
Las antiguas civilizaciones idearan una pintoresca mitología para explicar la desaparición del Sol. Entre sus fábulas figuran ranas, lobos o perros de fuego que se comían al Sol. Hay quienes acusaban a la Luna de querer robárselo. Ciertos habitantes de Togo creían que el Sol y la Luna estaban de pelea y que la única forma de conseguir que dejaran de combatir era hacer las paces con sus enemigos. Algunos acusaban al Sol de intentar robarle a la gente los ojos, o creían que era un mal augurio que una mujer embarazada saliera de casa durante un eclipse. Los indios de la tribu navajo de Norteamérica creían que un eclipse formaba parte del orden natural y se quedaban en casa ayunando y cantando.
Hoy en día, entendemos lo que ocurre durante un eclipse. El sitio web science.nasa.gov afirma: «Un eclipse solar total ocurre cuando la Luna pasa entre el Sol y la Tierra y tapa completamente la cara del Sol. El cielo se oscurece como si fuera el amanecer o el atardecer».

En estos tiempos de sombra y oscuridad espiritual y social que vive el mundo quizá nos parezca imposible ver la mano de Dios en acción. Pero así como sabemos que el sol seguirá siendo sol y que el eclipse pasará, podemos tener la certeza de que nuestro Dios nunca cambia ni deja de tener dominio sobre nuestra vida.
Durante un eclipse el Sol y la Luna parecen del mismo tamaño. La verdad es que el Sol es 400 veces mayor que la Luna y está 400 veces más lejos de nosotros, lo que explica por qué la Luna puede eclipsar completamente la visión de nuestro gran cuerpo celeste. Del mismo modo, las cosas que a menudo nos impiden ver a Dios son las que están más cerca de nosotros. Si recordamos eso y lo apreciamos en su justa dimensión, podemos seguir confiando en Dios, aun cuando no podamos verlo.
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