él y posiblemente le den trabajo cuando se enteren de que ha sido despedido.

Los deudores se marchan felices de que el terrateniente sea tan desprendido y además encantados con el administrador, que deben de pensar que fue quien convenció al dueño para que tuviera un gesto tan generoso.

En cierto modo el administrador ha puesto al propietario en un dilema. Una vez que este se                         entere de que el administrador ha alterado las cantidades que le deben, legalmente tiene                         derecho a no reconocer la cifra rebajada y a exigir que se le pague la cantidad original en                         el tiempo de la cosecha. El administrador ya no trabajaba para él y no tenía autoridad para                         hacer ese descuento. Por otra parte, si deja sin efecto las facturas enmendadas, toda esa                         buena impresión que acaba de causar a los arrendatarios se perderá. Y cuando los                         demás vecinos del pueblo se enteren —e indudablemente se enterarán—, también ellos                         dejarán de tener un buen concepto de él. El gerente vuelve a robar al propietario, pero es                         tan astuto que lo hace de una manera que es ventajosa para él mismo y que a la vez        beneficia al dueño.

La parábola termina con estas palabras:

Y alabó el amo al mayordomo malo por haber actuado sagazmente. (Lucas 16:8)

Aquí dice claramente que el administrador es malo, de modo que no se puede inferir que el amo lo elogie por ser bueno o justo o por estar arrepentido. El patrón lo aplaude por su astucia; en otras palabras, por su inteligencia y su habilidad en el trato con las personas.

Para captar la intención de esta parábola viene bien entender un poco la personalidad del hombre rico. Si bien algunos comentaristas de la Biblia consideran que en varios aspectos no manifestó una conducta ética, el texto contiene detalles que parecen indicar lo contrario. El primero es que alguien fue a decirle que el administrador lo estafaba. Eso podría dar a entender que el hombre rico no trataba abusivamente a los arrendadores: estos tuvieron la lealtad de avisarle para que pudiera evitar las estafas del administrador.

Otra indicación de la clase de persona que era fue la forma en que trató al administrador aprovechado. Tenía todo el derecho de denunciarlo y hasta de vender a su esposa e hijos como esclavos; pero se limitó a despedirlo.

Probablemente esta parábola hizo sonreír a los primeros que la oyeron, como les pasa hoy a muchos cuando ven una película o leen un libro sobre un ladrón que concibe un plan sumamente ingenioso, complejo y original. Pero también debieron de entender que el propietario era bueno y generoso. En vez de obligar al administrador a pagar por sus fechorías y sufrir el castigo que prescribía la ley, tuvo misericordia y lo salvó juntamente con su familia. Lo hizo por su generosidad, pagando bien cara la libertad del gerente.

Cuando termina la parábola propiamente dicha, Jesús dice algo más a modo de aplicación:

Porque los hijos de este siglo [mundo] son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz. Y Yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando estas falten, os reciban en las moradas eternas. (Lucas 16:8-9)

En esta declaración —por cierto, nada fácil de entender— Jesús compara a los hijos de este mundo con los hijos de la luz. Los hijos de este mundo son más astutos que los de la luz en su trato con otras personas de este mundo. Los hijos del mundo, como el administrador, saben desenvolverse sagazmente en el sistema imperante en el mundo. Saben hacer buenos negocios, ganar dinero, adquirir riqueza y tener éxito de acuerdo con los usos y principios del mundo. Se preparan para su futuro terrenal explotando la riqueza material del mundo. Jesús propone otra forma de proceder. Manda a los hijos de la luz que se rijan sagazmente por unos principios distintos, los del reino del Dios, fundados en Su naturaleza amorosa, clemente y generosa. Los hijos de la luz deben actuar como se hace en el reino, de acuerdo con la voluntad de Dios, tratando al prójimo con amor y generosidad a fin de hacerse ricos para con Dios y acumular tesoros en el Cielo.

A los creyentes se los exhorta a usar el dinero y la riqueza de este mundo —llamados «sucio mamón» en algunas traducciones y «riquezas mundanas» en otras— para ganarse amigos en este mundo. En otras palabras, se les manda que hagan buenas acciones con su dinero, que practiquen la generosidad, que compartan, que den a los necesitados, que ayuden a las personas que puedan. Llegará el día en que el dinero perderá todo valor e importancia, el día en que pasemos de esta vida a la otra. Si nos regimos por los principios del reino de Dios, cuando lleguemos al Cielo las personas a las que hayamos ayudado y que hayan muerto antes que nosotros nos recibirán en nuestras moradas eternas.

En esta parábola Jesús a vuelve a poner de manifiesto la naturaleza de Dios, que es misericordioso y generoso como el terrateniente. Señala que los creyentes, los discípulos, deberían aprender algo del administrador injusto. Si bien lo que este hizo estuvo claramente mal, al menos entendió la forma de ser del propietario y actuó en consecuencia. ¡Cuánto más nosotros, los creyentes, deberíamos ser conscientes del carácter amoroso y generoso de Dios y, en base a ese conocimiento, vivir con gran fe en Su amor, misericordia y generosidad! Y al mismo tiempo emular Sus atributos practicando la generosidad y el perdón.

Historias Del Viejo Testamento Para Niños

¡Actualizado!

Más de cuarenta historias del Antiguo Testamento para niños. Adaptado de la obra de Didier Martin; usado con permiso.

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Sentimiento, Fe y Verdad

Sentimiento, fe y verdad

Sentimiento, fe y verdad desfilaban por una muralla dificultosa.
Luego de una caída aparatosa, sentimiento se dio una costalada.
Igualmente la fe, desconcertada, se fue de bruces contra las baldosas.
Por andar muy vacilantes y dudosas muy mal les fue a esas dos infortunadas.
La verdad, sin embargo, siguió firme, impávida ante tales circunstancias.
A mí eso —dijo— no va a abatirme. Y haciendo caso omiso a la desgracia,
la verdad en un acto inverosímil, levantó a sus amigas con audacia.

La fe está anclada en la certeza de que Dios nos ama y se preocupa por nosotros, tal como está escrito en Su
Palabra. Poner nuestra confianza en Él nos ayuda a distinguir entre los temores infundados y los peligros reales. Él es nuestro guía en todos los altibajos de la vida.

Jesús, el Mesías: Coloreando su vida

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Tarjetas de La Vida de Jesús – Parte 8

Actividad devocional para niños, con una tarjeta/historia por día. 

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Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Jesús relató dos breves pero potentes parábolas, una detrás de la otra, sobre el tema del discipulado y la obligación de pensar detenidamente en lo que cuesta seguirlo a Él.

La primera parábola reza así:

¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que, después que haya puesto el cimiento, no pueda acabarla y todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar.» (Lucas 14:28-30)

El modo en que empieza la frase, ¿quién de vosotros?, es una pregunta retórica que da por hecho que la respuesta será nadie.

En la parábola que estamos repasando se entiende tácitamente que nadie en su sano juicio construiría un edificio sin calcular antes los gastos y determinar si posee el dinero suficiente para terminarlo.

A lo largo de la Escritura leemos sobre varias torres. Estas al parecer se construían con fines militares:

Voy a apostarme en mi puesto de guardia, voy a instalarme en mi atalaya. (Habacuc 2:1)

El día del Señor de los Ejércitos vendrá contra todo arrogante y altivo, y contra todo el que se ha enaltecido […] contra toda torre alta y contra todo muro fortificado. (Isaías 2:12-15)

Tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo. (Salmo 61:3)

Torre inexpugnable es el nombre del Señor; a ella corren los justos y se ponen a salvo. (Proverbios 18:10)

A veces las torres servían para usos agrícolas:

La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre y había hecho también en ella un lagar. (Isaías 5:2)

Entonces comenzó Jesús a decirles por parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; luego la arrendó a unos labradores y se fue lejos. (Marcos 12:1)

En el contexto de esta parábola, Jesús muy probablemente se refería a una torre para usos agrícolas. El hacendado tiene buenas intenciones. Edificar una torre le traerá beneficios. Amén de poder resguardar mejor sus cultivos y animales de la acción de ladrones y predadores, se ganará también el respeto de sus vecinos por mejorar su hacienda. Sin embargo, si el hombre es tan desatinado como para no calcular los gastos antes de emprender la construcción de la torre y deducir si tendrá suficientes recursos para terminarla, se lo considerará un insensato y hará el ridículo.

En la cultura de la época era muy importante sentirse honrado; en contraste, la deshonra debía evitarse a toda costa. Una planificación tan mal hecha como aquella tendría como consecuencia que todo el que viera la obra inconclusa se burlaría del hombre señalando su fracaso y su insensatez.

Cuando Jesús dijo que el hombre que no calculó lo que costaría construir su edificio sería objeto de escarnio, por deducción sabemos que perdería su prestigio, sería el hazmerreír del pueblo y haría el ridículo. Jesús espabiló a quienes estaba llamando a seguirle, incitándoles a considerar el compromiso que iban a contraer y lo que implicaría; es decir, a ponderar el costo del discipulado y tomar una decisión prudente y reflexiva para no faltar luego al compromiso contraído.

La parábola análoga a esta dice:

¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos le envía una embajada y le pide condiciones de paz. (Lucas 14:31-32)

Si bien esta segunda parábola expone el mismo argumento que la primera, la decisión del rey pone en riesgo la vida de miles de soldados, así como la suya propia. Es, pues, mucho más lo que está en juego. El hombre que no calcula los gastos que supondrá construir la torre arriesga pasar una vergüenza y quedar en ridículo; en cambio, el rey enfrenta la posibilidad de perder su vida, las de muchos soldados y su reino.

Aunque los riesgos que se corren son mucho mayores en el caso de la segunda parábola, el mismo argumento se pone de manifiesto. El rey debe evaluar la situación. No posee sino la mitad de efectivos militares que su adversario. Para ganar, sus tropas tendrán que ser mucho más diestras que los soldados que enfrentarán. Además tendrán que ser extraordinariamente valientes para enfrentar con confianza a un ejército el doble de grande. Encima el rey deberá analizar si las tropas rivales posiblemente tengan otro tipo de ventajas —familiaridad con el terreno y las condiciones del tiempo, mejores líneas de abastecimiento, una población civil más amigable, etc.— a fin de compensar por la desigualdad numérica. El rey deberá determinar si existen las condiciones para que sus soldados se alcen con la victoria y si vale la pena disputar la batalla.

El rey tendrá que sentarse primero a considerar antes de tomar semejante decisión. El vocablo griego que en esta versión de la Biblia aparece traducido con el verbo considerar, en otras versiones figura como deliberar, calcular, consultar o sentarse con sus consejeros para evaluar. Un líder astuto meditaría él mismo el asunto y escucharía el consejo de otros. Si resulta evidente que el riesgo es demasiado alto y las posibilidades de sufrir una derrota, grandes, lo más sensato sería frenar la escalada bélica mientras el ejército con superioridad de fuerzas está todavía a gran distancia. En ese caso el rey enviaría una delegación al ejército más aventajado para pedirle condiciones de paz.

La primera parábola expresa claramente que quien esté pensando en hacerse discípulo de Cristo debe calcular el costo que ello tendrá, a fin de determinar si posee las condiciones necesarias para ser discípulo. La segunda parábola nos aconseja evaluar las posibilidades de triunfo que tenemos antes de tomar una decisión tan trascendente como comprometernos al discipulado. Las dos parábolas estimulan a la persona que está estudiando la posibilidad de ser discípulo a que juzgue su situación. Así, cuando tome la determinación de seguir a Jesús, lo hará reflexivamente.

Cuando leemos el pasaje en que Jesús llama a Sus primeros discípulos, nos causa impresión que lo dejaran todo para seguirle:

Mientras caminaba junto al mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro Andrés. Estaban echando la red al lago, pues eran pescadores. «Vengan, síganme —les dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres». Al instante dejaron las redes y lo siguieron. Más adelante vio a otros dos hermanos: Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca remendando las redes. Jesús los llamó, y dejaron en seguida la barca y a su padre, y lo siguieron. (Mateo 4:18-22)

Aunque lo siguieron al instante apenas los llamó, ese llamado no fue necesariamente el primer encuentro que tuvieron con Él. En el Evangelio de Juan leemos que Andrés, hermano de Simón Pedro, conoció a Jesús y pasó el día con Él. A la mañana siguiente halló a su hermano Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías». (Juan 1:38-42) No hay indicios de que Pedro y Andrés hubieran seguido a Jesús en ese momento. En Lucas leemos que Jesús enseñaba en la ribera del lago Genesaret cuando observó dos barcas cerca de la orilla y a los pescadores en la playa limpiando sus redes. Jesús abordó una de las barcas, que pertenecía a Simón (Pedro). Al terminar su plática, le dijo a Simón que bogara hasta donde el agua fuera más profunda y echará allí la red. Cuando este lo hizo, encerraron una gran cantidad de peces en la red y llamaron a Andrés y Juan, sus compañeros, para que subieran a la barca y los ayudaran. Es en ese momento en que se nos dice que Pedro lo dejó todo y siguió a Jesús. (Lucas 5:1-11)

En otros pasajes del Evangelio vemos ejemplos de cómo Jesús advertía a quienes querían seguirlo, señalando los gastos que implica ser discípulo:

Se le acercó un escriba y le dijo: —Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.

Jesús le dijo: —Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza.

Otro de Sus discípulos le dijo: —Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre.

Jesús le dijo: —Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo 8:19-22)

Jesús no pretendía que las masas le siguieran. Buscaba a quienes lo siguieran, no por la aceptación que gozaba entre la gente, por dar de comer a los hambrientos u obrar milagros, sino porque creían profundamente en quién era Él. Les alertó explicándoles que debían afrontar las posibles consecuencias de ser discípulos, pensar en las exigencias que representaría y asegurarse de que entendieran lo que implicaba. Entonces, una vez que se habían percatado de todos los apremios, dificultades y sacrificios que requería, los invitó a tomar la decisión bien fundamentada de seguirlo. No pretendía disuadirlos de optar por el discipulado; más bien los alentaba a considerar detenidamente lo que significaba.

Decidir seguir a Jesús es optar por reestructurar nuestra vida en conjunción con Sus enseñanzas. Significa alterar nuestro modo de pensar, priorizar las cosas en las que invertimos tiempo, energía y dinero. Cambiar nuestras relaciones y modo de interactuar con los demás, teniendo en cuenta que se nos llama a ser menos egocéntricos. Es un llamado a reordenar radicalmente nuestra vida, hasta el punto en que estemos dispuestos a morir por Él si fuese necesario. Es un compromiso para toda la vida, el cual no debemos tomar con ligereza. Así como Jesús lo ilustró en estas parábolas, todo el que se apresta a tomar la decisión de ser Su discípulo debe examinar seriamente lo que ello supone, evaluar las posibles consecuencias que tendrá en su vida y en la vida de sus seres queridos, reconocer las pruebas que acarrea y, entonces, si se siente capaz de ello, tomar de todo corazón la decisión de seguirle.

Las parábolas de Jesús para niños – libro para colorear

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Parábolas de Jesús para niños mayores: La Gran Cena

La Gran Cena

El escenario en que Jesús relató la parábola de la gran cena fue una comida sabatina de la que disfrutaba en la casa de un destacado fariseo. Durante la misma, Jesús dio algunas pautas sobre las invitaciones a los banquetes, recalcando que no se deben limitar los convidados exclusivamente a quienes puedan devolver el favor invitando luego al anfitrión a una comida. Expresó:

Cuando hagas banquete, llama a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos; y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos (Lucas 14:13-14)

Al oír esto, uno de los que estaban a la mesa respondió:

¡Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios! (Lucas 14:15)

Con esa exclamación la persona sentada en la mesa abrió la puerta para que Jesús emitiera Su opinión sobre el popularmente conocido banquete mesiánico, la interpretación judaica de lo que ocurriría al cabo de los tiempos.

El libro de Isaías se refiere a ese banquete o cena:

En este monte el Señor de los ejércitos ofrecerá un banquete a todos los pueblos. Habrá los manjares más suculentos y los vinos más refinados. En este monte rasgará el velo con que se cubren todos los pueblos, el velo que envuelve a todas las naciones. Dios el Señor destruirá a la muerte para siempre, enjugará de todos los rostros toda lágrima, y borrará de toda la tierra la afrenta de Su pueblo. El Señor lo ha dicho. (Isaías 25:6-8)

Si bien este pasaje aduce que todos los pueblos estarán presentes en el banquete y que se enjugarán las lágrimas de todos, en la época de Jesús era una concepción común entre el pueblo judío que dichos versículos excluían a los gentiles (no judíos). Jesús, no obstante, tenia una concepción distinta acerca de quién se sentaría a la mesa mesiánica. En lugar de responder como se habría esperado con algún comentario sobre guardar la ley mosaica o declarando que quienes cumpliesen la ley se sentarían en el banquete con el Mesías, Jesús les refirió una parábola.

«Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. A la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: “Venid, que ya todo está preparado.” Pero todos a una comenzaron a excusarse.

»El primero dijo: “He comprado una hacienda y necesito ir a verla. Te ruego que me excuses.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego que me excuses.” Y otro dijo: “Acabo de casarme y por tanto no puedo ir.” (Lucas 14:16-20)

En esos días, cuando alguien ofrecía un banquete, se hacía una invitación inicial informando a los invitados de la fecha del evento. Al momento de ese primer anuncio los invitados expresaban si acudirían o no, y en caso de que accedieran a asistir, contraían un compromiso.
Todos los que escuchaban el relato entendieron que la negativa a asistir había sido un insulto deliberado hacia el anfitrión, el cual había sido humillado públicamente a los ojos de su pueblo. Las excusas ofrecidas por no honrar su compromiso fueron flojas e inaceptables.

La excusa del primer convidado fue: He comprado una hacienda y necesito ir a verla. Los oyentes del relato sabían que era una mentira descarada. Comprar una hacienda a ciegas era algo insólito.

Otro de los convidados presenta la excusa de que he comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Ese también era un pretexto muy pobre. Antes de adquirir bueyes, el comprador iba al terreno del vendedor, uncía los bueyes y araba un poco la tierra. Tenía que probar su fuerza y ver si ararían juntos; de lo contrario no los compraría.

El tercer convidado alega que acaba de tomar a una mujer por esposa y que no puede asistir. Le dice a su anfitrión que a pesar de que la cena tendrá lugar muy avanzada la tarde, de que no se ausentará sino unas horas de su casa y esa noche estará de nuevo en los brazos de su nueva esposa, no asistirá debido a que otras actividades tienen prioridad para él. Ni siquiera se toma la molestia de excusarse; simplemente manifiesta que no puede ir. Eso es sumamente maleducado y ofensivo.

La primera parte de la parábola nos dice que muchos fueron invitados a la cena, pero que todos a una comenzaron a excusarse. Los tres que rehusaron asistir al banquete son prototipos. Los oyentes que estaban ahí en ese momento habrían entendido que otros que en un principio se habían comprometido a asistir también habían inventado excusas para no hacerlo.

Cuando el dueño de casa advierte que la intención de los convidados es avergonzarlo y humillarlo, se enoja con toda razón. En esas circunstancias puede responder con insultos verbales o inclusive amenazar con tomar alguna medida punitiva para sancionar a los que lo han deshonrado en público. No obstante, pese a la rabia que siente, responde con gracia en lugar de venganza.

»El siervo regresó e hizo saber estas cosas a su señor. Entonces, enojado el padre de familia, dijo a su siervo: “Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos.”

»Dijo el siervo: “Señor, se ha hecho como mandaste y aún hay lugar.”

Dijo el señor al siervo: “Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa, pues os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena.”» (Lucas 14:22-24)

El anfitrión resuelve invitar a los que jamás podrían corresponderle: los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. Al articular así la parábola, Jesús alude a los marginados dentro del pueblo de Israel, la gente común que gustosamente recibía Su mensaje.

Habiendo hecho eso, le dice al anfitrión que el banquete aún no está copado. Este la da entonces instrucciones para que trascienda los linderos de la ciudad y busque afuerinos, gente que no forme parte de la población, y los haga acudir a la fiesta.

La idea de hacerlos venir no significa que los fuerce a asistir. Por los usos y costumbres de la época, esa gente de afuera estaba obligada a no aceptar una invitación inesperada, particularmente si era de condición social más baja que el anfitrión. No eran parientes ni vecinos siquiera del convidador, sino afuerinos que de ninguna manera podían corresponderle la invitación. De ahí que según las normas de la sociedad debían declinar. Consciente de eso, el siervo debía tomar del brazo a cada uno y con suavidad llevarlos hasta la casa a fin de demostrar que la invitación era de verdad.

La última frase de la parábola, os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena, quizás estaba dirigida a los fariseos que cenaban con Jesús, y no era parte de la parábola. Está formulada en plural. En la parte anterior de la parábola, el dueño de casa hablaba con el siervo. De manera que si esta última línea era un fragmento de la parábola dirigida al siervo habría estado en singular y no en plural. Por tanto muchos comentaristas coinciden en que Jesús dirigió esta última línea a los comensales que lo acompañaban.

La pregunta planteada en la parábola es: ¿quién estará presente en el banquete? La respuesta de Jesús los tomó por sorpresa. La creencia judía convencional era que todo nacido de madre judía asistiría automáticamente al «banquete mesiánico» por el simple derecho de ser judío. Jesús manifestaba en cambio que quienes presuponían que estarían presentes en el banquete del fin de los tiempos bien podrían no estarlo. En realidad la asistencia al banquete está determinada por el modo en que uno responde a la invitación divina.

Jesús enseñó este concepto a lo largo de los Evangelios. Dijo:

Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera. (Mateo 8:11-12)

Muchos a lo largo y ancho del mundo dan por sentado que asistirán al banquete pensando que sus creencias son las indicadas, que pertenecen al grupo correcto, que hacen obras de caridad, que gozan de buena reputación, etc. Así y todo, las enseñanzas de Jesús en esta parábola y otros pasajes indican que los que dan por hecho que estarán allí no necesariamente serán incluidos, y muchos que no pensaban que estarían, sí estarán. No asistimos a la cena según nuestras propias condiciones. La invitación es para todos, incluidos los marginados de la sociedad y aquellos con los que tal vez no nos sentimos cómodos.

El mensaje del reino es la gracia. No hay nada que pueda hacer una persona para merecerse la invitación a la cena. Simplemente somos invitados y no hay otro requisito que aceptar. Es por gracia que somos salvos. Sin embargo, cada cual debe decidir si aceptará la gracia y si vendrá o no a la fiesta.

El Último Día

El Último Día

Jesús sabía que Su tiempo en la Tierra estaba llegando a su fin. Su misión aquí estaba a punto de culminar y sabía que pronto lo traicionarían y ejecutarían. ¿Cómo vivió entonces Sus últimas 24 horas?

Manifestó humildad. Jesús pasó tiempo con Sus discípulos y cenó con ellos. Para empezar, les dio la bienvenida lavando los pies de cada uno. El lavado de pies era un oficio reservado para los sirvientes más viles. En aquella época la gente andaba en sandalias por caminos polvorientos y embarrados. Como consecuencia la mayoría tenía los pies muy sucios. Jesús, en cambio, demostró gran amor y humildad a cada uno de Sus discípulos al rebajarse a lavarles los pies. Se hizo a Sí mismo un siervo (Juan 13:5).

Fue sumiso y obediente. Enfrentó un panorama de tortura y muerte. Fue tan duro lo que sufrió y oró con tanta angustia que sudó sangre. Con todo y con eso, confió en el juicio de Su Padre y afirmó: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:41-44).

Amó de manera incondicional. Lo traicionaron, pero no respondió con agresividad. Fue maltratado, pero no perdió la compostura. Sus amigos más cercanos le dieron la espalda, pero no reaccionó con ira. Lo humillaron y lo acusaron erróneamente; así y todo puso freno a su boca (Lucas 22:45-71).

Fue franco y directo. Cuando se presentó ante Sus jueces —primero el Sanedrín y luego Pilato—, ellos le preguntaron sin miramientos: «¿Eres tú el Hijo de Dios?» Pudo ahorrarse muchísimo dolor y angustia eludiendo sin más la verdad. Pero se mantuvo fiel a ella, costase lo que costase (Lucas 22:66-71; Lucas 23:1-3).

Perdonó. Luego que lo azotaran, lo escarnecieran, le escupieran, lo arrastraran por las calles y lo clavaran a una cruz, dijo: «Padre, perdónalos». Pudo haber hecho caer fuego y rayos sobre Sus torturadores y maldecirlos por lacerar al Hijo de Dios. En cambio, los perdonó aun cuando se burlaban de Él y lo insultaban (Lucas 23:34).

Actuó con desinterés. Pese al tormento de estar colgado en la cruz, se tomó el tiempo para asegurarse de que alguien cuidara de Su madre. Prestó atención al ladrón que moría a Su lado y lo reconfortó asegurándole un destino feliz. En vez de pensar en Sí mismo y Su sufrimiento, se preocupó del bienestar ajeno (Lucas 23:39-43; Juan 19:25-27).

Jesús vivió Su último día como había vivido toda Su vida. Ese día, al igual que todos los demás, encontró oportunidades de amar, dar, perdonar y manifestar el amor de Su Padre a otras personas.

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