
Érase una vez un rey que retó a un sabio viajero a una partida de ajedrez. El monarca prometió al sabio cualquier recompensa que deseara si le ganaba. El sabio le dijo al rey que tenía una petición muy modesta y que, como era un hombre con pocas necesidades materiales, lo único que deseaba era un poco de arroz, cuya cantidad se determinaría utilizando el tablero de ajedrez de la siguiente manera: un grano de arroz en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta, dieciséis en la quinta y así sucesivamente, duplicando el número de granos en cada casilla consecutiva.
El rey se alegró mucho de tan sencilla petición y comenzó el juego. Como era de esperar, el rey perdió. Total que, para cumplir su palabra, ordenó que trajeran un saco de arroz y empezó a hacer cálculos y a contar los granos. Sin embargo, a la larga descubrió que la cantidad final de arroz que le debía al ganador sería mayor que todo el arroz de su reino.
Al igual que hay 64 casillas en un tablero de ajedrez, hay 365 días en un año. Cada uno de ellos encierra la posibilidad de crecer, pero —y aquí está la parte difícil— tenemos que estar comprometidos y ser constantes y persistentes. Un grano de arroz es casi nada, y aun si se duplicara con cada nueva casilla, después de 14 casillas no sumaría más de una libra o medio kilo. No parece mucho. Por eso, cuando nos comprometemos con algo —un nuevo hábito positivo, aprender una nueva destreza, iniciar un nuevo negocio— es probable que nos desanimemos si queremos ver progresos demasiado rápido o no vemos cambios de un momento a otro.

¡No subestimemos el efecto acumulativo de los avances que parecen pequeños! Tengamos paciencia, seamos buenos administradores de lo que Dios nos ha confiado y veremos cómo crece.
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