Tarjetas de La Vida de Jesús – Parte 7

Actividad devocional para niños, con una tarjeta/historia por día. 

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Precuela de la Navidad

Precuela de la Navidad

El Evangelio de Juan no cuenta el nacimiento de Jesús, pero sí incluye la precuela, es decir, lo que sucedió antes de las narraciones del nacimiento. Este Evangelio nos retrotrae al principio, antes que existiera nuestro mundo, y dice algo acerca de nuestro Salvador que fue verdad mucho antes de Su nacimiento terrenal en Belén hace dos milenios. Este pasaje aporta claridad sobre quién es Jesús, por qué vino y lo que logró.

Empieza así: «En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. El que es la Palabra existía en el principio con Dios. Dios creó todas las cosas por medio de Él, y nada fue creado sin Él» (Juan 1:1-3).

Juan vuelve la vista atrás y mira más allá del principio de la creación del universo, antes que el tiempo existiera, y dice que la Palabra era preexistente. En la primera frase de ese Evangelio se repiten las primeras palabras de la Biblia en el Génesis: «En el principio…» Eso indica que la Palabra existía antes de la creación y que es eterna, que nunca hubo un tiempo en que la Palabra no existiera. La Palabra no fue parte de lo creado, lo que significa que la Palabra es superior a todo lo creado.

Dice que «la Palabra estaba con Dios» y luego repite una segunda vez: «El que es la Palabra existía en el principio con Dios». Se hace hincapié en que la Palabra existe en relación con Dios. Esa unicidad se expresa en la frase «y la Palabra era Dios». Todo lo que se puede decir de Dios también se puede decir de la Palabra.

Eso es lo que celebramos en Navidad: que la Palabra —que existía con Dios antes de la creación, que coexistía cara a cara en comunión con Su Padre, que participaba en la creación de todo, que existe por sí misma y que es Dios Hijo— nació encarnada en un ser humano y vivió entre la humanidad.

Todo lo que hizo Jesús durante el tiempo que pasó en la Tierra, las palabras que pronunció, las parábolas que contó, Su interacción con la gente, Sus enfrentamientos con los dirigentes religiosos de la época, los milagros que obró, todo ello reveló el amor de Su Padre y Su interés y preocupación por la humanidad. Por medio del Verbo encarnado —Jesús— llegamos a una comprensión más profunda de Dios y de Su deseo de reconciliar a la humanidad con Él. En Navidad festejamos la venida de Dios a nuestro mundo con el objeto de posibilitar que vivamos con Él eternamente.

¡La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros! Es magnífico celebrarlo.

Parábola del árbol caído

Érase una vez un árbol sobre el que se abatió un vendaval, y que fue a caer de bruces sobre el suelo duro.

En el momento en que golpeó con estruendo la tierra húmeda —él que nunca se había golpeado con nada, que solo se mecía suavemente con la brisa— supo que jamás se volvería a levantar.

El árbol lloró, de dolor, de tristeza, de rabia, de frustración. Veía a los demás árboles, que estaban erguidos, y lloraba. Primero quedó largo tiempo tendido en medio de sus ramas rotas, inerte, como si meditara qué hacer con su tremendo cuerpo.

Luego echó tímidamente algunos brotes, que se hicieron vástagos, que se convirtieron en ramas que apuntaban todas hacia arriba, hacia el cielo, en un intento de recuperar en alguna medida ese carácter aéreo que había tenido antes. Hizo lo que pudo, y dejó que el tiempo hiciera lo demás.

No tardó en descubrir su nueva utilidad. Los niños, desde pequeñitos, lo escogían para montar a caballo o se imaginaban que era un castillo. La gente se detenía para tomarse fotos con él. Unas veces servía de escenario de juegos; otras, de refugio. Las ardillas y los excursionistas lo usaban para cruzar el río. Y así halló una nueva vida, feliz —muy diferente, pero feliz—, y supo que aquel era su destino.

Ha llovido mucho desde entonces, y el árbol caído sigue acostado en el suelo, sosteniendo hacia arriba sus ramas. El musgo ha cubierto las heridas que se hizo al caer. Con el tiempo se ha convertido en un bello e importante elemento del paisaje, tanto así que los que diseñaron el parque lo tuvieron en cuenta.

De vez en cuando el árbol recuerda y piensa, y da gracias por el día en que la fatalidad se cebó en él. Aunque nunca volverá a ser como fue, ni como los demás, está contento. Sabe que ha descubierto su lugar, su papel, y que su futuro está en manos del Creador.

¿No son también así nuestras vidas? Aunque no suelen discurrir como nos imaginábamos, pueden tener un desenlace más rico, profundo y significativo si dejamos que Dios se valga de las tormentas para obrar en nosotros conforme a Su voluntad.

Él obtiene grandes victorias de lo que parecen derrotas.


Text adapted from Activated magazine. Image 1 by Michael_Browning from Freerange Stock. Image 2 courtesy of Wikimedia Commons.

12 Piedritas Fundamentales Para niños más pequeños Clase 12a: Los Caminos de Dios – ¿Cuál Debe Ser Nuestro Patrón de Medida?

Parábola de la red​

Parábola de la red

Jesús les contó una historia: »El reino de Dios se puede comparar con una red para pescar que se lanza al mar y en la que caen muchos peces de diferentes clases. Cuando la red está llena, los pescadores la llevan a la orilla. Se sientan allí y eligen los peces buenos y los meten en canastas pero tiran a los peces malos.

Lo mismo va a pasar cuando llegue el fin del mundo. Vendrán los ángeles y apartarán de los justos a los malvados.» (Mateo 13:47-49)

El Señor juzgará entre las naciones y decidirá los pleitos de pueblos numerosos, aun de los más lejanos…. Todos vivirán en paz y prosperidad; disfrutarán de sus propias vides e higueras porque no habrá nada que temer. (Miqueas 4:3-4)

Parábolas de Jesús – El Siervo Obediente

Parábolas de Jesús​: El siervo obediente

En el Evangelio de Lucas encontramos varias parábolas que parten con una pregunta cuya respuesta es evidente. La parábola del siervo obediente empieza, no con una, sino con tres preguntas. Dos de ellas piden una respuesta negativa y una ha de suscitar una positiva.​

«¿Quién de ustedes tiene un siervo arando o pastoreando ovejas, y cuando regresa del campo, le dice: “Ven enseguida y siéntate a comer”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame algo para cenar, y vístete adecuadamente, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó?» (Lucas 17:7-9)

La respuesta a la pregunta inicial habría sido esta: a nadie que estuviera escuchando a Jesús se le habría ocurrido permitir que ​su siervo —así fuera labrador o pastor de ovejas— volviera de su faena y se sentara a la mesa a darse un banquete. Los roles de señor y siervo estaban muy bien definidos en esos tiempos. Permitir una cosa así hubiera implicado que el siervo tuviera la categoría de un invitado de honor o estuviera en igualdad de condiciones que su maestro. Empezar Su parábola con ese interrogante hubiera picado la curiosidad de los oyentes.​

​Si bien a nosotros nos resultaría muy severo exigir que un hombre o mujer que ha cumplido una jornada de trabajo vuelva del campo y prepare y cocine una comida, se vista como corresponde para servirla, atienda a su amo y que únicamente después que se haya hecho cargo de todo eso se le permita comer, en la antigüedad ese trato se consideraba normal. A la segunda pregunta, todo el mundo hubiera respondido que indudablemente el siervo habría retornado del campo y procedido a dar de comer a su señor antes de comer él mismo.​

​En el contexto de la época, nadie que escuchara esta parábola hubiera pretendido que a un sirviente se le diera un trato especial por cumplir con sus deberes. El siervo simplemente estaba cumpliendo con lo que se esperaba de un siervo. El maestro no estaba en deuda con el sirviente por apacentar a las ovejas o arar los campos. Nada fuera de lo común había ocurrido y nadie hubiera pretendido que al siervo se le hubieran concedido privilegios por el solo hecho de hacer su trabajo. El​ siervo había antepuesto las necesidades de su señor a las suyas. ​

Reconocía y aceptaba que su principal deber era servir a su maestro. Cuando los que lo escuchaban oyeron la tercera pregunta: ¿acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó?, una vez más habrían respondido: «Por supuesto que no».​

La palabra griega traducida por gracias es charis, la misma que en el Nuevo Testamento generalmente se traduce para expresar el concepto de gracia. No obstante, en el Evangelio de Lucas se emplea para comunicar el sentido de reconocimiento o favor; de manera que casi implica recibir una recompensa. La pregunta es pues: ¿Le da el amo reconocimiento o premio al siervo por hacer lo que se le ordenó?​

Kenneth Bailey explica:​

​El amo bien puede expresar su agradecimiento al siervo al final de la jornada laboral con una palabra amable. El tema es mucho más serio que eso. ¿Está el amo en deuda con su siervo por las órdenes cumplidas? Esa es una pregunta que pide una respuesta categóricamente negativa en la parábola.​

En ese instante Jesús se dirige a los oyentes, que en el contexto del Evangelio de Lucas son Sus discípulos, y les dice:​

«Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: “Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”» (Lucas 17:10)

Aquí la frase «siervos inútiles» —o como figura en otras versiones, «siervos indignos»— también se puede traducir: con los que no se tiene deuda. Dicho de otro modo, se plantea que el amo de siervos o discípulos que hacen lo que se les manda no tiene ninguna deuda con ellos. El amo no adeuda nada a un siervo que simplemente hace lo que se espera de él.​

​El mensaje, aplicado a los discípulos, expresaba que Dios no está endeudado con quienes le sirven. Dios no adeuda nada a los que le sirven.​

​Eso no significa que Dios no premia a los que lo aman y le sirven, sino que quienes sirven a Dios no tienen derecho a exigir recompensa. Nuestra relación con Dios no es una en la que nos ganamos, merecemos o negociamos retribuciones. El discípulo es un súbdito que sirve al Señor movido por amor, por deber y por lealtad. ​

​Nuestra salvación es un don que Dios nos concedió; no trabajamos ni hacemos méritos para conseguirlo. El servicio que le prestamos es fruto de nuestra gratitud y amor, como también del deber que tenemos hacia Él por habernos redimido. Cuando hemos cumplido con lo que nos ha ordenado no lo ponemos en un compromiso de que nos debe algo. No debemos mantener un libro de contabilidad mental de todas las cosas que hemos hecho por el Señor con la expectativa de que por ello Dios está en deuda con nosotros.​

​Eso no significa que no haya recompensa para los que sirven a Dios. Jesús habló de recompensas en numerosas ocasiones.​

Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. (Mateo 6:3-4)

Amen a sus enemigos, y hagan bien, y presten no esperando nada a cambio, y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. (Lucas 6:35)

Dichosos ustedes cuando la gente los odie, cuando los expulsen, cuando los insulten y cuando desprecien su nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alégrense mucho, llénense de gozo en ese día, porque ustedes recibirán un gran premio en el cielo; pues también así maltrataron los antepasados de esa gente a los profetas. (Lucas 6:22-23)

​Se nos ha prometido una recompensa, pero nuestra relación con Dios no es cuestión de méritos, negociaciones o de trabajar para conseguirla o ganarla. Como siervos del Señor, trabajamos para Él a fin de cumplir con nuestro deber para con Él. Lo que recibimos de Dios es un regalo que proviene de Su mano, no un pago por los servicios prestados. Por mucho que trabajemos, hagamos o el tiempo que pasemos sirviendo al Señor, bajo ninguna circunstancia Dios se convierte en deudor nuestro. Le servimos porque nos salvó. Le servimos porque estamos agradecidos y lo amamos. Y es que nuestro servicio a Él está motivado por el amor y la gratitud, no por las recompensas que Él nos da.​

Tarjetas de La Vida de Jesús – Parte 6

Actividad devocional para niños, con una tarjeta/historia por día. 

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¿Cuál es tu fuente?

¿Alguna vez han puesto un tallo de apio en agua con colorante? El apio empieza a cambiar de color a medida que absorbe el agua por el tallo. Tarda unos días apreciar el cambio, pero con el tiempo el tallo del apio toma el color del agua. Con esa misma facilidad el apio absorbe venenos y pesticidas que pululan en el aire y en la tierra.

Nuestro espíritu actúa también así. La fuente de nuestro alimento o de los datos que absorbemos, lo que sea a lo que nos exponemos, influye en nosotros para bien o para mal. Nos vemos continuamente asediados por información, ya a través de la internet, ya a través películas, música, libros y por supuesto de las personas con las que interactuamos. Sin embargo, la manera en que nos influyen no siempre es tan notoria como el efecto del agua en el apio.

Parte de esas cosas de las que nos alimentamos parece inofensiva, hasta buena, pero puede terminar causando un efecto negativo. Otra puede disfrutarse sin inconveniente y quizá sea inocua. Incluso puede llegar a alimentarnos intelectualmente e incrementar nuestros conocimientos y competencias. Así y todo, es posible que no proporcione a nuestro espíritu el sustento que precisa para desarrollarse con fuerza.

Por eso Jesús nos instruye a permanecer en Él, nos dice que hagamos de Él nuestra fuente. Nos ofrece el agua de vida, la única que saciará para siempre nuestro espíritu. Salmo 1:3 expresa que los que se deleitan en los caminos y la Palabra de Dios son «son como árboles plantados a la orilla de un río, que siempre dan fruto en su tiempo. Sus hojas nunca se marchitan, y prosperan en todo lo que hacen».

Plantemos nuestras raíces firmemente a orillas de esos ríos de agua viva.


Text courtesy of Activated magazine. Image 1 designed by brgfx via Freepik. Image 2 designed by Matt Cole/Vecteezy. Image of Jesus © TFI.