Parábolas de Jesús: El siervo obediente
En el Evangelio de Lucas encontramos varias parábolas que parten con una pregunta cuya respuesta es evidente. La parábola del siervo obediente empieza, no con una, sino con tres preguntas. Dos de ellas piden una respuesta negativa y una ha de suscitar una positiva.
«¿Quién de ustedes tiene un siervo arando o pastoreando ovejas, y cuando regresa del campo, le dice: “Ven enseguida y siéntate a comer”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame algo para cenar, y vístete adecuadamente, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó?» (Lucas 17:7-9)
La respuesta a la pregunta inicial habría sido esta: a nadie que estuviera escuchando a Jesús se le habría ocurrido permitir que su siervo —así fuera labrador o pastor de ovejas— volviera de su faena y se sentara a la mesa a darse un banquete. Los roles de señor y siervo estaban muy bien definidos en esos tiempos. Permitir una cosa así hubiera implicado que el siervo tuviera la categoría de un invitado de honor o estuviera en igualdad de condiciones que su maestro. Empezar Su parábola con ese interrogante hubiera picado la curiosidad de los oyentes.
Si bien a nosotros nos resultaría muy severo exigir que un hombre o mujer que ha cumplido una jornada de trabajo vuelva del campo y prepare y cocine una comida, se vista como corresponde para servirla, atienda a su amo y que únicamente después que se haya hecho cargo de todo eso se le permita comer, en la antigüedad ese trato se consideraba normal. A la segunda pregunta, todo el mundo hubiera respondido que indudablemente el siervo habría retornado del campo y procedido a dar de comer a su señor antes de comer él mismo.
En el contexto de la época, nadie que escuchara esta parábola hubiera pretendido que a un sirviente se le diera un trato especial por cumplir con sus deberes. El siervo simplemente estaba cumpliendo con lo que se esperaba de un siervo. El maestro no estaba en deuda con el sirviente por apacentar a las ovejas o arar los campos. Nada fuera de lo común había ocurrido y nadie hubiera pretendido que al siervo se le hubieran concedido privilegios por el solo hecho de hacer su trabajo. El siervo había antepuesto las necesidades de su señor a las suyas.
Reconocía y aceptaba que su principal deber era servir a su maestro. Cuando los que lo escuchaban oyeron la tercera pregunta: ¿acaso le da las gracias al siervo porque hizo lo que se le ordenó?, una vez más habrían respondido: «Por supuesto que no».
La palabra griega traducida por gracias es charis, la misma que en el Nuevo Testamento generalmente se traduce para expresar el concepto de gracia. No obstante, en el Evangelio de Lucas se emplea para comunicar el sentido de reconocimiento o favor; de manera que casi implica recibir una recompensa. La pregunta es pues: ¿Le da el amo reconocimiento o premio al siervo por hacer lo que se le ordenó?
Kenneth Bailey explica:
El amo bien puede expresar su agradecimiento al siervo al final de la jornada laboral con una palabra amable. El tema es mucho más serio que eso. ¿Está el amo en deuda con su siervo por las órdenes cumplidas? Esa es una pregunta que pide una respuesta categóricamente negativa en la parábola.
En ese instante Jesús se dirige a los oyentes, que en el contexto del Evangelio de Lucas son Sus discípulos, y les dice:
«Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: “Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”» (Lucas 17:10)
Aquí la frase «siervos inútiles» —o como figura en otras versiones, «siervos indignos»— también se puede traducir: con los que no se tiene deuda. Dicho de otro modo, se plantea que el amo de siervos o discípulos que hacen lo que se les manda no tiene ninguna deuda con ellos. El amo no adeuda nada a un siervo que simplemente hace lo que se espera de él.
El mensaje, aplicado a los discípulos, expresaba que Dios no está endeudado con quienes le sirven. Dios no adeuda nada a los que le sirven.
Eso no significa que Dios no premia a los que lo aman y le sirven, sino que quienes sirven a Dios no tienen derecho a exigir recompensa. Nuestra relación con Dios no es una en la que nos ganamos, merecemos o negociamos retribuciones. El discípulo es un súbdito que sirve al Señor movido por amor, por deber y por lealtad.
Nuestra salvación es un don que Dios nos concedió; no trabajamos ni hacemos méritos para conseguirlo. El servicio que le prestamos es fruto de nuestra gratitud y amor, como también del deber que tenemos hacia Él por habernos redimido. Cuando hemos cumplido con lo que nos ha ordenado no lo ponemos en un compromiso de que nos debe algo. No debemos mantener un libro de contabilidad mental de todas las cosas que hemos hecho por el Señor con la expectativa de que por ello Dios está en deuda con nosotros.
Eso no significa que no haya recompensa para los que sirven a Dios. Jesús habló de recompensas en numerosas ocasiones.
Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. (Mateo 6:3-4)
Amen a sus enemigos, y hagan bien, y presten no esperando nada a cambio, y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo. (Lucas 6:35)
Dichosos ustedes cuando la gente los odie, cuando los expulsen, cuando los insulten y cuando desprecien su nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alégrense mucho, llénense de gozo en ese día, porque ustedes recibirán un gran premio en el cielo; pues también así maltrataron los antepasados de esa gente a los profetas. (Lucas 6:22-23)
Se nos ha prometido una recompensa, pero nuestra relación con Dios no es cuestión de méritos, negociaciones o de trabajar para conseguirla o ganarla. Como siervos del Señor, trabajamos para Él a fin de cumplir con nuestro deber para con Él. Lo que recibimos de Dios es un regalo que proviene de Su mano, no un pago por los servicios prestados. Por mucho que trabajemos, hagamos o el tiempo que pasemos sirviendo al Señor, bajo ninguna circunstancia Dios se convierte en deudor nuestro. Le servimos porque nos salvó. Le servimos porque estamos agradecidos y lo amamos. Y es que nuestro servicio a Él está motivado por el amor y la gratitud, no por las recompensas que Él nos da.
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