Elsa Sichrovsky
La Biblia habla bastante del poderoso efecto de nuestras palabras. Uno de mis versículos preferidos es: «Señor, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios». (Salmo 141:3)
Naturalmente, la Biblia se escribió mucho antes de la era actual de aplicaciones de redes sociales y mensajería; de ahí que no menciona nada acerca del efecto beneficioso o perjudicial que podría tener el uso de los dedos para escribir mensajes. Hace poco tuve una experiencia que me enseñó que lo que la Biblia advierte sobre la lengua debería servirme para textear en mis dispositivos con la misma actitud de prudencia y oración.
Tres amigos y yo estábamos abocados a un proyecto y comunicábamos frecuentemente por Facebook Messenger. En cierta ocasión uno de ellos, John, se ausentó inesperadamente de una teleconferencia que era crucial. Como consecuencia, los demás no pudimos tomar ninguna decisión sin la información que él tenía el deber de presentar.
Exasperada por su ausencia, que hasta ese momento no tenía explicación, y la pérdida de tiempo que nos acarreó, lancé un comentario en el chat del grupo: «Detesto sostener una teleconferencia cuando falta uno de los miembros del equipo».
Hasta ese momento John había sido un compañero responsable y servicial en el grupo, pero poco después de aquella ausencia perdió interés en participar. Más tarde supe por un amigo en común que el día de aquella importante cita John había tenido que atender un asunto urgente y que no había sido su intención incumplir con su compromiso. Le dolió mi exabrupto y casi decide abandonar el grupo.
Me di cuenta de que de haber sido presencial aquella conferencia, probablemente yo no hubiera hecho ese comentario. En cambio, con la sensación de seguridad que se tiene cuando uno se escuda tras la pantalla del computador, me sentí libre de soltar lo que se me ocurriera. Independientemente de que mi irritación estuviera justificada o no, caí en la cuenta de que tenía algo que aprender. «Señor, pon guarda a mis dedos; vigila mis manos cuando tipeo».
Text courtesy of Activated magazine. Image 1 by designed by Asierromero / Freepik. Image 2 designed by jcomp / Freepik
Three friends and I were working on a project and we frequently had discussions on Facebook Messenger. On one occasion, John was unexpectedly absent for a crucial online discussion, and as a result, the rest of us were unable to come to any decisions without the information that he was responsible for presenting.
Este año, para mí la llegada del nuevo año fue bien sonada. El 31 de diciembre mi teléfono, en un arranque de depresión, decidió saltar de mi mano y darse un porrazo.
En segundo lugar, me enseñó que en vida pasa de todo. Por definición misma, la vida es movimiento y transformación. Tal vez nuestro Padre permite esos percances porque, en Su sabiduría, sabe que harán de nosotros mejores personas. Cuando nos ocurra una desgracia, no debemos desanimarnos. Puede que salgamos airosos y triunfantes del trance y veamos lo asombroso que es nuestro Dios. O tal vez nos pegue duro y a duras penas logremos levantarnos, sintiendo que no supimos afrontar la situación, y que aun así veamos lo asombroso que es nuestro Dios. Nuestro futuro no admite duda, y continuamente estamos recibiendo ayuda.
Si eres asiduo cibernauta sabes muy bien que en Internet se ofrece información rápida y de fácil acceso. En vez de recorrer un largo trecho para llegar a una biblioteca y pasarse allí horas hojeando enormes tomos y otros documentos, uno puede encontrar lo que le interesa simplemente empleando un buscador de información en línea, escribiendo unas palabras clave y haciendo clic en el ícono buscar. En apenas unos segundos aparecen en pantalla vínculos a numerosos sitios web relacionados con lo que uno desea averiguar. Por supuesto que hay aciertos y desaciertos entre los resultados, y a veces toma bastante tiempo pasar revista a una cantidad enorme de textos hasta dar con la información precisa que se busca. Hasta cierto punto es lo mismo que cuando nos tocaba escarbar en montones de libros. En todo caso, nadie puede negar que la Internet ha puesto al alcance de nuestra mano todo un mundo de información.
Huelga decir que en el ciberespacio nunca será posible todo eso; el que sí es capaz de ello es Dios. Es más, acceder a Dios resulta mucho más rápido y fácil que consultar un banco de datos en Internet, porque Él, al crearnos, nos dotó de todos los componentes y programas necesarios para ello. Podemos conectarnos con Él en cualquier momento, desde cualquier parte, gratis; y Su motor de búsqueda es de lo más preciso. Él siempre sabe exactamente lo que necesitamos.