Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Parábolas de Jesús: Calcular Los Gastos

Jesús relató dos breves pero potentes parábolas, una detrás de la otra, sobre el tema del discipulado y la obligación de pensar detenidamente en lo que cuesta seguirlo a Él.

La primera parábola reza así:

¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que, después que haya puesto el cimiento, no pueda acabarla y todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar.» (Lucas 14:28-30)

El modo en que empieza la frase, ¿quién de vosotros?, es una pregunta retórica que da por hecho que la respuesta será nadie.

En la parábola que estamos repasando se entiende tácitamente que nadie en su sano juicio construiría un edificio sin calcular antes los gastos y determinar si posee el dinero suficiente para terminarlo.

A lo largo de la Escritura leemos sobre varias torres. Estas al parecer se construían con fines militares:

Voy a apostarme en mi puesto de guardia, voy a instalarme en mi atalaya. (Habacuc 2:1)

El día del Señor de los Ejércitos vendrá contra todo arrogante y altivo, y contra todo el que se ha enaltecido […] contra toda torre alta y contra todo muro fortificado. (Isaías 2:12-15)

Tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo. (Salmo 61:3)

Torre inexpugnable es el nombre del Señor; a ella corren los justos y se ponen a salvo. (Proverbios 18:10)

A veces las torres servían para usos agrícolas:

La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre y había hecho también en ella un lagar. (Isaías 5:2)

Entonces comenzó Jesús a decirles por parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; luego la arrendó a unos labradores y se fue lejos. (Marcos 12:1)

En el contexto de esta parábola, Jesús muy probablemente se refería a una torre para usos agrícolas. El hacendado tiene buenas intenciones. Edificar una torre le traerá beneficios. Amén de poder resguardar mejor sus cultivos y animales de la acción de ladrones y predadores, se ganará también el respeto de sus vecinos por mejorar su hacienda. Sin embargo, si el hombre es tan desatinado como para no calcular los gastos antes de emprender la construcción de la torre y deducir si tendrá suficientes recursos para terminarla, se lo considerará un insensato y hará el ridículo.

En la cultura de la época era muy importante sentirse honrado; en contraste, la deshonra debía evitarse a toda costa. Una planificación tan mal hecha como aquella tendría como consecuencia que todo el que viera la obra inconclusa se burlaría del hombre señalando su fracaso y su insensatez.

Cuando Jesús dijo que el hombre que no calculó lo que costaría construir su edificio sería objeto de escarnio, por deducción sabemos que perdería su prestigio, sería el hazmerreír del pueblo y haría el ridículo. Jesús espabiló a quienes estaba llamando a seguirle, incitándoles a considerar el compromiso que iban a contraer y lo que implicaría; es decir, a ponderar el costo del discipulado y tomar una decisión prudente y reflexiva para no faltar luego al compromiso contraído.

La parábola análoga a esta dice:

¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos le envía una embajada y le pide condiciones de paz. (Lucas 14:31-32)

Si bien esta segunda parábola expone el mismo argumento que la primera, la decisión del rey pone en riesgo la vida de miles de soldados, así como la suya propia. Es, pues, mucho más lo que está en juego. El hombre que no calcula los gastos que supondrá construir la torre arriesga pasar una vergüenza y quedar en ridículo; en cambio, el rey enfrenta la posibilidad de perder su vida, las de muchos soldados y su reino.

Aunque los riesgos que se corren son mucho mayores en el caso de la segunda parábola, el mismo argumento se pone de manifiesto. El rey debe evaluar la situación. No posee sino la mitad de efectivos militares que su adversario. Para ganar, sus tropas tendrán que ser mucho más diestras que los soldados que enfrentarán. Además tendrán que ser extraordinariamente valientes para enfrentar con confianza a un ejército el doble de grande. Encima el rey deberá analizar si las tropas rivales posiblemente tengan otro tipo de ventajas —familiaridad con el terreno y las condiciones del tiempo, mejores líneas de abastecimiento, una población civil más amigable, etc.— a fin de compensar por la desigualdad numérica. El rey deberá determinar si existen las condiciones para que sus soldados se alcen con la victoria y si vale la pena disputar la batalla.

El rey tendrá que sentarse primero a considerar antes de tomar semejante decisión. El vocablo griego que en esta versión de la Biblia aparece traducido con el verbo considerar, en otras versiones figura como deliberar, calcular, consultar o sentarse con sus consejeros para evaluar. Un líder astuto meditaría él mismo el asunto y escucharía el consejo de otros. Si resulta evidente que el riesgo es demasiado alto y las posibilidades de sufrir una derrota, grandes, lo más sensato sería frenar la escalada bélica mientras el ejército con superioridad de fuerzas está todavía a gran distancia. En ese caso el rey enviaría una delegación al ejército más aventajado para pedirle condiciones de paz.

La primera parábola expresa claramente que quien esté pensando en hacerse discípulo de Cristo debe calcular el costo que ello tendrá, a fin de determinar si posee las condiciones necesarias para ser discípulo. La segunda parábola nos aconseja evaluar las posibilidades de triunfo que tenemos antes de tomar una decisión tan trascendente como comprometernos al discipulado. Las dos parábolas estimulan a la persona que está estudiando la posibilidad de ser discípulo a que juzgue su situación. Así, cuando tome la determinación de seguir a Jesús, lo hará reflexivamente.

Cuando leemos el pasaje en que Jesús llama a Sus primeros discípulos, nos causa impresión que lo dejaran todo para seguirle:

Mientras caminaba junto al mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro Andrés. Estaban echando la red al lago, pues eran pescadores. «Vengan, síganme —les dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres». Al instante dejaron las redes y lo siguieron. Más adelante vio a otros dos hermanos: Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca remendando las redes. Jesús los llamó, y dejaron en seguida la barca y a su padre, y lo siguieron. (Mateo 4:18-22)

Aunque lo siguieron al instante apenas los llamó, ese llamado no fue necesariamente el primer encuentro que tuvieron con Él. En el Evangelio de Juan leemos que Andrés, hermano de Simón Pedro, conoció a Jesús y pasó el día con Él. A la mañana siguiente halló a su hermano Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías». (Juan 1:38-42) No hay indicios de que Pedro y Andrés hubieran seguido a Jesús en ese momento. En Lucas leemos que Jesús enseñaba en la ribera del lago Genesaret cuando observó dos barcas cerca de la orilla y a los pescadores en la playa limpiando sus redes. Jesús abordó una de las barcas, que pertenecía a Simón (Pedro). Al terminar su plática, le dijo a Simón que bogara hasta donde el agua fuera más profunda y echará allí la red. Cuando este lo hizo, encerraron una gran cantidad de peces en la red y llamaron a Andrés y Juan, sus compañeros, para que subieran a la barca y los ayudaran. Es en ese momento en que se nos dice que Pedro lo dejó todo y siguió a Jesús. (Lucas 5:1-11)

En otros pasajes del Evangelio vemos ejemplos de cómo Jesús advertía a quienes querían seguirlo, señalando los gastos que implica ser discípulo:

Se le acercó un escriba y le dijo: —Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.

Jesús le dijo: —Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza.

Otro de Sus discípulos le dijo: —Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre.

Jesús le dijo: —Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo 8:19-22)

Jesús no pretendía que las masas le siguieran. Buscaba a quienes lo siguieran, no por la aceptación que gozaba entre la gente, por dar de comer a los hambrientos u obrar milagros, sino porque creían profundamente en quién era Él. Les alertó explicándoles que debían afrontar las posibles consecuencias de ser discípulos, pensar en las exigencias que representaría y asegurarse de que entendieran lo que implicaba. Entonces, una vez que se habían percatado de todos los apremios, dificultades y sacrificios que requería, los invitó a tomar la decisión bien fundamentada de seguirlo. No pretendía disuadirlos de optar por el discipulado; más bien los alentaba a considerar detenidamente lo que significaba.

Decidir seguir a Jesús es optar por reestructurar nuestra vida en conjunción con Sus enseñanzas. Significa alterar nuestro modo de pensar, priorizar las cosas en las que invertimos tiempo, energía y dinero. Cambiar nuestras relaciones y modo de interactuar con los demás, teniendo en cuenta que se nos llama a ser menos egocéntricos. Es un llamado a reordenar radicalmente nuestra vida, hasta el punto en que estemos dispuestos a morir por Él si fuese necesario. Es un compromiso para toda la vida, el cual no debemos tomar con ligereza. Así como Jesús lo ilustró en estas parábolas, todo el que se apresta a tomar la decisión de ser Su discípulo debe examinar seriamente lo que ello supone, evaluar las posibles consecuencias que tendrá en su vida y en la vida de sus seres queridos, reconocer las pruebas que acarrea y, entonces, si se siente capaz de ello, tomar de todo corazón la decisión de seguirle.

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