Jesús y Jim

Se cuenta que un clérigo se empezó a preocupar porque todos los días, a las doce del mediodía, un anciano mal vestido entraba a la iglesia y a los pocos minutos volvía a salir. ¿Qué intenciones tendría? Decidió informar al sacristán y le pidió que la próxima vez lo interrogara. Al fin y al cabo, la iglesia contenía bastantes objetos de valor.

—Vengo a rezar —respondió el anciano al sacristán cuando este lo interpeló.

—No me tome el pelo. Usted nunca se queda en la iglesia el tiempo suficiente para rezar.

—Vea usted, lo que pasa —continuó el anciano— es que no sé hacer una oración larga. Por eso todos los días a las doce vengo y digo: «Hola, Jesús; soy Jim». Espero un minuto y luego me voy. Rezo cortito, pero yo creo que Él me escucha.

Poco tiempo después, cuando Jim sufrió un accidente y fue hospitalizado, ejerció una estupenda influencia en los enfermos que compartían la sala con él. Los pacientes quejumbrosos pusieron cara risueña y con frecuencia resonaban risas en el pabellón.

—Jim —le dijo un día la enfermera que lo atendía—, todos dicen que el ánimo ha mejorado mucho en la sala gracias a usted. Comentan que usted siempre está contento.

—Sí, ¡eso es cierto! ¿Cómo no voy a estarlo? Es por el visitante que todos los días me viene a alegrar la vida.

—¿Qué visitante? —preguntó la enfermera extrañada. En las horas de visita ella siempre notaba que no había nadie en la silla del pobre Jim, pues no tenía familiares.

—Esa visita, ¿a qué hora viene? —reiteró ella.

—Todos los días —respondió Jim, con ojos alegres—. Todos los días a las doce del mediodía viene y se pone a los pies de mi cama. Lo miro, y Él me mira sonriente y me dice:

—Hola, Jim; soy Jesús.

Historia gentileza de la revista Conéctate.

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