Ejercicio espiritual: «Amigo hay más unido que un hermano»

my prescense will go with you

«Amigo hay más unido que un hermano» (Proverbios 18:24) dice la Biblia. Ese amigo es Jesús, que además nos promete: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mateo 28:20) , y: «No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13:5)

Antes que comenzara el día, mientras dormías, Jesús ya estaba contigo, velando por ti. Llegó la mañana, y cuando aparecieron los primeros rayos de sol, Él seguía a tu lado. Cuando te pusiste a pensar en la jornada que tenías por delante, Él estaba esperando a que le pidieras ayuda para planificarla y llevar a efecto el plan. Camino del escuela, estaba también a tu lado. Cada vez que te topaste con una dificultad, quiso darte la solución, y se quedó aguardando a que se la pidieras. Cuando te enteraste de una buena noticia, compartió tu dicha. Cuando las cosas dieron un giro negativo, se apresuró a tranquilizarte. Mientras lees esto, Él permanece a tu lado.

Mañana, a lo largo de la jornada, recuerda que Jesús es tu compañero permanente. A medida que adquieras más conciencia de Su presencia, hallarás consuelo y cercanía con Él. Eso llenará esos espacios en blanco mejor que cualquier otra cosa o persona.

*

¿A dónde me iré de Tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de Tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás Tú; y si en el [abismo] hiciere mi estrado, he aquí, allí Tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará Tu mano, y me asirá Tu diestra. Si dijere: «Ciertamente las tinieblas me encubrirán»; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de Ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. Salmo 139:7-12

*

Si nunca has sentido la amorosa presencia de Jesús, invítalo a formar parte de tu vida y acéptalo como tu Salvador. No tienes más que hacer la siguiente oración:

Jesús, deseo conocerte y sentir Tu amor. Te ruego que entres en mi corazón, me perdones mis faltas, me des vida eterna y me ayudes a cultivar una relación personal contigo. Amén.


Adaptado de la revista Conéctate. Usado con permiso. Imagen © TFI.

Sin respetar las convenciones

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Elsa Sichrovsky

Siempre que evoco mi inolvidable primer semestre en la universidad se me dibuja la imagen de un muchacho desgarbado de un metro noventa con cabello negro largo. Steve era un estudiante de último año de mi facultad, y nos conocimos en un curso de educación general. Se ganó mi admiración al sentarse a mi lado en primera fila, lugar que la mayoría evita. Aunque apenas lo reconocí —solamente lo había visto algunas veces en la oficina de la facultad—, me saludó con un ademán.

Antes de la siguiente clase tenía dos horas libres, así que me fui a la sala de lectura a prepararme para la lección sobre la Odisea. Descubrí sorprendida que Steve ya estaba allí sentado, sorbiendo un café e inmerso en El mercader de Venecia. Al parecer, también él debía esperar un par de horas para su siguiente clase. Me senté frente a él y saqué mi libro de texto. Mi excesiva timidez me impedía pronunciar palabra. Además, ya había aprendido que era mejor no cruzar la línea divisoria entre los nuevos y los que estaban a punto de graduarse. Daba la impresión de que Steve quería decir algo, pero no se animó; de ahí que las dos horas siguientes reinara un silencio algo incómodo, aunque casi cordial.

Durante varias semanas, todos los martes los dos nos sentábamos frente a frente a estudiar en silencio. Su amigable presencia aliviaba la soledad de aquellas horas interminables de memorización y análisis a las que se ve sometido todo estudiante universitario. Su constancia, concentración y aplicación fueron un excelente ejemplo para mí, que a veces me dejaba llevar por las distracciones y emociones del complejo mundo universitario. Reza el proverbio: «Como el hierro se afila con hierro, así un amigo se afila con su amigo»1.

Por fin, un día de mucho calor le dio por encender el ventilador de la sala de lectura. Caballero como era, me pidió permiso. En la conversación que entablamos descubrimos que a ambos nos encantaba Shakespeare, la lingüística y la Sra. Lee, la profesora más querida de nuestra facultad. Me pasó complacido información de mucho valor sobre las materias de primer año que yo cursaba y me recomendó otras que consideraba interesantes.

Durante el resto del semestre nuestros ratos de estudio de los martes se vieron salpicados por conversaciones triviales y hasta chistes. Nos saludábamos al cruzarnos en los pasillos, y en el semestre siguiente tomamos una asignatura electiva juntos. Steve no tenía mucho que ganar conversando conmigo. Sin embargo, me di cuenta de que, ademas de entender que ambos teníamos la misma pasión por aprender, él también se compadecía de mí, una novata desorientada —como lo había sido él en su momento—, y no dejó que los convencionalismos sociales le impidieran relacionarse conmigo.

Cuando pasé a segundo año, él se graduó y perdimos la comunicación. No obstante, siempre le estaré agradecida por lo que me enseñó con su ejemplo: cuando las normas sociales chocan con la amabilidad, esta debe tener la última palabra. Una norma social que fomente la exclusión —como esa división entre los alumnos de primer año y los de último año que había en mi facultad— debe descartarse con el fin de cumplir nuestro deber de amar a las personas con las que entramos en contacto. Es más, aquellos tranquilos martes demuestran que una buena amistad no necesariamente se construye sobre la base de actividades gregarias o el encanto superficial. Solo hace falta respeto mutuo combinado con intereses en común, más lo que recomendó uno de los apóstoles: «Sobre todo, vístanse de amor, lo cual nos une a todos en perfecta armonía»2.

1 Proverbios 27:17 (NTV)
2 Colosenses 3:14 (NTV)


Text from Activated magazine. Image designed by Brgfx/Freepik and Katemangostar/Freepik.

 

The Bond of Kindness

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By Elsa Sichrovsky

When I think back on my unforgettable freshman semester in college, an image of a six-foot-five, lanky fellow with longish black hair comes to mind. Steve was a senior in my department, but we first met in a General Education course. He won my admiration by joining me in the front row, the spot avoided by most students. Although I barely recognized him, having only seen him a few times in the department office, he acknowledged me with a nod.

I had a two-hour gap before my next class, so I headed to the nearby reading room to prepare for my upcoming quiz on the Odyssey. To my surprise, Steve was already there, settled down with a coffee and poring over The Merchant of Venice. Apparently he had the same two-hour gap. I sat down opposite him and took out my textbook, too shy to say anything, having already learned not to cross the divide between seniors and freshmen. Steve sometimes looked like he wanted to say something, but didn’t, so a slightly awkward, but almost friendly, silence reigned for the next two hours.

For several weeks, every Tuesday the two of us would sit opposite each other, studying in silence. Still, his companionable human presence eased the lonely hours of relentless memorizing and analyzing every college student is subjected to. His consistently focused academic performance was an excellent example to me as I struggled with the distractions and excitements of the great and complex world of academia. As the proverb goes, “As iron sharpens iron, so a friend sharpens a friend.”Finally, one hot day he wanted to turn on the electric fan in the reading room, and, being a gentleman, he first asked for my consent. In the conversation that followed, we discovered a shared love of Shakespeare, linguistics, and Mrs. Lee, the most popular professor in our department. He was glad to share helpful information on the freshman courses I was taking and recommended some interesting courses.

For the rest of the semester, our Tuesday study time was punctuated with light conversation and even jokes. We greeted each other in the hallways and took an elective together in the next semester. Steve had little to gain by chatting with me, but I realized that he not only saw our shared passion for learning, but also had compassion on me as a clueless freshman he once had been, and he didn’t let social convention keep him from reaching out.

In my sophomore year, he graduated and we lost contact. However, I will always be grateful to Steve for what he taught me through his example: when social norms conflict with kindness, let kindness have the final say. A social norm that promotes exclusion, like the division between seniors and freshmen in my college, must be discarded in order to fulfill our responsibility to love those with whom we come in contact. Furthermore, those quiet Tuesdays showed that a good friendship is not necessarily built on gregariousness or outward charm. All that a good friendship requires is mutual respect, combined with shared interests, and what an apostle recommended: “Above all, clothe yourselves with love, which binds us all together in perfect harmony.”2

1. Proverbs 27:17 NLT
2. Colossians 3:14 NLT


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