What’s Your Source?

Have you ever put a stalk of celery in colored water? What happens is that the celery starts to change color as the water is soaked up through the stem. It takes a couple of days to see the change, but soon the celery stalk will take on the color of the water it’s in. Celery also very quickly absorbs any poisons and pesticides in the air or in the soil.

Our spirits work in this way, too. The source of our nourishment or input, and whatever we expose ourselves to, will influence us, for better or worse. We’re constantly flooded with input—through the Internet, movies, music, books, and of course, through people we interact with. However, how those things influence us isn’t always as obvious as the effect of water on celery.

Some things seem harmless, or even good, but they can end up having a negative effect. Other things may be perfectly enjoyable and be harmless—they may even feed our mind and increase our skill and knowledge. But they may still not feed our spirit the sustenance that it needs in order to thrive.

That’s why Jesus tells us to abide in Him, to make Him our source. He offers us the water of life—the only water that will never leave our spirit thirsty. Psalm 1:3 says that those who delight in God’s way and His Word “are like trees planted along the riverbank, bearing fruit each season. Their leaves never wither, and they prosper in all they do.” 

Let’s plant our roots firmly by the rivers of living water!


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Parábolas de Jesús – El Rey y Los Administradores

Tanto el Evangelio de Mateo como el de Lucas cuentan la historia de un hombre adinerado que, en preparación para una larga ausencia, entregó a sus servidores ciertas sumas de dinero que administrar en su nombre

Prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. (Lucas 19:11)

Jesús se dirigía a Jerusalén para celebrar allá la Pascua y se encontraba en Jericó, a tan solo 29 kilómetros. El pueblo judío tenía la esperanza de que el Mesías —una persona del linaje del rey David, el cual había gobernado mil años antes— fuera coronado rey en Jerusalén. Se creía que el Mesías restauraría la majestad del reino de David y libraría a Israel de opresores extranjeros. Cuando Jesús llegó a Jerusalén, se juntó delante y detrás de Él una muchedumbre que gritaba: «¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!» Todos esperaban que el fin del dominio de los odiados romanos —y el establecimiento del reino de Israel con el Mesías como rey— estuviera a la vuelta de la esquina. Si bien Jesús había anunciado a Sus discípulos que en Jerusalén lo matarían, ellos no lo entendieron, pues tenían las típicas expectativas judías en cuanto al Mesías.

Dijo, pues: «Un hombre noble se fue a un país lejano para recibir un reino y volver. Llamó antes a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: “Negociad entre tanto que regreso”. Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron tras él una embajada, diciendo: “No queremos que este reine sobre nosotros”».(Lucas 19:12-14)

Es posible que en esta parábola Jesús estuviera aludiendo a un episodio reciente de la historia judía. Los dirigentes de los países vasallos de Roma tenían que solicitar al emperador romano permiso para gobernar. Herodes el Grande, que era rey en Israel cuando nació Jesús, fue a Roma en el año 40 a. C. para pedirle al emperador Augusto que lo nombrara rey. Al morir él, dejó Samaria, Idumea y Judea a su hijo Arquelao, que en el año 4 a. C. fue a Roma para que lo confirmaran en su cargo. Como la gente sabía que Arquelao era un dirigente duro, una delegación compuesta por 50 judíos prominentes viajó a Roma para pedirle al emperador que no permitiera que Arquelao reinara. Aun así, el emperador le entregó esa región, pero no lo nombró rey, sino que le dio el título de etnarca, sobreentendiéndose que si gobernaba bien se le conferiría el título de rey. Sin embargo, al cabo de diez años el emperador lo destituyó. La situación del noble de la parábola que se va a un país lejano para recibir un reino se entendería como similar a la de una persona que fuera a solicitar al emperador romano que lo nombrara rey de un país.

Antes de salir de viaje, el noble llama a diez servidores y le entrega a cada uno una mina. Una mina representaba el salario trimestral de un obrero, así que la suma que le entrega a cada uno equivale a la paga por cien días de trabajo. Si bien no se trata de una cantidad enorme, les da claras instrucciones de que empleen ese dinero para hacer negocios hasta que él regrese.

En el evangelio de Mateo, la parábola cuenta que a los servidores se les entregaron talentos: cinco a uno, dos a otro y uno al último. El talento era una unidad monetaria que valía entre 60 y 90 libras de plata u oro. Según el metal que se usara, un talento equivalía a 60 libras o minas, o sea, el salario que percibía un obrero por 6.000 días de trabajo, o aproximadamente lo que ganaba en veinte años. (El valor de la mina o del talento no afecta en absoluto el sentido de la parábola.)

El noble del Evangelio de Lucas espera regresar como rey, aunque la delegación confía en evitarlo. Entre la población del reino, es lógico que la incertidumbre de si llegará a ser rey o si la delegación conseguirá impedirlo dé lugar a una situación política algo inestable. Los servidores del noble que hagan negocios en su nombre o representación estarán revelando, en esencia, su alineamiento con él. Sin duda los enemigos del noble tomarán nota de los que le son leales, y si logran que otro sea nombrado rey, los amigos del noble podrían correr peligro. En una época de inestabilidad, mucha gente opta por no llamar la atención y enterrar su dinero y objetos de valor —en vez de arriesgarse a perderlos— hasta que la situación política se estabilice. No obstante, a los servidores del noble se les manda emplear las minas para hacer negocios.

Resulta que la delegación no logra su cometido, y cuando el noble vuelve a su país ha sido nombrado rey.

Aconteció que, al regresar él después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. Se presentó el primero, diciendo: «Señor, tu mina ha ganado diez minas». Él le dijo: «Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades». Llegó otro, diciendo: «Señor, tu mina ha producido cinco minas». También a este dijo: «Tú también sé sobre cinco ciudades». (Lucas 19:15-19)

Las parábolas son breves y dan un mínimo de detalles; de ahí que, aunque eran diez los servidores que recibieron minas, solo se nos habla del desempeño de tres. Por la forma de responder de los dos primeros, está claro que entendieron que la mina que se les entregó le pertenecía al rey, así como la ganancia que obtuvieron negociando. El primero anuncia: «Señor, tu mina ha ganado diez minas», y el segundo dice que la mina de su señor ha ganado cinco.

Al realizar negocios conforme a las instrucciones del rey, esos servidores demostraron su lealtad. Su forma de proceder no solo fue leal, sino que podría considerarse también valiente, pues a pesar de la inestable situación política y de las personas que detestaban al futuro rey, se encargaron de sus asuntos y lo hicieron bien.

A esos servidores buenos y fieles se los premia por su lealtad, obediencia y valor. Como recompensa, reciben autoridad y potestad sobre algunas de las ciudades del reino del nuevo rey: el primero, sobre diez; el segundo, sobre cinco.

En cambio, las acciones y la respuesta del tercer servidor son bien diferentes.

Se presentó otro, diciendo: «Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo, porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo que tomas lo que no pusiste y siegas lo que no sembraste» (Lucas 19:20-21)

En la versión de Mateo, el servidor desobediente entierra el dinero; según el derecho rabínico, esa era la forma más segura de proteger contra robos un objeto de valor. Si una persona a la que se confiaba un objeto de valor lo enterraba inmediatamente, quedaba libre de responsabilidad en caso de que el objeto fuera robado. En esta versión, el servidor envuelve el dinero en un paño tejido de aproximadamente un metro cuadrado. El derecho rabínico establecía que quien guardara dinero en una tela era responsable de reponerlo en caso de pérdida.

El tercer servidor era consciente de que él era responsable del dinero, y no lo invirtió por miedo a perderlo y sufrir un castigo a manos del rey. Esa forma de proceder fue una contravención de las instrucciones que había dado el rey, pues él les mandó negociar con las minas. La justificación del servidor para no seguir las instrucciones originales del rey fue que se sintió intimidado por el rey y por el buen ojo que este tenía para los negocios. Las inversiones del rey obtenían grandes ganancias, no como resultado de su propio esfuerzo, sino del trabajo de los demás. En vez de invertir el dinero, tuvo miedo, lo guardó, y no ganó nada.

La respuesta del rey no es nada agradable.

Entonces él le dijo: «Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo soy hombre severo que tomo lo que no puse y siego lo que no sembré. ¿Por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco para que, al volver, lo hubiera recibido con los intereses?» (Lucas 19:22-23)

El rey lo recrimina, usando las propias palabras del servidor en contra de él. Si eso era lo que pensaba del rey, debería haber sabido que este esperaría que la mina a su regreso hubiera producido alguna ganancia. Si el servidor temía perder el dinero en alguna inversión arriesgada, podría haber ganado un poco entregando los fondos a los que cambiaban dinero de una moneda a otra cobrando una comisión, o hacían préstamos con interés. Eso no habría requerido ningún trabajo por parte del servidor, y aunque no habría obtenido las ganancias de 1.000% del primero ni las de 500% del segundo, al menos habría conseguido algo. 

El rey juzga sumariamente al tercer servidor.

Y dijo a los que estaban presentes: «Quitadle la mina y dadla al que tiene las diez minas».

Ellos le dijeron: «Señor, tiene diez minas».

«Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».(Lucas 19:24-26)

Así que le quitan la mina a este servidor y se la dan al primero. Los que presencian la escena ponen objeciones; pero el rey replica que los que demuestren su fidelidad con lo que se les ha dado recibirán más, mientras que los que no sean fieles perderán lo que hayan recibido.

La parábola, entonces, pasa a hablar de los enemigos del rey.

«Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinara sobre ellos, traedlos acá y decapitadlos delante de mí».(Lucas 19:27)

En el lenguaje parabólico, se trata de una advertencia de castigo. No es necesariamente una representación realista del juicio venidero, pero sí una afirmación de que habrá un juicio.

Entonces, ¿qué enseña esta parábola?

Varias cosas; pero comencemos por las enseñanzas que habrían sacado los oyentes originales. Es probable que comprendieran que todo lo que tiene una persona le pertenece a Dios, que cada uno de nosotros administra lo que ha recibido —incluidas sus habilidades y cualidades— y que Dios espera que usemos todo eso de acuerdo con los mandamientos que Él da en las Escrituras.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo aprovecho los dones que Dios me ha dado en esta vida, sabiendo que tengo el deber de usarlos prudentemente? ¿Reconozco que todo lo que tengo le pertenece a Dios? ¿Lo aprovecho de acuerdo con las instrucciones que Él nos ha dado?

Algo más que pudieron entender los que estaban presentes cuando Jesús contó este relato es que Él les estaba indicando que esa expectativa de que Él, como rey judío o mesías terrenal, fuera a liberar enseguida a Israel de sus opresores romanos era errónea. Y 25 o 30 años más tarde, cuando se escribió el Evangelio de Lucas, los lectores debieron de entender que la parábola también se refería al período de tiempo entre la ascensión de Jesús y Su retorno prometido. Todos los Evangelios se escribieron décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, por lo cual los que los leemos disponemos de más datos para interpretar el hecho de que el rey se ausentara y luego regresara: comprendemos que aunque Jesús ahora se ha ido, volverá; y que Él abriga ciertas expectativas con relación a los dones y talentos que Dios nos ha concedido.

Las minas, que representan los dones de Dios, se nos entregan para probarnos. ¿Serán fieles con ellas los siervos de Dios? ¿Serán leales al rey que esperan y creen que volverá, a pesar de que muchos esperan y creen que nunca volverá? ¿Harán negocios en Su nombre? ¿O actuarán de forma temerosa? Si son fieles y leales, si siguen Sus mandamientos, serán premiados, como los servidores a los que se les confió el gobierno de diez o de cinco ciudades. Y si no somos fieles, aunque no perderemos nuestra salvación, dice la parábola que pagaremos las consecuencias de haber contravenido las órdenes del rey. Existen diversos grados de recompensas para los cristianos y que cada uno de nosotros comparecerá ante Cristo para rendir cuentas de su vida.

Si alguien edifica sobre este fundamento con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno y hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta, porque el día la pondrá al descubierto, pues por el fuego será revelada. La obra de cada uno, sea la que sea, el fuego la probará. Si permanece la obra de alguno que sobreedificó, él recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quema, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego. (1 Corintios 3:12–15)

Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. (2 Corintios 5:10)

Somos administradores de la vida que Dios nos ha concedido. Por amor y misericordia nos ha dado salvación a través de Su Hijo, que dio la vida por todos nosotros. Jesús, nuestro Rey, volverá un día para juzgar si hicimos lo que nos encargó. Vivamos todos a la manera de los servidores fieles que acataron las instrucciones del rey, para que a todos se nos diga: «¡Está bien, buen siervo!»

Movimiento y Sinfonía Bajo El Gran Director

Atravesamos el espacio a una velocidad sideral y ni siquiera nos damos cuenta porque estamos en constante movimiento, como en un avión.

La Tierra gira sobre su eje a 1.700 km/h en el ecuador. Además, en un año viajamos alrededor del sol a 107.000 km/h. ¡Y eso no es todo! La totalidad de nuestro sistema solar navega por nuestra galaxia —la Vía Láctea— a 828.000 km/h. Esta, a su vez, se desplaza junto con otras 400 galaxias vecinas a la vertiginosa velocidad de 2 millones de km/h hacia un lugar llamado el Gran Atractor, que a su vez gira en torno a una gran concentración de galaxias llamada el Supercúmulo de Shapley. ¡Alucinante!

Además de moverse todo muy de prisa en el espacio, suele ser bellísimo. Estamos aprendiendo mucho más sobre lo que hay allá fuera, por ejemplo, a través de las imágenes que han empezado a llegar del telescopio espacial James Webb, que son impresionantes. «Un grupo de astrónomos utilizó el telescopio espacial James Webb de la NASA para observar la galaxia Messier 82 (M82). Aunque está situada a 12 millones de años luz en la constelación de la Osa Mayor y es de envergadura relativamente compacta, esta galaxia alberga una frenética actividad de formación estelar. A título comparativo, de M82 brotan nuevas estrellas 10 veces más rápido que de la Vía Láctea».

¿No les parece asombroso cómo todos los elementos interactúan en perfecta armonía y sincronización en la inmensidad del espacio? La Biblia dice: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1). ¡Él está al mando y todos los cuerpos celestes siguen al director de orquesta en los movimientos de la sinfonía cósmica!

Sin embargo, Dios no solo se ocupa de los magníficos despliegues de Su poder, sino también de los pajarillos y de cada uno de nosotros. «¿Acaso no se venden dos pajaritos por una moneda? Con todo ni uno de ellos cae a tierra sin el consentimiento de su Padre. Pues aun los cabellos de ustedes están todos contados. Así que, no teman; más valen ustedes que muchos pajaritos» (Mateo 10:29–31).

Si Dios es tan diligente y cuidadoso, y atiende tanto lo macro como lo micro, ¿de qué debemos preocuparnos?

Movin’ and Groovin’ With the Conductor

We are hurtling through space at a fantastic speed and don’t even realize it because we’re in constant motion—like being in an airplane.

The earth rotates on its axis at 1,700 km/h at the equator. In a year, we also travel around the sun at 107,000 km/h. But wait, there’s more! Our whole solar system travels around our galaxy, the Milky Way, at 828,000 km/h, and our galaxy is traveling along with 400 other neighboring galaxies at an astounding speed of 2 million km/h toward a place called the Great Attractor, which is also moving towards a large concentration of galaxies called the Shapley Supercluster. Mindboggling!

Not only is everything in space moving so fast, but it is also often beautiful. We are beginning to learn a lot more about what’s out there, for example, through the astounding pictures that have begun coming back from the James Webb Space telescope, and they are awe-inspiring. “A team of astronomers has used NASA’s James Webb Space Telescope to survey the starburst galaxy Messier 82 (M82). Located 12 million light-years away in the constellation Ursa Major, this galaxy is relatively compact in size but hosts a frenzy of star formation activity. For comparison, M82 is sprouting new stars 10 times faster than the Milky Way galaxy.”

Isn’t it amazing how all things work together in such perfect harmony and synchronization in the vastness of space! The Bible says, “The heavens declare the glory of God, and the sky above proclaims his handiwork” (Psalm 19:1). He is in control and every celestial body is following the conductor in the movements of the cosmic symphony!

But God is not only concerned about magnificent displays of His power, He also cares about the little birds and about each one of us! “Are not two sparrows sold for a penny? And not one of them will fall to the ground apart from your Father. Fear not, therefore; you are of more value than many sparrows” (Matthew 10:29–31).

If God is so faithful and cares so much about the macro and the micro, why should we worry?

Parábolas de Jesús – Los Dos Constructores

Como parte del Sermón del Monte, Jesús cuenta a Sus discípulos una parábola cuyo propósito es mostrar claramente la importancia de aplicar lo que Él enseña.

A cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las pone en práctica, lo compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y golpearon contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca. Pero a cualquiera que me oye estas palabras y no las practica, lo compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. (Mateo 7:24-27)

En el Evangelio de Lucas, la misma parábola tiene algunos detalles distintos:

Todo aquel que viene a Mí y oye Mis palabras y las obedece, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que, al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover porque estaba fundada sobre la roca. Pero el que las oyó y no las obedeció, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó y fue grande la ruina de aquella casa.(Lucas 6:47-49)

Lucas, que escribió para cristianos gentiles, adaptó ligeramente la parábola para que la descripción les resultara más relevante, mientras que el texto de Mateo refleja las prácticas de construcción de la Palestina del siglo I.

El constructor prudente de Mateo se asegura de que su casa esté edificada sobre una firme base de roca; el hombre de Lucas se pone a cavar en la capa superior del suelo hasta llegar al lecho de roca, sobre el que pone los cimientos de la casa. Ambos vienen a decir lo mismo: que darle a la casa un cimiento firme la fortalece. El que oye las palabras de Jesús y las pone en práctica es como ese constructor.

El segundo constructor se ahorra la dura tarea de cavar hasta el lecho de roca y opta por una solución más sencilla: construye en la superficie sin un buen cimiento. Lucas dice que el segundo constructor edifica su casa sobre tierra, sin fundamento. Mateo viene a decir lo mismo al explicar que edifica su casa sobre la arena.

Una vez terminadas, ambas casas tienen más o menos el mismo aspecto; en condiciones normales, uno no notaría ninguna diferencia. Pero sí la hay, y ¡de qué manera! En Palestina, en el siglo I, la mayoría de las casas se construían en los meses de verano para no tener que trabajar al aire libre en la temporada de lluvias. Los veranos son calurosos, y cavar los cimientos en esa época del año era difícil. Pero esa dura labor era necesaria para edificar una casa firme.

La diferencia entre las dos casas   se advierte cuando llegan las  lluvias. En Israel, la temporada de precipitaciones va de mediados de octubre hasta marzo, y la mayor parte cae en enero. Cuando llueve mucho, con el agua procedente de las colinas y montañas se puede producir una escorrentía que se lleva todo por delante.

A esa situación se refiere Jesús al decir: «Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y golpearon contra aquella casa». Un aguacero acompañado de vientos y crecidas se abalanza sobre la casa construida sobre roca; pero esta    se mantiene firme. En cambio, la que no tiene cimientos se viene abajo. Ambas se ven expuestas a   la lluvia, el viento, la tormenta y la inundación; pero la única que no sufre daños es la que tiene buenos cimientos.

Lucas se centra en la inundación y en las aguas que se abalanzan sobre la casa y la derriban. Es posible que esa imagen encontrara más eco entre su público, que vivía fuera de Israel y debía de estar más acostumbrado a ríos que se desbordaban y causaban inundaciones. En cualquier caso, la casa sin cimientos se vino abajo.

Al contar esta parábola, Jesús presenta a Sus oyentes una elección: oír y no hacer caso, u oír y poner en práctica.

Nuestra fe —al igual que nuestro discipulado— debe ser firme y duradera, e ir creciendo y madurando. De la misma manera que cavar hasta el lecho de roca y construir cimientos era laborioso en la Palestina del siglo I, escuchar las enseñanzas de Jesús y aplicarlas a diario requiere gran esfuerzo. Es trabajoso vivir conforme a Sus enseñanzas, pero es necesario si esperamos volvernos fuertes y maduros en nuestra fe y aguantar las tormentas de la vida. Si nos comprometemos a escuchar y aplicar Sus enseñanzas y nos esforzamos en ese sentido, seremos como el constructor prudente cuya casa resistió.

Como escribió Santiago, hermano de Jesús:

«Sed hacedores de la palabra y no tan solamente oidores» (Santiago 1:22).

The Stories Jesus Told: The Two Builders

Within the Sermon on the Mount, Jesus told His disciples a parable designed to drive home the importance of doing what He taught.

Everyone then who hears these words of mine and does them will be like a wise man who built his house on the rock. And the rain fell, and the floods came, and the winds blew and beat on that house, but it did not fall, because it had been founded on the rock. And everyone who hears these words of mine and does not do them will be like a foolish man who built his house on the sand. And the rain fell, and the floods came, and the winds blew and beat against that house, and it fell, and great was the fall of it. (Matthew 7:24-27)

The account of this same parable in the Gospel of Luke has some differences in details:

Everyone who comes to me and hears my words and does them, I will show you what he is like: he is like a man building a house, who dug deep and laid the foundation on the rock. And when a flood arose, the stream broke against that house and could not shake it, because it had been well built. But the one who hears and does not do them is like a man who built a house on the ground without a foundation. When the stream broke against it, immediately it fell, and the ruin of that house was great. (Luke 6:47-49)

Luke, writing for Gentile Christians, slightly adapted the parable in a manner that would make the word picture more relevant to them, while Matthew’s text reflects first-century Palestinian building practices.

Matthew’s wise builder makes sure that his house is built on a solid base of rock, whereas the man in Luke digs through the topsoil until he reaches the bedrock below, building the foundation of the house on the rock. They both make the same point—that building on a strong foundation makes the house strong. The one who hears Jesus’ words and does them is like this builder.

The second builder avoids the hard work of digging down to bedrock and rather chooses the easier way, building on the surface without a solid foundation. Luke says the second builder constructed his house on the ground without a foundation. Matthew makes the same point by saying the house was built on the sand.

Upon completion, both of these houses would look pretty much the same, and under normal conditions, one couldn’t tell the difference. But what a difference there was! In first-century Palestine, most houses were built in the summer months in order to avoid working outdoors in the rainy season. The summers are hot, and digging a foundation during that time of year was difficult. But the hard work was necessary to build a house that would stand strong.

The difference between the two houses is seen when the rain comes. Israel’s wet season is from mid-October to March, with the majority of the rain falling in January. When there is heavy rain, it can produce runoff from the hills and mountains, which sweeps away anything in its path.

It is such a situation that Jesus refers to when He says, “the rain fell, and the floods came, and the winds blew and beat on that house.” A strong rain with wind and flooding assailed the house built on rock, but it stood firm. The house with no foundation collapsed. Both houses faced the rain, wind, storm, and flood; but only the one with the firm foundation stood unharmed.

Luke focuses on the flooding, and the waters assailing the house and causing it to fall. This word picture may have resonated more with those he was writing for, who lived in areas outside of Israel and would have been more familiar with rivers overflowing and causing flooding. In either case, the house without the foundation fell.

In telling this parable, Jesus challenged the listeners with a choice: to hear and ignore, or to hear and put into practice.

Our faith, our discipleship, is meant to be sound and enduring, growing and maturing. In the same way that digging down to bedrock and building a foundation was hard work in first-century Palestine, listening to Jesus’ teachings and applying them daily takes great effort. It’s hard work to live the teachings of Christ, but it’s necessary if we expect to become strong and mature in our faith and withstand the storms of life. If we make the commitment and put in the effort to hear and do what He teaches, then we will be like the wise builder whose house stood strong.

As Jesus’ brother James wrote:

Be doers of the word, and not hearers only. (James 1:22)

¡Pide y recibirás!

Era día de examen para mi hermano y para mí. Estábamos a punto de poner a prueba todas aquellas largas noches que habíamos pasado estudiando. Ya habíamos tomado un examen. Nuestro profesor nos envió un enlace con los pases para el examen de ese día en la universidad, y yo me conecté para imprimirlos.

Me topé entontes con un inconveniente. El sitio web únicamente cargaba mi pase para el examen anterior. No teníamos sino tres horas para entrar a la sala de exámenes. Eso podía ser un problema. Recorrí la página web de la universidad hasta que vi una línea de ayuda. Llamé y enseguida sonó una grabación de voz que decía: «Por favor espere. Atenderemos su problema en un minuto».

Me molesté, pero esperé. Al cabo de un rato, sonó una nueva grabación. «¿Sabía que puede recibir asistencia para cualquier consulta en nuestra nueva línea de ayuda? Simplemente marque el número tal y tal», que resultó ser el mismo que yo acababa de marcar. Exasperada, corté la comunicación. Volví al sitio web y lo intenté de nuevo. Pero no hubo caso.

Justo entonces apareció una notificación en mi teléfono. Era mi aplicación del versículo bíblico del día. Mateo 7:7 «Pidan, y se les dará. Busquen y hallarán. Llamen, y se les abrirá».

Cerré los ojos y recé: «Te pido, Jesús, que por favor arregles las cosas para que nos envíen los pases del examen». Entonces, sin preocuparme más, tecleé nuestros números de estudiante y, sin revisar siquiera las páginas, las imprimí. Cuando las saqué de la impresora vi que no eran para ese día. Aunque me tenté a probarlo de nuevo, recordé el versículo bíblico. Había pedido y confiaría en que esa era la respuesta.

Cuando llegó la hora del examen el personal ni siquiera echó un vistazo a nuestros pases. La recepcionista nos saludó alegremente, pues nos recordaba del examen anterior. Nos acompañó a nuestros asientos. Hicimos la prueba y nos fue muy bien.

Dios no siempre responde a mis oraciones como creo que debería, pero siempre responde y nunca me deja tirada. ¡Pide y recibirás!


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Ask!—And You Will Receive!

It was exam day for my brother and me. All the late evenings we had spent studying were about to be put to the test. We had taken one exam already. Our lecturer sent us a link for our passes to take today’s exam at the university, and I logged on to print them out.

Then I ran into trouble. The website was only loading my pass for the previous exam. We only had three hours until we had to go to the exam hall. This could be a problem. I scrolled around the university’s website until I saw a help line. I dialed it and was immediately greeted by a voice recording saying, “Please hold, your problem will be addressed in a minute.”

I was annoyed but I waited. After a while, a new voice recording played. “Did you know you can receive help for any online questions at our new help line? Just dial the number …” and it proceeded to say the same number that I had just dialed. Frustrated, I hung up. I went back to the website and tried yet again. But no.

Just then, a notification popped up on my phone. It was my app of the Bible verse for the day. Matthew 7:7: “Ask, and it will be given to you; seek, and you will find; knock, and it will be opened to you.”

I closed my eyes and prayed, “I’m asking, Jesus, that You please work it out for the passes for our exam to be sent to us.” Then without further worry, I typed in our student numbers, and without even checking the pages, I printed them. When I retrieved them from the printer, I saw that they were for the wrong day. I was tempted to try again, but I recalled the Bible verse. I had asked, and I would trust that this was the answer.

When it was time for the exam, the staff didn’t even glance at our passes. The person at the door greeted us cheerfully, remembering us from the previous exam. She ushered us to our seats. We sat the exam and it went great.

God doesn’t always answer my prayers the way I think He should, but He does answer every time, and He never leaves me stranded. Ask, and you will receive!


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Parábolas de Jesús – Los Dos Deudores

The Stories Jesus Told – The Two Debtors