Atravesamos el espacio a una velocidad sideral y ni siquiera nos damos cuenta porque estamos en constante movimiento, como en un avión.
La Tierra gira sobre su eje a 1.700 km/h en el ecuador. Además, en un año viajamos alrededor del sol a 107.000 km/h. ¡Y eso no es todo! La totalidad de nuestro sistema solar navega por nuestra galaxia —la Vía Láctea— a 828.000 km/h. Esta, a su vez, se desplaza junto con otras 400 galaxias vecinas a la vertiginosa velocidad de 2 millones de km/h hacia un lugar llamado el Gran Atractor, que a su vez gira en torno a una gran concentración de galaxias llamada el Supercúmulo de Shapley. ¡Alucinante!
Además de moverse todo muy de prisa en el espacio, suele ser bellísimo. Estamos aprendiendo mucho más sobre lo que hay allá fuera, por ejemplo, a través de las imágenes que han empezado a llegar del telescopio espacial James Webb, que son impresionantes. «Un grupo de astrónomos utilizó el telescopio espacial James Webb de la NASA para observar la galaxia Messier 82 (M82). Aunque está situada a 12 millones de años luz en la constelación de la Osa Mayor y es de envergadura relativamente compacta, esta galaxia alberga una frenética actividad de formación estelar. A título comparativo, de M82 brotan nuevas estrellas 10 veces más rápido que de la Vía Láctea».
¿No les parece asombroso cómo todos los elementos interactúan en perfecta armonía y sincronización en la inmensidad del espacio? La Biblia dice: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1). ¡Él está al mando y todos los cuerpos celestes siguen al director de orquesta en los movimientos de la sinfonía cósmica!
Sin embargo, Dios no solo se ocupa de los magníficos despliegues de Su poder, sino también de los pajarillos y de cada uno de nosotros. «¿Acaso no se venden dos pajaritos por una moneda? Con todo ni uno de ellos cae a tierra sin el consentimiento de su Padre. Pues aun los cabellos de ustedes están todos contados. Así que, no teman; más valen ustedes que muchos pajaritos» (Mateo 10:29–31).
Si Dios es tan diligente y cuidadoso, y atiende tanto lo macro como lo micro, ¿de qué debemos preocuparnos?





