Si te caes, rebota

Nyx Martínez

Había sido un buen día. «La vida me sonríe», pensé mientras me dirigía a la oficina donde tengo mi computadora. El teclado me rogaba que hiciera contacto con él.

Apenas se encendió la pantalla supe que había sucedido algo terrible. El disco duro había dejado de funcionar.

on the reboundDada la lentitud con que mi cerebro procesa información, tardé unos instantes en entender la magnitud del desastre. De pronto caí en la cuenta. Se me fue el alma a los pies, como si me hubiera pasado por encima una aplanadora. Sentí un nudo en el estómago. Se me nubló la vista. No lograba pensar con claridad. Todo me daba vueltas.

Mi arduo trabajo de los últimos seis meses —artículos, diseños—, toda mi energía mental almacenada en el disco duro de mi computador y que yo creía imborrable y segura, se había esfumado.

Para siempre.

Uno de mis peores temores se había abalanzado sobre mí como un meteorito procedente del espacio exterior. Quedé sumida en la desesperación y el desconcierto. ¡Qué tragedia!

¿Cómo no se me ocurrió copiarlo todo a un dispositivo de respaldo? Aquellos retazos de creatividad estaban perdidos en algún rincón del cibermundo… irrecuperables.

En ese momento recordé una anécdota. En cierta ocasión Thomas Edison encaró un desastre parecido cuando se incendió su taller. Meses, años y hasta décadas de trabajo en numerosos inventos inconclusos quedaron reducidos a nada.

—Todos mis errores se hicieron humo— comentó Edison con sorprendente buen ánimo.

Y reanudó enseguida su labor.

En mi caso, yo dudaba que tuviera la voluntad y la energía para empezar de cero con la misma entereza de que hizo gala el ilustre inventor. De todos modos, estos pensamientos aliviaron mi dolor y disiparon mi aturdimiento y sensación de fracaso. El abatimiento me había hecho caer de rodillas, pero hice un esfuerzo por enderezarme y esbocé una sonrisa forzada.

En la vida hay cosas que nos parecen una injusticia atroz. Pero no podía dejarme dominar por el derrotismo, no podía permitir que afectara mi futuro. Resolví no ver la situación como el trágico fin de todos los proyectos y trabajos que tenía en la máquina, sino como una oportunidad de reiniciarlos con miras a un porvenir prometedor.

Esto es lo primero que escribo después de aquel día tan demoledor. «Todos mis errores se hicieron humo», digo para mis adentros. No pienso rendirme. Estoy sentada nuevamente frente a la computadora, lista para volver a empezar.

Ya estoy haciendo mi copia de respaldo.


Historia gentileza de la revista Conéctate. Imagen © TFI.

On the Rebound

By Nyx Martinez

It had been a satisfying day.

The world was a wonderful place, I thought, as I made my way to the office where my computer sat. Its keyboard beckoned my fingers to make contact.

As soon as the screen lit up, I knew something was terribly wrong. My hard drive had crashed.

on the reboundIt took a moment for the scope of the disaster to register in my slow-computing brain, but then it hit me. No, it slammed into me with the force of a bulldozer on a razing mission. My stomach did a back flip. My vision went hazy. My mind became clouded. The room spun.

The last six months of hard work—articles, graphic design, all that precious mental energy that had been stored on the computer’s hard drive for safekeeping—was gone.

Forever.

My worst fear, like a meteor falling from the sky, came crashing down on me. Frustration, confusion, tragedy, and loss engulfed me.

Why, oh why, hadn’t I copied all that stuff onto a backup device? Now bits and pieces of creativity were lost, floating somewhere in cyberspace, far, far from home. And I couldn’t get them back.

But then I remembered the story of when Thomas Edison met a similar tragedy. His workshop caught fire, and months, years, even decades of hard work on numerous unfinished inventions went up in smoke.

“There go all my mistakes!” he said with amazing cheerfulness. And then he went right back to work.

I wondered if there was enough positive energy left in me to start again as bravely as Edison had. Contemplating these things somehow eased the pain and melted away that woozy feeling of defeat. I struggled to stand up from where I had fallen to my knees in frustration, and I forced the corners of my mouth into a smile.

Oh, some things in life seem totally unfair! But I refused to let defeat overcome me in that moment or have any bearing on my future efforts. I decided to see this situation not as the tragic end to all the projects that were lost, but rather as a new beginning for each of them in a future that was yet to unfold.

This is the first I’ve written since Demolition Day. “There go all my mistakes,” I’m saying. And I’m not going to quit. I’m on the rebound, back at my computer and ready to start again.

With backup files.


Story courtesy of Activated magazine. Art © TFI.

Cero créditos, grandes beneficios

children's story zero credits full benefitsElsa Sichrovsky

En mi primer año de universidad una de las cosas que más me disgustaban eran las clases obligatorias de educación física, que no otorgaban ningún crédito. En mi facultad, a los estudiantes de grado les exigían cuatro semestres consecutivos de educación física. Me fastidiaba esforzarme en balde.

Además, la educación física claramente no era lo mío. En el primer curso tuvimos clases elementales de bádminton. Mi profesor sonrió al ver mis primeros golpes. Su sonrisa me pareció más de socarronería que de admiración. Hubiera preferido mil veces dedicar esas horas a estudiar libros de texto o escribir ensayos que pasarlas sudando, tratando de aprender golpes elementales que la mayoría de las demás estudiantes ya sabían hacer.

Ese año me quejé de mi situación a una amiga mía que nunca había tenido oportunidad de ir a la universidad. Tras escucharme, me espetó:

—¿De qué te quejas? Muchas personas pagan importantes sumas de dinero para aprender a jugar al bádminton con un entrenador profesional. Tú puedes hacerlo todas las semanas como parte de tu programa de estudios. La verdad es que me da envidia.

Yo me quedé mirándola, demasiado perpleja para aventurar una respuesta. El curso de educación física —la pesadilla de mi vida universitaria— era para ella un plus que envidiaba. Caí en la cuenta de que podía seguir lamentándome puerilmente durante los dos años de educación física, o dejar de ser el proverbial ratón de biblioteca y desarrollar un poco mi musculatura. En lugar de obsesionarme porque no me iban a dar ningún crédito por aquellos cursos, podía centrar mi atención en el hecho de que se me ofrecía la oportunidad de aprender un deporte con un profesional.

zero 2El comentario de mi amiga me motivó a examinar mis reacciones ante otros aspectos desagradables de la vida universitaria —el menú de la cafetería, los sistemas de calificación de los profesores, los exámenes a primera hora del día— y me avergoncé al entender que mis quejas eran consecuencia de una profunda falta de confianza en el amor que Dios abriga por mí y en Su perfecta sabiduría. ¡Cómo iba a aplicar la exhortación de Pablo de dar gracias en todo si no aprendía a descubrir en cada contrariedad una perla del amor de Dios!

Al término del primer semestre no solo ya dominaba los rudimentos del bádminton, sino que había mejorado mi coordinación visomotora, amén de mi resistencia física en general. Más importante aún, tomé conciencia de las veces en que, al tropezarme con un envoltorio poco atractivo, desecho el regalo. Como dijo el poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe: «La vida resulta ser una dicha no cuando hacemos lo que disfrutamos, sino cuando procuramos disfrutar de lo que tenemos que hacer».


Imágenes diseñado por Freepik. Historia gentileza de la revista Conéctate. Usado con permiso

Zero Credits, Full Benefits

children's story zero credits full benefits

Elsa Sichrovsky

As a college freshman, one of the things I disliked the most was required, zero-credit Physical Education (PE) classes. At my university, undergraduate students were required to take four consecutive semesters of PE. I hated the feeling of working for nothing.

In addition, I was truly out of my element at PE. My first course was an elementary badminton class. My teacher smiled at my first shots, and I sensed the smile was one of humor rather than admiration. I would have much rather spent the time poring over a textbook or writing reports, instead of sweating as I tried to master basic maneuvers most of the other students were adept at.

That year, I was bemoaning my plight to a friend of mine, a woman who’d never had the chance to go to college. When she heard my groaning, she blurted out, “Why are you complaining? Many people have to pay lots of money to learn badminton with a professional coach! And you can do it every week as part of your studies? I’m envious!”

I just stared at her, too shocked to come up with a response. To her, the PE course, which was the bane of my college life, was a special boon that she envied! I realized I could go on childishly whining through my two years of PE, or I could get off my proverbial sofa in the library and build some muscles. Rather than focusing on the fact that I was not going to get any credit for those courses, I could focus on the fact that PE class gave me the opportunity to learn a sport from a professional.

zero 2My friend’s remark prompted me to examine my responses to other unappealing aspects of college life—the cafeteria menu, my professors’ evaluation systems, the early-morning exams—and I found, to my embarrassment, that my complaints stemmed from a deeper lack of trust in God’s love for me and His perfect wisdom. I couldn’t apply Paul’s admonition to “Give thanks in all circumstances” until I learned to see every annoyance as a jewel of God’s love in disguise.

By the end of the semester, I had not only picked up basic badminton skills, I had also improved my hand-eye coordination and physical endurance in general. Most importantly, I had become more conscious of the times when I get stuck on unattractive wrapping and miss the gift. As the German poet Johann Wolfgang von Goethe said, “It is not doing the thing we like to do, but liking the thing we have to do, that makes life blessed.”


Images designed by Freepik. Story courtesy of Activated magazine; used by permission.