Parábola del árbol caído

Érase una vez un árbol sobre el que se abatió un vendaval, y que fue a caer de bruces sobre el suelo duro.

En el momento en que golpeó con estruendo la tierra húmeda —él que nunca se había golpeado con nada, que solo se mecía suavemente con la brisa— supo que jamás se volvería a levantar.

El árbol lloró, de dolor, de tristeza, de rabia, de frustración. Veía a los demás árboles, que estaban erguidos, y lloraba. Primero quedó largo tiempo tendido en medio de sus ramas rotas, inerte, como si meditara qué hacer con su tremendo cuerpo.

Luego echó tímidamente algunos brotes, que se hicieron vástagos, que se convirtieron en ramas que apuntaban todas hacia arriba, hacia el cielo, en un intento de recuperar en alguna medida ese carácter aéreo que había tenido antes. Hizo lo que pudo, y dejó que el tiempo hiciera lo demás.

No tardó en descubrir su nueva utilidad. Los niños, desde pequeñitos, lo escogían para montar a caballo o se imaginaban que era un castillo. La gente se detenía para tomarse fotos con él. Unas veces servía de escenario de juegos; otras, de refugio. Las ardillas y los excursionistas lo usaban para cruzar el río. Y así halló una nueva vida, feliz —muy diferente, pero feliz—, y supo que aquel era su destino.

Ha llovido mucho desde entonces, y el árbol caído sigue acostado en el suelo, sosteniendo hacia arriba sus ramas. El musgo ha cubierto las heridas que se hizo al caer. Con el tiempo se ha convertido en un bello e importante elemento del paisaje, tanto así que los que diseñaron el parque lo tuvieron en cuenta.

De vez en cuando el árbol recuerda y piensa, y da gracias por el día en que la fatalidad se cebó en él. Aunque nunca volverá a ser como fue, ni como los demás, está contento. Sabe que ha descubierto su lugar, su papel, y que su futuro está en manos del Creador.

¿No son también así nuestras vidas? Aunque no suelen discurrir como nos imaginábamos, pueden tener un desenlace más rico, profundo y significativo si dejamos que Dios se valga de las tormentas para obrar en nosotros conforme a Su voluntad.

Él obtiene grandes victorias de lo que parecen derrotas.


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12 Piedritas Fundamentales Para niños más pequeños Clase 12a: Los Caminos de Dios – ¿Cuál Debe Ser Nuestro Patrón de Medida?

Parábola de la red​

Parábola de la red

Jesús les contó una historia: »El reino de Dios se puede comparar con una red para pescar que se lanza al mar y en la que caen muchos peces de diferentes clases. Cuando la red está llena, los pescadores la llevan a la orilla. Se sientan allí y eligen los peces buenos y los meten en canastas pero tiran a los peces malos.

Lo mismo va a pasar cuando llegue el fin del mundo. Vendrán los ángeles y apartarán de los justos a los malvados.» (Mateo 13:47-49)

El Señor juzgará entre las naciones y decidirá los pleitos de pueblos numerosos, aun de los más lejanos…. Todos vivirán en paz y prosperidad; disfrutarán de sus propias vides e higueras porque no habrá nada que temer. (Miqueas 4:3-4)

Parábolas de Jesús – El Siervo Obediente

Parábolas de Jesús​: El siervo obediente

En el Evangelio de Lucas encontramos varias parábolas que parten con una pregunta cuya respuesta es evidente. La parábola del siervo obediente empieza, no con una, sino con tres preguntas. Dos de ellas piden una respuesta negativa y una ha de suscitar una positiva.​

«¿Quién de ustedes tiene un siervo arando o pastoreando ovejas, y cuando regresa del campo, le dice: “Ven enseguida y siéntate a comer”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame algo para cenar, y vístete adecuadamente, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó?» (Lucas 17:7-9)

La respuesta a la pregunta inicial habría sido esta: a nadie que estuviera escuchando a Jesús se le habría ocurrido permitir que ​su siervo —así fuera labrador o pastor de ovejas— volviera de su faena y se sentara a la mesa a darse un banquete. Los roles de señor y siervo estaban muy bien definidos en esos tiempos. Permitir una cosa así hubiera implicado que el siervo tuviera la categoría de un invitado de honor o estuviera en igualdad de condiciones que su maestro. Empezar Su parábola con ese interrogante hubiera picado la curiosidad de los oyentes.​

​Si bien a nosotros nos resultaría muy severo exigir que un hombre o mujer que ha cumplido una jornada de trabajo vuelva del campo y prepare y cocine una comida, se vista como corresponde para servirla, atienda a su amo y que únicamente después que se haya hecho cargo de todo eso se le permita comer, en la antigüedad ese trato se consideraba normal. A la segunda pregunta, todo el mundo hubiera respondido que indudablemente el siervo habría retornado del campo y procedido a dar de comer a su señor antes de comer él mismo.​

​En el contexto de la época, nadie que escuchara esta parábola hubiera pretendido que a un sirviente se le diera un trato especial por cumplir con sus deberes. El siervo simplemente estaba cumpliendo con lo que se esperaba de un siervo. El maestro no estaba en deuda con el sirviente por apacentar a las ovejas o arar los campos. Nada fuera de lo común había ocurrido y nadie hubiera pretendido que al siervo se le hubieran concedido privilegios por el solo hecho de hacer su trabajo. El​ siervo había antepuesto las necesidades de su señor a las suyas. ​

Reconocía y aceptaba que su principal deber era servir a su maestro. Cuando los que lo escuchaban oyeron la tercera pregunta: ¿acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó?, una vez más habrían respondido: «Por supuesto que no».​

La palabra griega traducida por gracias es charis, la misma que en el Nuevo Testamento generalmente se traduce para expresar el concepto de gracia. No obstante, en el Evangelio de Lucas se emplea para comunicar el sentido de reconocimiento o favor; de manera que casi implica recibir una recompensa. La pregunta es pues: ¿Le da el amo reconocimiento o premio al siervo por hacer lo que se le ordenó?​

Kenneth Bailey explica:​

​El amo bien puede expresar su agradecimiento al siervo al final de la jornada laboral con una palabra amable. El tema es mucho más serio que eso. ¿Está el amo en deuda con su siervo por las órdenes cumplidas? Esa es una pregunta que pide una respuesta categóricamente negativa en la parábola.​

En ese instante Jesús se dirige a los oyentes, que en el contexto del Evangelio de Lucas son Sus discípulos, y les dice:​

«Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: “Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”» (Lucas 17:10)

Aquí la frase «siervos inútiles» —o como figura en otras versiones, «siervos indignos»— también se puede traducir: con los que no se tiene deuda. Dicho de otro modo, se plantea que el amo de siervos o discípulos que hacen lo que se les manda no tiene ninguna deuda con ellos. El amo no adeuda nada a un siervo que simplemente hace lo que se espera de él.​

​El mensaje, aplicado a los discípulos, expresaba que Dios no está endeudado con quienes le sirven. Dios no adeuda nada a los que le sirven.​

​Eso no significa que Dios no premia a los que lo aman y le sirven, sino que quienes sirven a Dios no tienen derecho a exigir recompensa. Nuestra relación con Dios no es una en la que nos ganamos, merecemos o negociamos retribuciones. El discípulo es un súbdito que sirve al Señor movido por amor, por deber y por lealtad. ​

​Nuestra salvación es un don que Dios nos concedió; no trabajamos ni hacemos méritos para conseguirlo. El servicio que le prestamos es fruto de nuestra gratitud y amor, como también del deber que tenemos hacia Él por habernos redimido. Cuando hemos cumplido con lo que nos ha ordenado no lo ponemos en un compromiso de que nos debe algo. No debemos mantener un libro de contabilidad mental de todas las cosas que hemos hecho por el Señor con la expectativa de que por ello Dios está en deuda con nosotros.​

​Eso no significa que no haya recompensa para los que sirven a Dios. Jesús habló de recompensas en numerosas ocasiones.​

Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. (Mateo 6:3-4)

Amen a sus enemigos, y hagan bien, y presten no esperando nada a cambio, y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. (Lucas 6:35)

Dichosos ustedes cuando la gente los odie, cuando los expulsen, cuando los insulten y cuando desprecien su nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alégrense mucho, llénense de gozo en ese día, porque ustedes recibirán un gran premio en el cielo; pues también así maltrataron los antepasados de esa gente a los profetas. (Lucas 6:22-23)

​Se nos ha prometido una recompensa, pero nuestra relación con Dios no es cuestión de méritos, negociaciones o de trabajar para conseguirla o ganarla. Como siervos del Señor, trabajamos para Él a fin de cumplir con nuestro deber para con Él. Lo que recibimos de Dios es un regalo que proviene de Su mano, no un pago por los servicios prestados. Por mucho que trabajemos, hagamos o el tiempo que pasemos sirviendo al Señor, bajo ninguna circunstancia Dios se convierte en deudor nuestro. Le servimos porque nos salvó. Le servimos porque estamos agradecidos y lo amamos. Y es que nuestro servicio a Él está motivado por el amor y la gratitud, no por las recompensas que Él nos da.​

Tarjetas de La Vida de Jesús – Parte 6

Actividad devocional para niños, con una tarjeta/historia por día. 

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¿Cuál es tu fuente?

¿Alguna vez han puesto un tallo de apio en agua con colorante? El apio empieza a cambiar de color a medida que absorbe el agua por el tallo. Tarda unos días apreciar el cambio, pero con el tiempo el tallo del apio toma el color del agua. Con esa misma facilidad el apio absorbe venenos y pesticidas que pululan en el aire y en la tierra.

Nuestro espíritu actúa también así. La fuente de nuestro alimento o de los datos que absorbemos, lo que sea a lo que nos exponemos, influye en nosotros para bien o para mal. Nos vemos continuamente asediados por información, ya a través de la internet, ya a través películas, música, libros y por supuesto de las personas con las que interactuamos. Sin embargo, la manera en que nos influyen no siempre es tan notoria como el efecto del agua en el apio.

Parte de esas cosas de las que nos alimentamos parece inofensiva, hasta buena, pero puede terminar causando un efecto negativo. Otra puede disfrutarse sin inconveniente y quizá sea inocua. Incluso puede llegar a alimentarnos intelectualmente e incrementar nuestros conocimientos y competencias. Así y todo, es posible que no proporcione a nuestro espíritu el sustento que precisa para desarrollarse con fuerza.

Por eso Jesús nos instruye a permanecer en Él, nos dice que hagamos de Él nuestra fuente. Nos ofrece el agua de vida, la única que saciará para siempre nuestro espíritu. Salmo 1:3 expresa que los que se deleitan en los caminos y la Palabra de Dios son «son como árboles plantados a la orilla de un río, que siempre dan fruto en su tiempo. Sus hojas nunca se marchitan, y prosperan en todo lo que hacen».

Plantemos nuestras raíces firmemente a orillas de esos ríos de agua viva.


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12 Piedritas Fundamentales Clase 11B (Para Niños Más Pequeños) – Superar Conflictos: El Crecimiento Espiritual

Pasos que podemos dar para crecer y madurar en nuestra relación con el Padre celestial.

Tarjetas de La Vida de Jesús – Parte 5

Actividad devocional para niños, con una tarjeta/historia por día. 

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¡Tantos beneficios!

¡Pasar ratos con el Señor rinde tantos beneficios! Él puede ayudarnos a resolver nuestros problemas, responder a nuestros interrogantes, aliviar nuestras penas, consolarnos cuando estamos tristes, alegrarnos la vida, transportarnos al Cielo y muchísimo más.

La oración cambia las circunstancias. Es uno de los medios de los que se vale Dios para satisfacer las necesidades y deseos de Sus hijos, siempre y cuando lo que le pidan sea beneficioso para ellos y para los demás. «Todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis»1.

El tiempo que dedicamos a la reflexión nos proporciona una fortaleza interior que nos ayuda a superar las etapas más difíciles de la vida. «El día que clamé, me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma»2.

Cuando nuestro espíritu flaquea y se nos turban los pensamientos, la oración nos proporciona descanso y nos renueva. «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga»3.

Una vez que hemos encomendado un asunto a Dios en oración, podemos tener la certeza de que Él se hará cargo del mismo conforme a Su voluntad. «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien»4.

La oración nos consuela en los momentos de tristeza; nos infunde ánimo cuando estamos abatidos y valor para seguir adelante cuando ya no podemos más. Jesús nos ayuda a ver nuestras dificultades objetivamente  —como las ve Él— y nos da sosiego. «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas»5. «En medio de las preocupaciones que se agolpan en mi mente, Tú me das consuelo y alegría»6.

A medida que vamos aceptando y aplicando lo que el Señor nos indica, adquirimos sabiduría. «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada»7.

Jesús nos conduce por el laberinto de la vida. Nos indica qué hacer en situaciones de apuro, cuando nos enfrentamos a decisiones difíciles. Ha prometido darnos instrucciones, aclararnos los pensamientos y guiar nuestros pasos. «Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas»8.

Otras veces nos inspira ideas geniales. «Clama a Mí, y Yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que Tú no conoces»9. También nos evita complicaciones poniéndonos sobre aviso, o nos da las soluciones a nuestros problemas. «El que me oyere, habitará confiadamente y vivirá tranquilo, sin temor del mal»10.

Por medio de la oración podemos curarnos de nuestras dolencias físicas. «La oración de fe sanará al enfermo y el Señor lo levantará»11.

Por ella también podemos obtener el perdón de las faltas que cometemos. «Dije: “Confesaré mis transgresiones al Señor”; y Tú perdonaste la maldad de mi pecado»12.

La oración nos sirve para adquirir un conocimiento más profundo tanto del mundo natural como de la dimensión espiritual. «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios»13.

Al orar nos beneficiamos de la energía divina, de modo que logramos mejor rendimiento y se nos facilitan las cosas. «Él fortalece al cansado, y acrecienta las fuerzas del débil. […] Los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas; correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán»14.

La oración potencia la paz interior. «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús»15.

Por medio de la oración le recordamos a Dios que satisfaga nuestras necesidades materiales. «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá»16.

Jesús nos abre los tesoros de Su Palabra cuando se lo pedimos, como lo hizo el rey David: «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de Tu ley»17.

Podemos obtener asistencia divina aun cuando no sepamos qué pedir. «Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles»18.


1 Mateo 21:22 (RV95)
2 Salmo 138:3
3 Mateo 11:28-30
4 Romanos 8:28
5 Salmo 147:3
6 Salmo 94:19 (DHH)
7 Santiago 1:5
8 Proverbios 3:6
9 Jeremías 33:3
10 Proverbios 1:33
11 Santiago 5:15 (NVI)
12 Salmo 32:5
13 1 Corintios 2:9,10
14 Isaías 40:29,31 (NVI)
15 Filipenses 4:6,7
16 Mateo 7:7,8
17 Salmo 119:18
18 Romanos 8:26

El Rey Salomón: Historia y página para pintar

El rey Salomón

El rey Salomón tenía incalculables riquezas, palacios y jardines, las mejores viandas y el mejor vino, y toda forma de entretenimiento a su disposición. Tenía acceso a prácticamente todo lo que quería, pero al término de su búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida, concluye: “lo mejor que un ser humano puede hacer es tener temor de Dios y obedecer sus mandatos.” (Eclesiastés 1-12)


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