«Después de verlo y tocarlo, por fin creí»

Si el apóstol Tomás pudiera relatarnos cómo vivió él la resurrección de Jesús, quizá nos contaría algo así:Cross dramatized children's Easter story

Después que crucificaron y sepultaron a Jesús, todos nos ocultamos por temor a que Sus enemigos vinieran a prendernos. El tercer día lo pasé solo, lidiando mentalmente con lo que le había ocurrido al Maestro.

Cuando volví a ver a los demás aquella noche, descubrí que habían sucedido muchas cosas en mi ausencia. Todos hablaban del asunto al mismo tiempo: «¡Vimos a Jesús!» «¡Está vivo!» «¡Es cierto! ¡De veras!» «¡Yo también lo vi!»

Pedro tomó la palabra para explicármelo:

—Estábamos aquí reunidos, procurando hallarle sentido a lo que sufrió el Maestro, cuando María llegó a la puerta, casi sin aliento…

—Habíamos ido al sepulcro a ungir su cuerpo con especias —interrumpió María—; pero cuando llegamos, habían corrido la piedra de la entrada, y Su cuerpo ya no estaba.

—Los demás supusimos que era un cuento tirado de los pelos —continuó Pedro—. Pero como María insistía en que fuéramos a verlo con nuestros propios ojos, Juan y yo accedimos. Lo descrito por ella coincidió cabalmente con lo que vimos: el sepulcro estaba vacío, a excepción del sudario en que había estado envuelto el cuerpo. De regreso, recordé que Él nos había dicho: «Como el profeta Jonás estuvo tres días en el interior del gran pez, también el Hijo del Hombre deberá estar tres días y tres noches en el corazón de la tierra». Ahí me asaltó la duda de si no sería verdad que Jesús había resucitado.

Emocionado, se puso a hablar más fuerte.

—¡Pero acaba de ocurrir algo increíble! Hace apenas un rato, Jesús se apareció de repente ahí mismo donde tú estás. Nos enseñó los agujeros que dejaron los clavos en Sus manos y la herida de la lanza en Su costado…

Mis dudas silenciaron lo demás. ¡Imposible!

Jesus walking with disciples to EmmausVolví a prestar atención cuando dos personas narraron el increíble encuentro que habían tenido con un extraño en el camino a Emaús. Cleofas era el que hablaba.

—Estábamos aquí cuando llegó María y nos refirió que ella y las otras mujeres habían visitado la tumba y la habían hallado vacía. Además, vieron un ángel que les declaró que Jesús estaba vivo. Los dos partimos para Emaús tan tristes y confusos como estás tú por lo que le ocurrió a Jesús. En el camino nos encontramos con un hombre que nos esclareció las profecías de la Biblia relacionadas con la muerte del Mesías, y encajan perfectamente con lo sucedido. De repente nos dimos cuenta de que ese extraño era ni más ni menos que Jesús. Pero en ese instante, y sin mediar palabra, se desvaneció.

¿Acaso habían perdido todos el juicio?

—Yo no me creo esos cuentos —espeté—. Para mí que se imaginan esas cosas. Ven lo que quieren ver.

Les pedí que fueran un poco más ecuánimes.

—Yo lo quise tanto como ustedes. ¿No se dan cuenta de lo irracional que es todo esto? Yo para creerlo tendría que ver y tocar los agujeros que dejaron los clavos en Sus manos y la herida de Su costado.

Ocho días después estábamos todos reunidos una vez más. De golpe una figura atravesó la pared, ¡y no se trataba de una alucinación! ¡Era Jesús! Se dirigió a mí, me sonrió y me mostró las heridas de Sus manos.children's story dramatized Easter told by Thomas—Tomás, pon el dedo aquí —me dijo.

Por el tono de Su voz me di cuenta de que estaba decepcionado por mi falta de fe. Así y todo, se mostró paciente y comprensivo conmigo.

Enseguida me acordé de mis palabras de la semana anterior, y sentí vergüenza. Él no estaba presente cuando les dije a los demás que no creería a menos que lo viera y lo tocara yo mismo. Sin embargo, lo sabía todo. Desde el primer día, siempre había adivinado mis pensamientos y conocido mis sentimientos más recónditos.

Me tomó la mano y me dijo:

—Mete tu dedo en la herida que dejó la lanza en mi costado. Y cree.

Lo hice, y en ese instante cualquier resabio de duda que me quedara se desvaneció. Lo había visto y palpado, y lo que más me conmovió fue mirar Sus ojos, que irradiaban amor y compasión con más intensidad que nunca. Mi escepticismo no había mermado en lo más mínimo el amor que abrigaba por mí. Aunque sentí bochorno por mi incredulidad, Su amor disipó tanto mis dudas como mi vergüenza.

Caí de rodillas balbuceando:

—¡Señor, mi Dios!

Es verdad que tuve la dicha de estar en Su presencia, de verlo obrar milagros, de oírlo predicar y llamarme por mi nombre. Tuve la dicha de verlo y tocarlo después de Su resurrección, de que me reafirmara Su amor y de oír de Sus propios labios que mis pecados me eran perdonados. Sin embargo, tal como Él mismo dijo, «más bienaventurados son los que sin haber visto han creído».

¿Y tú? ¿Pondrás de tu parte un granito de fe? No tienes más que abrirle tu corazón y decir: «Jesús, te reconozco como Señor y Salvador. Comunícame Tu Espíritu y Tu vida. Amén».


Historia gentileza de la revista Conéctate. Imagenes © TFI. Usado con permiso.

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