En el curso del capítulo 18 del libro de Mateo, el apóstol Pedro trae a colación el tema del perdón, preguntando:
―Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?
―No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces —le contestó Jesús. (Mateo 18:21-22)
La traducción de este diálogo en algunas versiones de la Biblia dice «setenta veces siete», que también es una interpretación legítima del original griego. Una de dos: o Jesús dijo que Sus discípulos debían perdonar a alguien 77 veces, o si no, 490 veces. Sea como fuere, lo que nos manifiesta es que Sus seguidores debemos siempre perdonar a otros. A esa conversación que mantuvo con Pedro le sigue la parábola del siervo que no quiso perdonar, lo que hace más patente la necesidad de absolver a los demás. La parábola empieza así:
El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Cuando comenzó a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. (Mateo 18:23-24)
El comienzo es colosal porque diez mil talentos representaban una suma astronómica de dinero. El talento era una medida de peso de uso frecuente en aquella época y que probablemente equivalía a 30 kilos. Cuando se refería a un valor monetario, apuntaba más específicamente a un peso, ya en plata, ya en oro.
Para contextualizarlo, en el caso de esta parábola, si Jesús se refería a talentos de plata, un talento habría correspondido al valor de seis mil denarios (monedas de plata de la época). Se consideraba que un denario era el sueldo de un jornalero por un día de trabajo. O sea que un talento de plata (seis mil monedas) habría ascendido al sueldo de unos 20 años de trabajo. Es evidente, pues, que diez mil talentos —o sesenta millones de denarios— era una deuda ridículamente enorme.
A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderlo, junto con su mujer e hijos y todo lo que tenía, para que se le pagara la deuda. (Mateo 18:25)
La imposibilidad de liquidar una deuda de tal magnitud significaba que el siervo y su familia serían vendidos a esclavitud hasta que este saldara sus cuentas pendientes. En el segundo libro de los reyes leemos un ejemplo de tiempos bíblicos en que los hijos de una viuda se venderían para pagar una deuda:
Entonces una mujer, que fuera esposa de uno de los hijos de los profetas, clamó a Eliseo diciendo:
—Tu siervo, mi marido, ha muerto. Tú sabes que tu siervo era temeroso del SEÑOR, pero el acreedor ha venido para llevarse a mis dos hijos como esclavos suyos. (2 Reyes 4:1)
Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba diciendo: «Señor, ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo». El señor de aquel siervo, movido a misericordia, lo soltó y le perdonó la deuda (Mateo 18:26-27)
El siervo pedía una prórroga para poder pagar la deuda; el rey, sin embargo, fue mucho más allá de lo solicitado y lo liberó definitivamente de tener que saldar lo debido. ¡Qué acto de magnanimidad! Perdonó una deuda de tres mil kilos de plata. Imagínense la sorpresa, el alivio y la gratitud del siervo endeudado.
Jesús continuó el relato:
Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios; y agarrándolo, lo ahogaba, diciendo: «Págame lo que me debes». Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: «Ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo». Pero él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara la deuda (Mateo 18:28-30)
La deuda del siervo exonerado equivalía a sesenta millones de denarios. A éste, otro siervo le debía cien denarios equivalentes al sueldo de cuatro meses de trabajo de un obrero común. Es decir que la proporción entre lo que el siervo debía al rey y lo que el consiervo debía a su compañero era de 600.000 a 1.
El hombre al que se le perdonó una suma astronómica no respondió con la misma compasión que se le había demostrado a él, sino con violencia y actitud justiciera. El siervo endeudado actuó de la misma manera en que lo había hecho el exonerado, es decir, postrándose delante de su acreedor y suplicando paciencia, al tiempo que prometía liquidar su deuda. Pese a ello, obtuvo la respuesta contraria. En lugar de conceder a su consiervo más tiempo para pagar o de anularle compasivamente la deuda, el siervo inclemente mandó al hombre a la cárcel.
Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. (Mateo 18:31)
Aunque hubiera sido legítimo en aquel entonces mandar a alguien a la cárcel por incumplimiento de pagos, en las circunstancias en que se dio, ese acto reveló una grave falta de compasión. Los otros siervos, consternados por la dureza y actitud despiadada del siervo que no quiso perdonar, informaron a su señor de la injusticia.
Entonces, llamándolo su señor, le dijo: «Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?» Entonces su señor, enojado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. (Mateo 18:32-34)
El rey se puso furioso y con legítimo derecho. Calificó al siervo de malvado. Se refirió a la enorme deuda que había condonado porque el siervo le imploró misericordia; en cambio, aquel a quien tanto se le había perdonado no estuvo dispuesto a perdonar a otro. Habiendo sido objeto de tan desbordante misericordia, el siervo hubiera debido tratar de igual modo a su prójimo. Pero no lo hizo y se le juzgaría como consecuencia. El siervo inclemente fue condenado hasta que pagara todo lo que debía, lo cual, dada la inmensidad de la suma, significaba que moriría en prisión.
Luego de narrar esta parábola, Jesús se dirigió a sus oyentes y les hizo una afirmación supremamente inquietante:
Así también Mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. (Mateo 18:35)
La parábola expresa con elocuencia lo grave que es no perdonar a otros, y coincide con las enseñanzas que Jesús vertió sobre el perdón en otros pasajes del Evangelio. Cuando instruyó a Sus discípulos en la oración incluyó la frase:
Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. (Mateo 6:12)
Asimismo enseñó:
Si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas. (Mateo 6:14-15)
Esta parábola expresa estas enseñanzas en estilo novelado para ayudarnos a reconocer la importancia de perdonar al prójimo. Ilustra la necesidad del perdón humano como condición para la misericordia divina.
Cuando Dios pasó delante de Moisés en el Monte Sinaí, se describió a Sí mismo diciendo: «El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene Su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado» (Éxodo 34:6-7). Uno de los atributos divinos es el perdón, y como Jesús lo ilustró con esta parábola, los hijos de Dios tenemos la obligación de imitarlo, perdonando a los demás así como Él nos ha perdonado a nosotros.
Text adapted from the series “The Stories Jesus Told”