Los Arbolistas

Desde hace 30 años Jadav Payeng planta árboles en su terruño de Assam en la India. Producto de la deforestación, la cuenca del río Brahmaputra se inunda cada año causando enormes daños a las cosechas y los hogares de la zona, lo que repercute duramente en la economía. Jadav decidió transformar esa isla desierta plantando árboles. Hoy la zona es una selva de 550 hectáreas, más amplia que el Central Park de Nueva York.

Esos árboles han traído incontables beneficios a la región. Se reestimuló la agricultura, en el lugar ya no se producen inundaciones, y la fauna, constituida por rinocerontes, elefantes y tigres, se ha instalado allí. Jadav además se proyecta para el futuro: quiere que la ciencia medioambiental se incorpore al programa de estudios de todos los colegios y que cada estudiante plante un árbol y lo cuide.

Eso no quiere decir que haya sido fácil para él. En todos estos años Jadav ha tenido que ahuyentar a cazadores furtivos y leñadores ávidos de lucro y enfrentar a políticos corruptos. Así y todo dice:

—No sé exactamente qué saco de esto, pero soy feliz plantando árboles. Seguiré haciéndolo hasta que me muera.

Otra visionaria que luchó por cambiar el mundo fue Wangari Maathai de Kenia, galardonada con el Premio Nobel de la Paz por su labor de restauración ambiental y desarrollo comunitario.

De jovencita Wangari asistió a una escuela misionera donde participó activamente en el club de la Legión de María que realizaba programas agrícolas en la zona y cuyo lema era: «Sirve a Dios sirviendo a tus semejantes». Con poco más de 20 años de edad obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Pittsburg, EE.UU., donde tomó contacto con activistas que luchaban por depurar la ciudad de la contaminación ambiental, empresa que tuvo un efecto palpable. En aquella época yo era un joven que vivía en Pittsburgh y fui testigo de la notable mejora en la calidad del aire.

A su regreso a Kenia, Wangari trabajó arduamente para mejorar las condiciones de vida de las mujeres. Fundó el movimiento Green Belt con la finalidad de dar a las mujeres la posibilidad de ser autosuficientes cultivando árboles jóvenes a partir de semillas nativas. La belleza de su obra estriba en su sencillez. En su libro Unbowed (Con la cabeza bien alta) expresa:

—Como le dije a los silvicultores y a las mujeres, no necesitas un diploma para plantar un árbol.

Su movimiento Green Belt cobró vigor con la cooperación de organismos como la sociedad de ingeniería forestal de Noruega. Con los años representantes de más de 15 países fueron a ver y aprender cómo podían ellos también poner en marcha programas similares en sus propios territorios para combatir la desertificación, la deforestación, la sequía y el hambre.

Millones de árboles se han cultivado gracias a este emprendimiento, que a su vez ha dado origen a muchas otras iniciativas, como la campaña de la ONU Plantemos para el planeta.

Pero ¿qué tiene que ver la reforestación con ustedes y yo? Naturalmente que la mayoría de nosotros rara vez plantamos un árbol; sin embargo, el tema no se reduce a eso. Se trata de hacer la parte que nos corresponde a cada uno para que el mundo sea un lugar más amable. Tal vez el primer paso sea determinar cuáles son los árboles que nos toca propagar a nosotros y proporcionarles luego los cuidados necesarios mientras crecen.

Quizá Jesús lo hubiera expresado así: «El reino de los cielos es como un hombre que sale a sembrar árboles en terreno árido y yermo, y les prodiga cuidados hasta que conforman un gran bosque que enriquece la tierra y produce abundante fruto».


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Tree Planters

Jadav Payeng has been planting trees in his corner of Assam, India, for the last 30 years. Because of a lack of trees, the Brahmaputra River Basin floods every year and causes extensive damage to crops, homes, and livelihoods. Jadav decided to transform this barren island by planting trees, and the area is now a jungle forest of over 1,360 acres—larger than New York’s Central Park.

These trees have greatly benefited the region. Farming has resumed, the flooding in that area has stopped, and wildlife such as rhinos, elephants, and tigers have made his forest their home. And he has a vision for the future—he wants to make environmental science a part of every school’s curriculum and have each student plant and care for a tree.

That’s not to say that it’s been easy for him. Over the years, he’s had to fend off greedy poachers, corrupt politicians, and loggers, but he says, “I don’t know exactly what I get out of this, but I feel happy when I plant trees. I will continue doing this until I die.”

Another world changer was Wangari Maathai, from Kenya, winner of the Nobel Peace Prize for her environmental restoration and community development work.

When Wangari was a teenager, she attended a mission school where she was an active member of the Legion of Mary club that did local agricultural projects and whose motto was “Serve God by serving fellow human beings.” In her early twenties, she won a scholarship to study at the University of Pittsburgh in the United States, where she met activists who were trying to rid the city of air pollution and saw that their efforts had a meaningful impact. I was growing up in Pittsburgh at the time, and I can testify to the marked change in the air quality.

Upon returning to Kenya, Wangari tried hard to improve the living conditions of women. She started the Green Belt Movement to help women become self-sufficient by growing saplings from native seeds. The beauty of her project is its simplicity. In her book Unbowed she says, “As I told the foresters, and the women, you don’t need a diploma to plant a tree.”

Her Green Belt Movement flourished through international cooperation with agencies such as the Norwegian Forestry Society, and over the years, representatives from over 15 countries came to see and learn how they too could implement similar projects in their own countries to fight desertification, deforestation, drought, and famine.

Now millions of trees have been grown through these efforts, and many other initiatives have sprung from this one, like the UN’s Billion Tree Campaign.

But what does reforestation have to do with you and me? Of course, most of us seldom plant trees, but there is more to it than that. It’s about doing our part to make the world a better place. The first step might be to find out what our “trees” are, and then nurture them while they grow.

Jesus might have put it something like this: “The kingdom of heaven is like a man who goes out to plant trees in a barren wasteland and nurtures them until they become a mighty forest that enriches the earth to bring forth much fruit.”



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Ejercicio espiritual: Manifestar aprecio

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A todos nos hace bien que nos valoren. A continuación, un ejercicio para que practiques el arte de manifestar aprecio.

Selecciona a tres personas con las que te relacionas a diario y empéñate en manifestar gratitud o aprecio a cada una de ellas al menos una vez al día. Piensa en cualidades suyas que realmente admiras y son dignas de elogio, y expresa tu sentir mediante palabras o hechos. Al final del día tómate unos momentos para evaluar cómo te fue. ¿Cumpliste? ¿Cómo reaccionaron?

Repite el ejercicio todos los días durante una semana, con las mismas personas o con otras. Procura no escoger solamente amigos que te caen muy bien o con los que mantienes una estrecha relación. Hasta la gente más difícil tiene sus buenas cualidades.

Las muestras de aprecio no solo levantan la moral a la persona a quien van dirigidas, sino que mejoran también tu propia perspectiva de la realidad, toda vez que te ayudan a ver más positivamente a quienes te rodean. Parece que por naturaleza somos más propensos a ver lo malo que lo bueno. Por lo general son cosas relativamente insignificantes las que echan a perder nuestras relaciones, idiosincrasias que nos irritan. Al esforzarnos por buscar en los demás atributos dignos de elogio y concentrarnos en lo bueno, trascendemos la naturaleza humana y nos volvemos más positivos.

Las muestras de aprecio son contagiosas. Puede que no notes nada distinto de la noche a la mañana, pero con el tiempo siempre provocan cambios notables.


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A Spiritual Exercise: Appreciation

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Everyone benefits from appreciation. Here’s an exercise to strengthen your appreciation skills.

Pick three people that you interact with daily, and make it a goal to show appreciation to each of them at least once today. Be on the lookout for things that you genuinely admire about them or can thank or commend them for, and say or do something that tells them so. Take a moment at the end of the day to reflect on how it went. Did you meet your goal? What effect did it have on the recipients?

Repeat the exercise every day for a week, targeting some of the same people and some new ones as the week progresses. Make an effort to not choose only those people you like most or feel closest to. Even the most difficult people to get along with have some good qualities.

Showing appreciation will not only give the recipient a lift, it will also improve your own outlook by helping you view those around you more positively. It seems to be human nature to notice the bad more easily than the good, and it’s often relatively minor things that sour our relations, such as idiosyncrasies that we find irritating. By making a conscious effort to look for things to appreciate in others, focusing on the good will override human nature and make you a more positive person.

Appreciation is contagious. It may not happen overnight, but in time it will nearly always bring about a remarkable change.


Art © TFI. Text adapted from Activated magazine.

La integridad de Jonatán

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El príncipe Jonatán, hijo del primer rey de Israel, es un magnífico modelo bíblico de decencia e integridad. Consideremos lo siguiente: estaba destinado a suceder en el trono a su padre, Saúl; sin embargo, el profeta Samuel ungió rey al joven David.

De haber estado yo en la posición de Jonatán, creo que habría sucumbido de una de estas dos maneras: me habría consumido la envidia y me habría sentido víctima de una gran injusticia; o a partir de entonces me habría desentendido de los asuntos del reino.

En cambio, ¿qué hizo Jonatán? Mientras mantuvo su cargo honorífico fue el mejor príncipe que podía ser, hasta el puro fin, cuando murió peleando en una batalla condenada al fracaso. Aun cuando cumplía su rol de príncipe, honró y protegió a David en numerosas ocasiones.

No creo que él considerara llegar a dirigir los destinos de Israel como una oportunidad de satisfacer sus propios intereses. Por lo visto no le importaba quién fuera rey, siempre y cuando gobernara el país siguiendo los preceptos divinos. Respaldó de lleno al ungido de Dios simplemente porque era el ungido de Dios. Para eso hace falta integridad, la clase de integridad que viene del alma, porque se tiene plena confianza en la providencia divina.

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No tiene nada de malo aspirar a hacer bien nuestro trabajo y recibir reconocimiento por ello; sin embargo, si menospreciamos el lugar que nos ha tocado en la vida, abrigando la ilusión de ocupar un puesto que se podría considerar más destacado, podemos terminar descorazonados y descontentos. Sin duda hay muchos individuos que sobresalen en posiciones de gran influencia o resonancia; pero otros muchos ocupamos puestos considerados comunes y corrientes. No obstante, a todos se nos han otorgado valiosos dones ocultos que podemos cultivar en nuestras actuales circunstancias. Y cuando aceptamos nuestra situación y hacemos todo lo que se puede hacer en ella, muchas veces sucede que desarrollamos esas habilidades latentes u ocultas, que pueden servirnos para ayudar al prójimo. Eso a su vez nos ayuda a sentirnos satisfechos y realizados.

Ningún puesto o lugar es común y corriente si es el que Dios quiso que ocupáramos, justamente con la intención de que desarrolláramos nuestros dones particulares.


Art by Rene Pfitzner. Text courtesy of Activated magazine.

Prince Jonathan’s Integrity

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Prince Jonathan, the son of Israel’s first anointed king, is an amazing example in the Bible of honor and integrity. Think about it: he was logically expected to succeed his father, King Saul, as king—but the prophet Samuel anointed the boy David instead.

Now, if I were in Jonathan’s position, I think I would have succumbed in one of two ways. Either I would have become consumed with envy, feeling that I had been dealt an unjust hand. Or I would have not cared about the affairs of the kingdom from then on.

But what did Jonathan do? For as long as he remained a prince, he was the best prince that he could be, right up until the end when he died fighting a doomed battle.1 Even while he filled his role of prince, he also honored and protected the future king, David, on numerous occasions.

I don’t think Jonathan saw ruling Israel as a self-serving opportunity. He didn’t seem to care who was king, as long as they led the country in God’s ways. He put his full weight behind David, God’s anointed, simply because he was God’s anointed. That takes integrity—the kind of deep-seated integrity that comes from complete confidence in God’s providence.

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There’s nothing wrong with aspiring to be good at what we do and receiving recognition for it, but we can become disheartened and discontent if we belittle our own place in life and long for a seemingly more preeminent position. Certainly, there are many individuals who excel in positions of great usefulness or prominence. But many of us fill a place in life that would be considered more common and ordinary. Nevertheless, we are each given valuable hidden skills that can be developed in our current circumstances. And when we accept our situation and do all we can in it, we will often find ourselves developing those hidden or formerly dormant talents, which we can then use to help others. This in turn brings us contentment and fulfillment.

No place or position is really common or ordinary if it is the place and position God meant us to have, and where He meant for us to develop our unique skills.


Art by Rene Pfitzner. Text courtesy of Activated magazine.

Historias Del Viejo Testamento Para Niños

¡Actualizado!

Más de dos docenas historias del Antiguo Testamento para niños. Adaptado de la obra de Didier Martin; usado con permiso.

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