Parábolas de Jesús para niños mayores: La Gran Cena

La Gran Cena

El escenario en que Jesús relató la parábola de la gran cena fue una comida sabatina de la que disfrutaba en la casa de un destacado fariseo. Durante la misma, Jesús dio algunas pautas sobre las invitaciones a los banquetes, recalcando que no se deben limitar los convidados exclusivamente a quienes puedan devolver el favor invitando luego al anfitrión a una comida. Expresó:

Cuando hagas banquete, llama a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos; y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos (Lucas 14:13-14)

Al oír esto, uno de los que estaban a la mesa respondió:

¡Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios! (Lucas 14:15)

Con esa exclamación la persona sentada en la mesa abrió la puerta para que Jesús emitiera Su opinión sobre el popularmente conocido banquete mesiánico, la interpretación judaica de lo que ocurriría al cabo de los tiempos.

El libro de Isaías se refiere a ese banquete o cena:

En este monte el Señor de los ejércitos ofrecerá un banquete a todos los pueblos. Habrá los manjares más suculentos y los vinos más refinados. En este monte rasgará el velo con que se cubren todos los pueblos, el velo que envuelve a todas las naciones. Dios el Señor destruirá a la muerte para siempre, enjugará de todos los rostros toda lágrima, y borrará de toda la tierra la afrenta de Su pueblo. El Señor lo ha dicho. (Isaías 25:6-8)

Si bien este pasaje aduce que todos los pueblos estarán presentes en el banquete y que se enjugarán las lágrimas de todos, en la época de Jesús era una concepción común entre el pueblo judío que dichos versículos excluían a los gentiles (no judíos). Jesús, no obstante, tenia una concepción distinta acerca de quién se sentaría a la mesa mesiánica. En lugar de responder como se habría esperado con algún comentario sobre guardar la ley mosaica o declarando que quienes cumpliesen la ley se sentarían en el banquete con el Mesías, Jesús les refirió una parábola.

«Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. A la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: “Venid, que ya todo está preparado.” Pero todos a una comenzaron a excusarse.

»El primero dijo: “He comprado una hacienda y necesito ir a verla. Te ruego que me excuses.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego que me excuses.” Y otro dijo: “Acabo de casarme y por tanto no puedo ir.” (Lucas 14:16-20)

En esos días, cuando alguien ofrecía un banquete, se hacía una invitación inicial informando a los invitados de la fecha del evento. Al momento de ese primer anuncio los invitados expresaban si acudirían o no, y en caso de que accedieran a asistir, contraían un compromiso.
Todos los que escuchaban el relato entendieron que la negativa a asistir había sido un insulto deliberado hacia el anfitrión, el cual había sido humillado públicamente a los ojos de su pueblo. Las excusas ofrecidas por no honrar su compromiso fueron flojas e inaceptables.

La excusa del primer convidado fue: He comprado una hacienda y necesito ir a verla. Los oyentes del relato sabían que era una mentira descarada. Comprar una hacienda a ciegas era algo insólito.

Otro de los convidados presenta la excusa de que he comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Ese también era un pretexto muy pobre. Antes de adquirir bueyes, el comprador iba al terreno del vendedor, uncía los bueyes y araba un poco la tierra. Tenía que probar su fuerza y ver si ararían juntos; de lo contrario no los compraría.

El tercer convidado alega que acaba de tomar a una mujer por esposa y que no puede asistir. Le dice a su anfitrión que a pesar de que la cena tendrá lugar muy avanzada la tarde, de que no se ausentará sino unas horas de su casa y esa noche estará de nuevo en los brazos de su nueva esposa, no asistirá debido a que otras actividades tienen prioridad para él. Ni siquiera se toma la molestia de excusarse; simplemente manifiesta que no puede ir. Eso es sumamente maleducado y ofensivo.

La primera parte de la parábola nos dice que muchos fueron invitados a la cena, pero que todos a una comenzaron a excusarse. Los tres que rehusaron asistir al banquete son prototipos. Los oyentes que estaban ahí en ese momento habrían entendido que otros que en un principio se habían comprometido a asistir también habían inventado excusas para no hacerlo.

Cuando el dueño de casa advierte que la intención de los convidados es avergonzarlo y humillarlo, se enoja con toda razón. En esas circunstancias puede responder con insultos verbales o inclusive amenazar con tomar alguna medida punitiva para sancionar a los que lo han deshonrado en público. No obstante, pese a la rabia que siente, responde con gracia en lugar de venganza.

»El siervo regresó e hizo saber estas cosas a su señor. Entonces, enojado el padre de familia, dijo a su siervo: “Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos.”

»Dijo el siervo: “Señor, se ha hecho como mandaste y aún hay lugar.”

Dijo el señor al siervo: “Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa, pues os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena.”» (Lucas 14:22-24)

El anfitrión resuelve invitar a los que jamás podrían corresponderle: los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. Al articular así la parábola, Jesús alude a los marginados dentro del pueblo de Israel, la gente común que gustosamente recibía Su mensaje.

Habiendo hecho eso, le dice al anfitrión que el banquete aún no está copado. Este la da entonces instrucciones para que trascienda los linderos de la ciudad y busque afuerinos, gente que no forme parte de la población, y los haga acudir a la fiesta.

La idea de hacerlos venir no significa que los fuerce a asistir. Por los usos y costumbres de la época, esa gente de afuera estaba obligada a no aceptar una invitación inesperada, particularmente si era de condición social más baja que el anfitrión. No eran parientes ni vecinos siquiera del convidador, sino afuerinos que de ninguna manera podían corresponderle la invitación. De ahí que según las normas de la sociedad debían declinar. Consciente de eso, el siervo debía tomar del brazo a cada uno y con suavidad llevarlos hasta la casa a fin de demostrar que la invitación era de verdad.

La última frase de la parábola, os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena, quizás estaba dirigida a los fariseos que cenaban con Jesús, y no era parte de la parábola. Está formulada en plural. En la parte anterior de la parábola, el dueño de casa hablaba con el siervo. De manera que si esta última línea era un fragmento de la parábola dirigida al siervo habría estado en singular y no en plural. Por tanto muchos comentaristas coinciden en que Jesús dirigió esta última línea a los comensales que lo acompañaban.

La pregunta planteada en la parábola es: ¿quién estará presente en el banquete? La respuesta de Jesús los tomó por sorpresa. La creencia judía convencional era que todo nacido de madre judía asistiría automáticamente al «banquete mesiánico» por el simple derecho de ser judío. Jesús manifestaba en cambio que quienes presuponían que estarían presentes en el banquete del fin de los tiempos bien podrían no estarlo. En realidad la asistencia al banquete está determinada por el modo en que uno responde a la invitación divina.

Jesús enseñó este concepto a lo largo de los Evangelios. Dijo:

Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera. (Mateo 8:11-12)

Muchos a lo largo y ancho del mundo dan por sentado que asistirán al banquete pensando que sus creencias son las indicadas, que pertenecen al grupo correcto, que hacen obras de caridad, que gozan de buena reputación, etc. Así y todo, las enseñanzas de Jesús en esta parábola y otros pasajes indican que los que dan por hecho que estarán allí no necesariamente serán incluidos, y muchos que no pensaban que estarían, sí estarán. No asistimos a la cena según nuestras propias condiciones. La invitación es para todos, incluidos los marginados de la sociedad y aquellos con los que tal vez no nos sentimos cómodos.

El mensaje del reino es la gracia. No hay nada que pueda hacer una persona para merecerse la invitación a la cena. Simplemente somos invitados y no hay otro requisito que aceptar. Es por gracia que somos salvos. Sin embargo, cada cual debe decidir si aceptará la gracia y si vendrá o no a la fiesta.

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